Burbuja.info - Foro de economía > Foros > Burbuja Inmobiliaria > Una visión marxista de la crisis
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Diego Guerrero está hoy en día entre lo más riguroso y original de los economistas heterodoxos a nivel mundial. Para mí, llegar hasta sus textos fue un auténtico descubrimiento, muy lejano a la progresía del 0,7 y la Tasa Tobin. Su "Economía no liberal para liberales y no liberales", en respuesta al libro de Sala i Martin es de lo más claro, certero e irónico que he leído en mucho tiempo. Todos sus libros están en pdf o doc en su web.

Y este párrafo es para enmarcarlo, con tanto abducido por Enrique de Diego como pulula por este foro.

La parte más ridícula de esa ideología es la que consiste en la fracción de autoconciencia que lleva a tantos dominados a leerse, a verse y a interpretarse a sí mismos, como algo distinto del proletariado. Los miedos subconscientes —heredados de padres, abuelos y bisabuelos de clase media que ya han desaparecido del mapa, y no han dejado en herencia más que su inclusión en la categoría de la «nueva clase media» (que es más vieja, dicho sea de paso, que la vieja de la canción del gorila, de Brassens)— les atenazan las neuronas, les comprimen los racimos nerviosos que confluyen en el nervio óptico y les impiden ver en qué consiste la realidad. Pero la realidad es tan real que termina imponiéndose a sus fantasías pequeñoburguesas. El pequeñoburgués no es el que gana dos o tres veces lo que cobra un obrero manual –hay muchos obreros de mono azul que ganan más que muchos empleados de cuello blanco—, sino el que ha leído sólo dos o tres veces más que un obrero, pero sin llegar al número suficiente de lecturas como para comprender que hay que seguir leyendo mucho todavía antes de entender cómo funciona el mundo, y por qué es tan diferente de como lo cuentan los telediarios y los profesores de las Facultades de Economía y de Políticas de todas las universidades del mundo.

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Y éste, con toda la sorna del mundo para nuestra autodenominada y querida "izquierda"

POR QUÉ NO SOY MARXISTA. Por Diego Guerrero.


Porque no soy liberal en ninguna de sus variantes.

El liberal ama la libertad, pero condicionalmente. Sólo la desea en la medida en que la libertad no ponga en cuestión sus intereses, o al menos no entre en conflicto con ellos más allá de cierto límite. Ese es el límite de su tolerancia.

El tolerante lo puede ser porque desde su posición, más alta, se puede permitir el lujo de soportar un cierto margen de discrepancia y/o rebeldía de los que están (estamos) abajo. Los de abajo no suelen tener oportunidad de ser tolerantes: se pasan la vida siendo el desventurado objeto de la dañina tolerancia de los tolerantes (e intolerantes, que también los hay) de arriba, y esta posición les acarrea perjuicios no siempre pequeños, entre los que se incluye el de no tener siquiera la capacidad de acción y libertad suficientes para poder ser tolerantes como los ricos.

Pongamos un ejemplo que ciertos debates públicos recientes sobre la libertad religiosa han puesto de actualidad. El tolerante se opone al dogma de que sólo una es la verdadera religión, y se muestra abierto a la libertad de cada cual para sostener la creencia religiosa que estime conveniente. Pero el tolerante no es menos intolerante con el ateo que el ateo con los creyentes. Si el ateo critica a todos los creyentes por igual, fundándose en que el problema estriba en la nociva idea de un Dios, recibe la queja y la sanción del tolerante por su “dogmatismo”. Por eso el tolerante a lo más que llega es a esa forma de escepticismo bellamente llamada “agnosticismo”, defendiendo la idea de que no se puede saber si Dios existe o no, y por tanto debe dejarse libertad de creencia a este respecto, sin pretender imponer a los otros la propia opinión. Pero el ateo sabe que sí se puede saber que Dios no existe, al menos sobre la misma base que se pueden saber las demás cosas que son objeto de conocimiento. Y puede explicar, por cierto, la resistencia y lo correoso de la religión y por qué gran parte de la población, con el apoyo de los tolerantes –que ven en ello una buena cobertura de sus intereses–, no se han decidido todavía a dar el paso hacia el ateísmo.

Igual ocurre en política. El tolerante piensa que sólo se puede ser de derechas o de izquierdas, y si el tolerante es de derechas piensa además que existe la opción del centro como tercera vía. Lo que no nos permiten los tolerantes es salirnos del orden restringido dentro del cual se forma y tiene sentido la distinción entre derecha e izquierda. No nos permiten denunciar lo que de común tienen esa derecha y esa izquierda que sólo se sitúan dentro de (y admiten) el orden establecido. Ni denunciarlo ni actuar en consecuencia. No nos dan libertad para expresar siquiera una crítica basada en estas ideas: hay que arrancarles esa libertad, como toda libertad.

Hoy en día, en pleno siglo XXI ya, la idea que el tolerante tiene de la libertad y de la democracia se ha quedado tan anticuada como a ellos les parece la concepción que de esos mismos valores tenían sus defensores liberales en los siglos pasados. En la época de la Revolución Francesa, la guillotina trabajaba a destajo para poner cierto orden en el debate práctico de qué debía entenderse por igualdad y por democracia. Con la ayuda del nuevo artefacto y la del sable y el caballo de Napoleón, entre otros, el resultado fue que la libertad terminó siendo la libertad del burgués (en el sentido de capitalista), y la democracia quedó limitada al sufragio censitario (reducido a los contribuyentes ricos) y masculino. Más de dos siglos después, la idea de democracia y libertad que tienen los liberales no ha evolucionado gran cosa porque la práctica social en la que se engendran las ideas no se ha despegado mucho en el presente de la que había cuando se consolidaron los citados principios.

El liberal actual es de derechas o de izquierdas indistintamente, capitalista o trabajador, miembro de una patronal o de un sindicato, aunque esto no elimine la necesidad de seguir practicando el análisis de clase. El decurso histórico de las últimas décadas nos deja comprender mucho mejor ciertas verdades fácticas. A la luz de los acontecimientos y de la libre reflexión (inspirada no sólo en los intelectualmente muy limitados liberales), comprendemos ahora mejor cómo el marxismo ha actuado durante más de un siglo como el vector principal en la poderosa fuerza termidoriana que se opone todavía a las prácticas y a las ideas revolucionarias contenidas en la mejor tradición anarquista que se enfrenta al sistema capitalista, y en la cual el propio Marx cuenta como uno de sus mayores activos (si no el mayor).

Los liberales son hoy en día de dos tipos fundamentales. El liberal clásico defiende que la burguesía y el capitalismo son la mejor manera de que “el pueblo” en su conjunto progrese. Aquí se incluye, por ejemplo, el liberalismo de los partidos llamados “populares”, pero también el polo extremo de los liberales dogmáticos a los que se tiende a reducir hoy el apodo de “neoliberales”. Pero el liberal más moderno, el parvenu, es, en cambio, el socialista liberal (o incluso el comunista liberal) que nutre y puebla los actuales partidos llamados “socialistas” y “comunistas”. La única diferencia entre estos socialistas y comunistas radica en el distinto momento en que dejaron de ser marxistas militantes. Pero tienen en común, entre otras cosas, su contorsionismo político, es decir, su habilidosa capacidad para hacer que su ahora exmarxismo (también militante) sea paradójicamente compatible con un permanente “ser marxista es potencia” (es decir, comparten el potencial para reciclarse de nuevo, y rápidamente, en marxistas en caso de que las circunstancias así lo exijan, porque ellos son ante todo “realistas”, y el realismo es lo que explica, según ellos, que su evolución ideológica se atenga siempre tan de cerca, y se mantenga siempre tan apegada, al propio curso de las cosas).

Obvio es decir que la defensa del mercado y del capitalismo que hace esta izquierda es una defensa del clásico socialismo burgués que ya denunciara el Manifiesto del Partido Comunista hace más de siglo y medio. Según ellos, la eficiencia económica hay que dejarla en manos de la burguesía porque ésa es la mejor manera de defender los intereses de los trabajadores (sustituyen “sociedad civil” por “trabajadores” en el folleto en blanco del discurso liberal, y santas pascuas). Ahora bien, la imagen de marca que los distingue en el mercado electoral –del que forman parte como un producto mercantil más de la inmensa factoría capitalista– es su defensa de la etiqueta “social”: según ellos, hay que corregir, o domeñar o limitar, el mercado para que funcione todavía mejor. Es decir, si se complementa el mercado con una dosis suficiente de Estado e instituciones sociales de la sociedad civil, el capitalismo se convierte en “social” y la derecha se transforma en izquierda.

No cabe duda de que la gente normal sabe esto, pero no siempre puede expresarlo con la claridad necesaria. [Creo que en el futuro lo comprenderá cada día mejor, y eso ya se está empezando a notar en ciertos acontecimientos políticos]. Sólo la fracción de esta gente que, por las circunstancias que sean, ha quedado menos expuesta a la contaminación de la ideología gaseosa liberal mantiene en pie en cada momento la práctica revolucionaria y su idea. Pero no hay que olvidar que son las propias condiciones sociales capitalistas las que no permiten que esa semilla subversiva muera, y las que con seguridad provocarán en algún futuro que la semilla fructifique en una nueva planta. Como esto lo saben bien los tolerantes liberales, se esfuerzan en combatir tal forma de vida ya enteramente perceptible con todas sus fuerzas materiales y espirituales. Y cada sector del ejército liberal cumple a la perfección su papel en esta batalla.

Así, el liberalismo mejor instalado en el poder no sólo practica la falsa democracia del principio “un euro, un voto” dentro y fuera de la empresa, sino que se esfuerza en difundir la creencia de que lo que en realidad prevalece es el principio –completamente antagónico e incompatible con el anterior– de “una persona, un voto”. Pero el otro liberalismo, el que aún desea instalarse y asentarse en el poder, porque sólo está a medio camino, cumple un papel no menos importante y no menos reaccionario. Al combatir toda forma de revolución y de subversión, al defender la íntima convicción de que no hay alternativa de fondo al sistema capitalista, le hace el juego a los intereses de la burguesía y se opone a las aspiraciones del pueblo libre que aspira a una democracia auténtica.

La gente del pueblo, hoy, es gente no sólo trabajadora –eso lo ha sido desde siempre–, sino asalariada, proletaria. Une a su condición de explotada –es decir, la que le impone la exigencia de que todos tengamos que trabajar demasiado para que sólo unos pocos privilegiados puedan vivir sin trabajar, a nuestra costa– la de ejercer a la fuerza el papel de un pobre comerciante con una sola mercancía para vender y con difícil “salida” (en el mercado), salida cada vez más ardua en nuestros días. Es claro que es la conversión de un poder natural humano en una mercancía artificial lo que nos hace mercaderes forzosos de ese indeseado “privilegio inverso”. Y es igualmente claro que nuestra capacidad de trabajar se ve hoy reducida a la de hacerlo para algún capitalista, ya sea en la propia empresa de éste, ya en el Estado que lo protege a él y a sus “derechos humanos” (liberales y burgueses), esa versión contemporánea de los antiguos privilegios feudales. Es esta restricción la que queremos levantar, esta sofisticación la que queremos simplificar, y esta ley natural la que queremos restablecer.

Porque la situación es ya insoportable, y una ojeada desapasionada a la realidad actual del mundo sólo puede convencernos de que la fuerza de la revolución va a mover poderosas palancas sociales y va a dar mucho que hablar de nuevo en el futuro. Muchos descreídos lo niegan hoy porque ni siquiera imaginan lo que está por venir, pero así ha sido siempre y eso no debe impedirnos seguir observando la realidad y actuando en consecuencia. Como esto es así, la fracción izquierdista del liberalismo se verá abocada a someterse a una lucha cada vez más aguda con la fracción consciente y revolucionaria de la sociedad. Aquella acusará a ésta, como siempre hizo, de “estar a sueldo de Pitt”. Pero los Danton y Robespierre de nuestros días no se verán nunca libres de los enragés, de los égaux y de los sans-culottes en general.

Los modernos bras nus sólo nos distinguimos de los antiguos en que usamos los brazos con una proporción menor de fuerza física, y mayor de fuerza mental, por lo general, que antaño. Pero la historia nos ha enseñado a comprender que tanto la derecha como la izquierda son igualmente termidorianas porque se oponen al unísono a que subvirtamos y revolucionemos el orden que nos aplasta y que ellos se quieren repartir (sólo las condiciones de este mezquino reparto los divide a ellos). No triunfaremos de inmediato, pero los combatiremos.

El discurso de la izquierda no nos engaña ya. Podremos con la contrarrevolución puesto que la evolución de las cosas se pone de nuestra parte, mal que les pese a ellos.

Salud.


http://economiacritica.bloc.cat/post/3965/63396
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El enfoque nacionalista es opuesto al enfoque de clase y perjudica siempre los intereses de la clase obrera
La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (I)
Las dos principales regiones económicas tradicionales, Cataluña y el País Vasco, no son regiones oprimidas, ni económicamente ni en otro sentido
Viernes 15 de mayo de 2009, por Diego Guerrero
Para Marx y Engels, España es una nación, pero Cataluña, el País Vasco y las demás regiones españolas no lo son

Introducción

En este texto vamos a desarrollar los puntos siguientes:

1. Las relaciones entre nacionalismo, izquierda política y análisis de clase.

En relación con esto, el primer apartado centrará su atención en los siguientes puntos:

1º. El enfoque nacionalista es opuesto al enfoque de clase y perjudica siempre los intereses de la clase obrera. Mientras que el internacionalismo proletario es consecuencia de un análisis materialista y realista, el nacionalismo es una forma de idealismo, idealización y tergiversación de la realidad social. La única posible defensa de la nación por parte de los trabajadores debe ser la defensa de «la nación de los trabajadores» frente a la del capital. Cualquier alternativa debe ser combatida desde el internacionalismo de clase.

2º. No hay ni puede existir un nacionalismo de izquierda, por mucho que una parte de la izquierda haya renegado de su internacionalismo y se haya convertido en nacionalista. Esa “izquierda” debe ser combatida igual que la izquierda socialdemócrata, porque ambas hacen el juego al capital. Por otra parte, como todo nacionalismo tergiversa la realidad, el de izquierda también lo hace, pero además malinterpretando, si no manipulando tendenciosamente, ciertas ideas de Marx, Lenin y de los internacionalistas en general.

3º. En particular, el nacionalismo de izquierda reivindica el «derecho a la autodeterminación» de las naciones, que es algo que Lenin reclamaba para las colonias. Para ello, presenta a cualquier «nación», real o supuesta, que haga esta reivindicación como nación oprimida, y en ello cuenta con el pleno acuerdo y con el apoyo con los sectores separatistas burgueses y pequeñoburgueses.

2) En el caso español, tenemos una clara representación de los fenómenos anteriores. El apartado II del artículo analizará por qué el nacionalismo de izquierda español debe ser combatido como contrario a los intereses proletarios. Aunque el nacionalismo periférico español no se limita a los tres casos mejor conocidos (catalán, vasco y gallego), los de estas regiones pueden ser objeto de un estudio particular.

Las dos principales regiones económicas tradicionales, Cataluña y el País Vasco, no son regiones oprimidas, ni económicamente ni en otro sentido. Además, a diferencia de las otras regiones (incluida Galicia), que tampoco lo son, comparten la características de contar con las principales fracciones de la burguesía española, la cual, gracias al proceso de acumulación capitalista en gran parte volcado en el tejido industrial de esos territorios, ha conseguido enriquecer a esas dos regiones tanto en términos absolutos, como relativos (en relación con el resto de España). El granum salis que hay en la denuncia de una «opresión» así tiene que ver con el creciente sometimiento histórico y político que resulta del «necesario» proceso de centralización política y económica protagonizado durante el Antiguo Régimen y la edad moderna por la Corona frente a las noblezas provinciales (fenómeno europeo general como ilustra la guerra de las Frondas francesas), proseguido luego, a medida que iba accediendo a un creciente poder económico y político, por la burguesía, buena parte de la cual era y es en España la burguesía de origen catalán y vasco.

En consecuencia, la renta de las regiones señaladas ha aumentado como porcentaje de la renta nacional; la fracción de la plusvalía que se extrae, se distribuye y se acumula en dichas regiones ha sido una fracción rápidamente creciente en los dos siglos de capitalismo transcurridos; y la fracción de la masa salarial pagada en estas regiones es también una fracción creciente de la masa salarial española.

Veremos que gran parte de las reivindicaciones “catalanas”, “vascas”, etc., no son sino una forma de encubrir privilegios económicos de diverso tipo: freno a la redistribución territorial a favor de las regiones menos ricas, deseo de obtener una parte mayor de la redistribución estatal, etc. No obstante, la redistribución existente no se produce desde el capital al trabajo; por tanto, la burguesía española de estas regiones no tiene mucho que perder. Más bien, es la pequeña burguesía regional la que necesita compensar su pérdida de presencia económica (debido a la proletarización) con una creciente autoestima basada en valores y sentimientos de reafirmación patria.

Algo parecido sucede con el también pequeñoburgués nacionalismo españolista (por ejemplo falangista). Pero en España este último tipo de nacionalismo fue durante el siglo XIX menos intenso que en los demás países, y sólo creció posteriormente, básicamente como reacción a las desmedidas exigencias del otro tipo de nacionalismo [1].

I. Enfoque nacionalista versus análisis de clase.

En un trabajo titulado «El Derecho de las naciones a la autodeterminación», Rosa Luxemburgo escribió: «En una sociedad de clases, ‘la nación’ como una entidad sociopolítica homogénea no existe. Lo que sí existe en cada nación son clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos» (en Aubet, 1977, pp. 48-49). Estas palabras reflejan lo que ha sido siempre la posición del internacionalismo proletario, desde Marx y Engels [2]. en adelante. Que esta fuera la posición obrera era lógico, pues todo nacionalismo ha ido siempre en contra de sus intereses como clase [3]. Asimismo:

«Los marxistas están de acuerdo en un punto: El nacionalismo, incluso si es sincero, entorpece las reivindicaciones del proletariado, cuando no es un trapo tricolor que las burguesías nacionales agitan ante él para desviarlo de sus verdaderos intereses de clase» (Cabanel, 1997, p. 49).

Además, los marxistas siempre se han opuesto a todo privilegio, incluidos los que se enmascaran como «derechos» nacionales“ [4]. Cuando se mira debajo de la alfombra, se observa que «el nacionalismo se preocupa especialmente por excluir a los extranjeros de los cargos clave del Estado» (Gellner, p. 23). De modo que «ninguna simpatía podía concebir Marx por las nacionalidades ‘en sí’, esas entidades que aspiraban a conseguir un Estado soberano y en cuya corriente circulatoria fluye la sangre egoísta del particularismo y la propiedad privada» [5] (Gárate, p. 94). Todos los internacionalistas de entonces compartían estos planteamientos. Uno de los delegados de la AIT, un tal Carter, declaraba en el congreso de Lausana de la Primera Internacional: “Combatamos sin cesar la ignorancia; combatamos el funesto principio de las nacionalidades; por mi parte, yo no tengo país, todos los hombres son mis hermanos” (en Savater, p. 53).

Anticipándose a la incomprensión que podría suscitar entre la parte menos consciente de los trabajadores esta posición internacionalista, Marx y Engels la explican así:

«Se ha reprochado también a los comunistas querer suprimir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria (…) el proletariado (…) ha de elevarse a clase nacional (…) ha de constituirse a sí mismo en nación, pero de ningún modo en el sentido de la burguesía. Los particularismos nacionales y los antagonismos de los pueblos desaparecen cada día más (…) El dominio del proletariado va a hacerlos desaparecer más todavía. (…) En la medida en que se suprime la explotación de un individuo por otro, se suprime la explotación de una nación por otra. Acabado el antagonismo de las clases dentro de la nación, se acaba la hostilidad de las naciones entre sí.» (Marx y Engels, 1848b, pp. 65-6; negritas, mías: DG).

Por tanto, «para un verdadero comunista el problema nacional no debe tener sino un valor secundario, pospuesto al interés internacional», de forma que, « llegado ese caso límite, debe estar dispuesto a perder su lengua, sus costumbres ancestrales, su folklore, todo cuanto significa la expresión y manifestación de su individualidad nacional, si ello es un obstáculo para alcanzar los fines del movimiento revolucionario universal » (Gárate, pp. 71-72).

Marx y Engels analizaron siempre el nacionalismo como un fenómeno despreciable, ligado al principio sólo a los movimientos más retrógrados que surgen como reacción contra el desarrollo de los estados liberales más o menos impuestos por el avance del capitalismo mundial y de la clase que lo representa: la burguesía. Como fenómeno cada vez más «burgués», ya en «La Ideología Alemana» (1845), habían escrito que «hoy día y en todas las naciones, la insistencia sobre la nacionalidad se encuentra sólo entre los burgueses y sus escritores». Y en su trabajo contra el socialista Herr Vogt, Marx califica al emperador francés, Napoleón III, de e«ntrepreneur de las artimañas de la emancipación de las nacionalidades», aclarando que «el ‘Principio de las nacionalidades’ fue usado de mala manera por Louis Bonaparte en los Principados del Danubio para disfrazar su contubernio con Rusia, lo mismo que el gobierno austriaco en 1848-49 abusó del ‘Principio de las nacionalidades’ para degollar la revolución húngara y alemana por medio de los serbios, eslavones, croatas, valacos, etc.». Asimismo, asegura que el reaccionario príncipe austriaco, Metternich, es el mayor «sostenedor de las nacionalidades».

En el Manifiesto también queda claro que el internacionalismo ve con buenos ojos el desarrollo económico cada vez más centralizado que protagoniza la burguesía en la edad moderna, al que considera condición imprescindible de la revolución comunista [6]. Esto lleva a Marx y Engels a reconocer la existencia de las «grandes naciones», pero no la de las «nacionalidades» . Para ellos, por ejemplo, España es una nación, pero Cataluña, el País Vasco y las demás regiones españolas no lo son; son simplemente «regiones» o «provincias» (o eso a lo que los partidarios del enfoque «nacionalista» romántico y conservador comenzaban entonces a llamar «nacionalidades» [7].

Por su parte, la posición de Lenin contra el nacionalismo es perfectamente coherente con la de Marx y Engels. Para él, el proletario debe oponer al nacionalismo la «cultura internacional de la democracia» (p. 26), típica de la clase obrera:

«Nacionalismo burgués e internacionalismo proletario son las dos consignas antagónicas e inconciliables que corresponden a los dos grandes bandos que dividen a las clases del mundo capitalista y expresan dos políticas (es más, dos concepciones) en el problema nacional (…) todo nacionalismo liberal burgués lleva la mayor de las corrupciones a los medios obreros y ocasiona un daño enorme a la causa de la libertad y a la lucha de clases proletaria (… [Por consiguiente:]) Quien defiende la consigna de cultura nacional no tiene cabida entre los marxistas, su lugar está entre los pequeños burgueses nacionalistas» (pp. 30, 27, 29).

En cuanto a Rosa Luxemburgo, escribe en «El derecho de las naciones a la autodeterminación»:

«En una sociedad de clases, ‘la nación’ como una entidad sociopolítica homogénea no existe. Lo que sí existe en cada nación son clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos. No existe literalmente una sola esfera social (...) En el ámbito de las relaciones económicas, las clases burguesas representan los intereses de la explotación, y el proletariado los intereses del trabajo (...) En una sociedad así constituida no cabe hablar de una voluntad colectiva y uniforme, de la autodeterminación de la ‘nación’. Cuando en la historia de las sociedades modernas encontramos movimientos ‘nacionales’ y luchas a favor de ‘intereses nacionales’, suelen ser movimientos de clase de los estratos dirigentes de la burguesía (...)» (pp. 48-49).

En el mismo trabajo, califica el nacionalismo de «reaccionario» y utópico, pues es «un intento general de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y delimitarlos según el modelo de estados y estaditos nacionales es una empresa sin esperanza y, desde el punto de vista histórico, reaccionaria» (p. 47). Por último, y para no abundar en citas de idéntico contenido, nos limitaremos a señalar que la misma posición se encuentra en Stalin, Trotski y muchos otros. Por ejemplo, para Stalin, otra faceta del nacionalismo «peligrosa para la causa del proletariado» es que:

« Aparta la atención de grandes capas de la población de las cuestiones sociales, de los problemas de luchas de clase, enfocándola hacia las cuestiones ‘nacionales’, los problemas comunes al proletariado y a la burguesía. Y esto crea un terreno favorable para predicar la mentira de la ‘armonía de los intereses’, para diluir los del proletariado, para avasallar moralmente a los obreros. Así se levanta una seria barrera contra la obra de unificación de los obreros de todas las nacionalidades (pp. 134-135)» (citado en Vilar, 1980, p. 134).

Y en las siguientes palabras del marxista trotskista Isaac Deutscher queda muy bien reflejada la solidez con que debe comportarse un internacionalista para defenderse del nacionalismo, ese mórbido virus que ataca ya como una plaga al proletariado mundial:

«Los socialistas deben ser internacionalistas incluso si sus clases trabajadoras no lo son; los socialistas deben entender el nacionalismo de las masas, pero solamente en la medida en que un médico comprende la debilidad o el malestar de su paciente. Los socialistas deben tener en cuenta el nacionalismo, pero, como las enfermeras, deben lavarse veinte veces las manos antes de acercarse a un área del movimiento obrero infectada por él» (citado en Savater, 1996, p. 52).

II. ¿Es posible un «nacionalismo de izquierda»?

Debemos ahora prestar atención a otro hecho. Sabemos que Marx, Engels y Lenin sentían una profunda antipatía por todo tipo de nacionalistas. Pero no sólo era por los burgueses, sino con tanta o más claridad por los que se autocalificaban de «socialistas». Toda forma de nacionalismo es tan burguesa y antiobrera que, por ejemplo para Engels, el actual «nacionalismo de izquierda» le habría parecido inconcebible, pues, de creer sus ideas, entonces el

«País de Gales y los habitantes de la isla de Man tendrían, si así lo desearan, y por muy absurdo que parezca, el mismo derecho a la independencia nacional que los ingleses. Todo ello es un absurdo, disfrazado con atuendo popular, para echar arena a los ojos de gente ingenua y que se puede usar como frase de comodín o arrinconarlo, según lo requieran las ocasiones» (citado en Gárate, p. 129).

Por eso, esa parte de la izquierda no es marxista en ningún caso por mucho que se considere a sí misma de esa guisa. Marx criticaba duramente a todos los socialistas, y en especial al socialista Lassalle, que eran nacionalistas y se apartaban así «de la línea internacionalista proletaria». No obstante, algunos socialistas no marxistas, e incluso algunos de los que se consideraban marxistas, tenían planteamientos muy diferentes, como ocurría con buena parte de la II internacional, que tenía una posición menos férrea que la I en su defensa del internacionalismo. Para Lenin, estos «socialnacionalistas» eran simplemente «traidores» [8], y su crítica no se limita al nacionalismo reaccionario y directamente burgués, sino también al «nacionalismo más sutil, más absoluto y más acabado», supuestamente más progresista:

«El marxismo no transige con el nacionalismo, aunque se trate del más ‘justo’, ‘depuradito’, sutil y civilizado. En lugar de todo nacionalismo, el marxismo propugna el internacionalismo (…), la fusión de todas las naciones en esa unidad superior que se va desarrollando en nuestra presencia con cada kilómetro de vía férrea, con cada trust internacional y con cada unión obrera (internacional por su actividad económica, y también por sus ideas y aspiraciones)» (p. 38) [9].

Pero lo anterior es compatible con la defensa leninista del «derecho a la autodeterminación», que para él no es un derecho de todo aquel que lo reclame, sino un derecho que tienen exclusivamente los países coloniales o sometidos a la opresión por parte de otro. La esencia del pensamiento de Lenin es que hay que apoyar con todas las fuerzas el movimiento nacional dirigido a sacudirse el yugo que aprisiona a las naciones oprimidas, pero sólo en el caso de esas naciones oprimidas, no en los demás casos:

«Sí, debemos luchar indiscutiblemente contra toda opresión nacional. No, no debemos luchar en absoluto por cualquier desarrollo nacional, por la ‘cultura nacional’ en general» (pp. 38-39).

En primer lugar, debe estar claro en qué consiste el «derecho a la autodeterminación»:

«Por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado nacional independiente» (p. 98).

Por tanto, se trata, por una parte, de «la reivindicación de liberación inmediata de las colonias, propugnada por todos los socialdemócratas revolucionarios», exigencia «‘irrealizable’ en el capitalismo sin una serie de revoluciones» (p. 351). Por otra parte, el proletariado de la nación opresora debe apoyar la liberación del pueblo oprimido, pues ya Marx creía, «contrariamente a los proudhonistas que ‘negaban’ el problema nacional ‘en nombre de la revolución social’», que «el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre» (p. 356). Pero repitamos que este «derecho a la autodeterminación», que Lenin defiende tan tajantemente siempre, se refiere exclusivamente a las naciones oprimidas y las colonias, no a las naciones y nacionalidades en general. Y no cabe ninguna duda de esto si se lee directamente a Lenin, en lugar de remitirse o imaginarse tradiciones leninista de cualquier tipo:

«Hay que distinguir tres tipos principales de naciones: Primero, los países capitalistas desarrollados de Europa Occidental y los Estados Unidos. En ellos han terminado hace mucho los movimientos nacionales burgueses de tendencia progresista. Cada una de estas ‘grandes’ naciones oprime a otras naciones en las colonias y dentro del país. Las tareas del proletariado de las naciones dominantes son allí exactamente las mismas que tenía en Inglaterra en el siglo XIX con relación a Irlanda. Segundo, el Este de Europa: Austria, los Balcanes y sobre todo Rusia (…) Las tareas del proletariado de esos países (…) no pueden ser cumplidas sin defender el derecho de las naciones a la autodeterminación (…) Tercero, los países semicoloniales, como China, Persia y Turquía, y todas las colonias (…) En ellos (…) los socialistas deben apoyar con la mayor decisión a los elementos más revolucionarios de los movimientos democráticos burgueses de liberación nacional» (pp. 357-358; negritas mías).

Por eso, cuando Lenin critica a los países opresores de Europa occidental acota con cuidado cuáles son los territorios oprimidos y cuáles no [10]

Por consiguiente, se exigen estrictas “condiciones” para que un marxista pueda “apoyar la reivindicación democrático burguesa del ‘Estado nacional’” en el caso de las colonias y las naciones oprimidas; y, antes que nada, “distinguir estrictamente dos épocas del capitalismo diferentes por completo (…) la época de la bancarrota del feudalismo y del absolutismo [y] por otra parte (…) una época en que los Estados capitalistas tienen ya su estructura acabada” (pp. 103-104). En el primer caso el nacionalismo de “la nación” que se levanta contra el Antiguo Régimen es progresista, pero en el segundo se trata de un movimiento reaccionario [11].

La conclusión final es evidente: Lenin no defiende un derecho indiscriminado a la autodeterminación, sino ese derecho en los casos delimitados ya comentados y en especial en el caso ruso. «La lucha por la liberación nacional debe ser apoyada por el proletariado», pero con mucha precaución: tiene que tratarse de una «lucha contra los privilegios y violencias de la nación opresora», pero al mismo tiempo una lucha que no muestre «ninguna tolerancia con el afán de privilegios de la nación oprimida» (pp. 112-115). Es decir, el proletariado no debe negar el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, pero tampoco apoyar «todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas» (p. 128).


La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (I) - El Revolucionario

Este nacionalismo no se habría desarrollado hasta los actuales niveles patológicos si no hubiera calado en una parte del pueblo español la posición que en su momento atacaron Marx, Engels, y los primeros internacionalistas españoles
La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (II)
Posición luego tergiversada y corrompida por los supuestos «internacionalistas» del PCE y otros partidos marxistas españoles, y que es hoy de suma importancia combatir
Sábado 16 de mayo de 2009, por Diego Guerrero
En su obra Escritos sobre España —que todo español de bien debería leer—, Marx y Engels lo dejan claro: « la división de España en estados federales, con administración independiente, equivaldría a la “reaccionaria destrucción de la unidad nacional. »

La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (II) - El Revolucionario



España es una nación de acuerdo con la historia
La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (y III)
Hay muchas razones por las que uno puede querer tergiversar la historia
Jueves 18 de junio de 2009, por Diego Guerrero
Los nacionalistas periféricos se encuentran ante un dilema. O bien defienden una increíble afirmación económica –a saber: que Cataluña y el País Vasco, a pesar de haber crecido mucho más que el resto de las regiones españolas en los siglos XIX y XX, han sido oprimidas por ellas–, o bien estamos ante un tipo distinto de «opresión», que a continuación investigaremos, pero perfectamente compatible al parecer con una opresión en sentido contrario –desde Cataluña y el País Vasco hacia las otras regiones– en el terreno económico. En cualquier caso, se trataría de una opresión «espiritual» sufrida por ellos frente a una opresión «material» ejercida por parte de ellos, algo nunca visto desde luego

La traición de clase de la izquierda nacionalista en España, y su impacto sobre la economía española (y III) - El Revolucionario
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"Este país tiene 2 problemas que se tendrían que situar por encima de los demás que son la educación y la vivienda.Y esto es una verdadera tragedia nacional.Yo no creo que la gente pueda ser verdaderamente autónoma y responsable si no está emancipada.Un país en el que la gente se emancipa a los 30 años lleva una carga,un retraso en autonomía ,en responsabilidad y en capacidad de ser por sí mismo que se tiene que pagar forzosamente "
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A uno le reconforta ver cómo la economía convencional termina, una vez más, dándole la razón a la economía heterodoxa

Crisis, recesiones y depresiones
Las consecuencias de una recesión americana convertida en mundial serían auténticamente peliagudas

Domingo 20 de septiembre de 2009, por Diego Guerrero

Lo que EEUU no pueda probablemente imaginar todavía es que tendrá que pasar por las horcas caudinas de la humillación del imperio que se resiste a reconocer su decadencia en medio de la derrota

Hace 20 años, el Nobel de Economía Paul Samuelson escribía en su manual que «en la época poskeynesiana toda economía mixta tiene suficientes conocimientos y capacidad para utilizar las políticas monetaria y fiscal con el fin de crear, mediante gastos pacíficos útiles, suficiente poder adquisitivo global. La creación de dinero y la flexibilidad fiscal han conseguido desterrar en todo el mundo el miedo a la depresión crónica» (p. 897). Veinte años más tarde, su discípulo Olivier Blanchard, jefe del departamento de economía del celebérrimo MIT (Massachusetts Institute of Technology) donde también Samuelson trabajara tantos años, se toma la molestia de escribir un artículo de prensa (recogido por El País de 16-3-2001) para desmentir parcialmente a su maestro y recordarnos que sigue habiendo tres tipos de recesiones o depresiones en la economía capitalista.

El primer tipo se produce de forma impredecible (por ejemplo, las crisis del petróleo de los 70); el segundo se da «al azar» y «es fácil de reparar, si no de evitar» (por ejemplo, la recesión en EEUU a principios de los 90). Sin embargo, Blanchard se muestra tan preocupado por las de tercer tipo (asociadas a «desequilibrios», «deuda» y «especulación», como la japonesa «hace 10 años», según escribe) que asegura que su posibilidad «literalmente me hace temblar» porque si la productividad no crece suficientemente en los próximos 30 años, la situación puede ser «simple y aterradora».

A uno le reconforta ver cómo la economía convencional termina, una vez más, dándole la razón a la economía heterodoxa, aunque, como siempre, con mucho retraso (dos años, esta vez). En mayo de 1999, en el Seminario Internacional Complutense sobre «Nuevas direcciones en el pensamiento económico crítico,» Fred Moseley presentó un trabajo suyo en el que escribía lo siguiente: «En los dos últimos años, la economía de los EEUU ha sido llamada la economía de «Ricitos de oro» porque ha estado marchando perfectamente bien (...) ¿por cuánto tiempo podrán continuar estas tendencias económicas divergentes, prosperidad en los EEUU y depresión en el resto del mundo? (...) Casi todos los economistas ortodoxos parecen pensar que la economía de los EEUU es tan fuerte que sólo sufrirá levemente la creciente crisis económica global, y que en concreto no sufrirá una recesión. Yo no estoy de acuerdo con esta opinión dominante. Creo que es muy probable que la economía de EEUU sufra de forma más importante los efectos de esa extensión de la crisis global, y que caerá en recesión en un año como mucho. En otras palabras, pienso que «Ricitos de oro» está a punto de encontrarse con el oso grande y feo. Una recesión así en la economía de EEUU tendría a su vez efectos devastadores sobre el resto del mundo, especialmente sobre los países asiáticos, para los cuales el aumento de sus exportaciones al creciente mercado de EEUU es prácticamente la única esperanza de recuperación».

La argumentación del muy pensado trabajo de Moseley se basaba en una sólida coherencia lógica que lo llevaba a concluir la necesidad de una grave crisis (y no sólo en los EEUU): «Mi conclusión es que es muy probable que la economía americana caiga en una recesión a lo largo del próximo año (...) Si ocurre (...) entonces creo que hay peligro de que se trate de una bastante mala. La razón principal de ese peligro es que, en caso de recesión, el consumo probablemente descenderá rápidamente. Como se vio antes, los hogares han estirado su capacidad de gasto hasta el límite, o incluso más allá, y este desenfreno consumista ha sido impulsado fundamentalmente por un boom de la bolsa. Sin embargo, una recesión pondría muy probablemente fin a ese boom, y causaría un descenso significativo de la bolsa (...) un descenso así en la bolsa llevaría con casi toda seguridad a una grave reducción del gasto de consumo. Los hogares tendrían no sólo que financiar su ahorro a partir de sus ingresos corrientes, sino que tendrían, además, que reponer los ahorros perdidos en el mercado de valores mediante una ahorro superior de su renta. La tasa de ahorro de los hogares podría subir repentinamente en los EEUU del 0%[32] al 5% o más, lo que reduciría aun más el consumo y empujaría a la economía hasta el fondo de una recesión. Por otra parte, los hogares americanos están muy endeudados (su deuda es ahora aproximadamente el 100% de la renta después de impuestos, un récord nunca alcanzado). Una recesión significaría pérdida de empleos y renta para muchos hogares muy endeudados, que habrían de reajustar su gasto radicalmente para evitar la quiebra personal».

Como se trataba de un autor marxista presente en un congreso de economistas poco convencionales, la prensa española no informó lo más mínimo de lo que en aquella reunión madrileña se debatió, pero Moseley bien que lo anticipó. Y esto nos obliga a recordar aquí lo que vino a leer este economista, primero en Somosaguas y luego en el Colegio de Economistas de Madrid: «Si tuviera lugar una recesión en los EEUU en el próximo año o dos, entonces esa recesión tendría a su vez un efecto devastador sobre el resto de la economía mundial, en especial para Asia y Latinoamérica. La mayor esperanza de que esos países se recuperen de su actual depresión es el aumento de sus exportaciones al expansivo mercado americano (una esperanza anterior era aumentar sus exportaciones a Japón, pero esa esperanza se evaporó al caer Japón en su propia depresión). Si la economía de EEUU entra en recesión, entonces disminuirá la demanda americana de exportaciones asiáticas, en vez de aumentar. Perdida su principal esperanza de recuperación, estas economías seguirían en una depresión severa durante años. Y si la depresión global continúa, esto seguiría arrastrando a la baja a la economía de los EEUU».

Las consecuencias de una recesión americana convertida en mundial serían auténticamente peliagudas: «Si la economía americana se deslizara hacia una recesión severa, y la mayor parte del resto del mundo hacia una depresión creciente, entonces este empeoramiento de la crisis del capitalismo global infligiría grandes sufrimientos a la población mundial, especialmente en Asia y en América Latina: pérdida de empleos, menores rentas, mayores hambre y pobreza, mayor ansiedad y desesperación, etc.». Moseley llegaba hasta el punto de afirmar: «Es posible que, si las condiciones económicas se deterioran, estas luchas de los trabajadores por su supervivencia en un capitalismo en crisis conduzcan a un número creciente de ellos a poner en entredicho el capitalismo en cuanto tal, y su capacidad para hacer frente a sus necesidades económicas básicas. Si el capitalismo exige estos ataques contra nuestro nivel de vida, entonces quizás haya un sistema económico alternativo que no requiera esos ataques y que pueda, por el contrario, atender a nuestras necesidades».

Siguiendo a Moseley, muchos economistas hemos repetido su mensaje desde entonces, pero obteniendo, claro está, menos repercusión aun que la que él mismo consiguió. Por ejemplo, en las VII Jornadas de Economía Crítica (Albacete, febrero de 2000) yo mismo escribía: «Si la burbuja financiera estalla algún día —y no hace falta recordar los análisis heterodoxos a este respecto (véase, por ejemplo, Moseley, 1999), ya que cada vez son más numerosos los economistas ortodoxos que nos advierten de este peligro, incluidos los que están al mando de importantes instituciones económicas internacionales y nacionales en el centro del imperio—, la reducción repentina de valor mercantil puede ser tan explosiva que los efectos depresivos de semejante estallido terminarán por perjudicar a muy corto plazo a la auténtica riqueza existente. No sólo porque la depresión económica en el sentido convencional puede destruir una cantidad importante del capital (medios de producción) sobrante —no olvidemos que la raíz última del problema que sufre el capitalismo contemporáneo del último cuarto de siglo es que el exceso de acumulación lo ha llevado a un exceso generalizado de capacidad productiva que, tarde o temprano, tendrá que desaparecer—, sino sobre todo porque destruiría puestos de trabajo adicionales en un mundo donde el ejército industrial de reserva ya ha seguido la misma senda secular que los otros ejércitos (alcista, evidentemente), y lo ha hecho de forma aguda en las últimas décadas [la tasa mundial de desempleo es superior en los 90 que en los 80, y ésta superior a la de los 70, etc.)]».

Por todo ello concluía: «No deberían ser tan optimistas los liberales modernos —ya sean neoliberales, ya socialdemócratas— pues las ‘nuevas tecnologías’, la nueva ‘era de la información, la informática y las telecomunicaciones’, los nuevos ‘desafíos de la globalización’, la competitividad social y el ‘Estado de bienestar democrático’, y demás sonsonetes retóricos que ha repetido la izquierda durante el último medio siglo, nos pueden estar deparando un sobresalto muy próximo que pondrá, lamentablemente, de moda la misma teoría que ya lo estuvo tiempo atrás y que ahora intenta borrar de las mentes esta guerra fría ideológica (casi tan cruenta como la caliente) que todavía no ha terminado —¡no ha hecho más que empezar!— y que puede suponer un salto también en el pensamiento real, como consecuencia de un auténtico cambio cualitativo en las condiciones objetivas que determinan la conciencia social. ¡Ay, qué razón tenía aquel clásico que escribió que ‘el hombre se cree libre porque no se apercibe de sus cadenas’!»

Lo que EEUU no pueda probablemente imaginar todavía es que tendrá que pasar por las horcas caudinas de la humillación del imperio que se resiste a reconocer su decadencia en medio de la derrota (económica), al igual que lo hiciera Inglaterra un siglo antes. Y esto probablemente comience a suceder cuando a corto y medio plazo vean los americanos —con todo el resto del mundo como perplejos espectadores— que eso que han venido diciendo en los últimos diez años sobre Japón, esas falsas explicaciones ad hoc de la crisis japonesa como resultado de prácticas bancarias poco ortodoxas desde el punto de vista canónico, lo van a tener que repetir, ampliado y actualizado, de su propia economía. Y habrá que ver entonces cómo salen de ese ridículo colectivo.

Pero, lamentablemente, no podremos disfrutar del espectáculo porque la mayoría de la población estaremos muy ocupados con la ardua tarea de sobrevivir en medio de la nueva y durísima crisis mundial que nos espera.

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"Este país tiene 2 problemas que se tendrían que situar por encima de los demás que son la educación y la vivienda.Y esto es una verdadera tragedia nacional.Yo no creo que la gente pueda ser verdaderamente autónoma y responsable si no está emancipada.Un país en el que la gente se emancipa a los 30 años lleva una carga,un retraso en autonomía ,en responsabilidad y en capacidad de ser por sí mismo que se tiene que pagar forzosamente "
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