¿Te han publicado eso en la edición en papel? 
Enhorabuena sea sí o no. Lástima de fechas. VÍCTOR LUIS ÁLVAREZ De los cientos de memeces que pronunció el presidente Bush, quizás la menos equivocada fue la de comparar la reciente actuación de Wall Street con una borrachera, posiblemente porque él cuando habla de borracheras es todo un experto en la materia.
Escuchando el debate sobre la economía española se comprueba fácilmente que no existen recetas ante la crisis, todo son vaguedades, generalidades, no se concreta nada, excepto en el PP que siguen con la idea fija de rebajar impuestos a los empresarios y «flexibilizar» el mercado laboral (abaratar el despido de los trabajadores), aunque lo disimulen con el eufemismo de «cambios estructurales en el empleo». O sea que durante las vacas gordas se forran unos pocos y cuando lleguen las vacas flacas, que lo paguen los de siempre; además esas recetas son ideológicamente interesadas para favorecer a la burguesía y no tienen fundamento económico alguno, como ya se ha demostrado con su fracaso en los países donde los políticos neoliberales implantaron estas medidas.
Es impresentable propugnar que paguen la crisis los de abajo, que son los que menos culpa tienen, sin negar la responsabilidad de amplias capas populares que, por su cultura consumista, colaboraron voluntariamente en el actual descalabro; aunque en su descargo hemos de admitir la presión mediática a la que fueron sometidos para modelar sus mentes de acuerde a los requerimientos del modelo de vida propuesto por el sistema.
Desde el PSOE siguen con más de lo mismo, con vagas intenciones más que soluciones, como fomentar la competitividad, implantar más I+D, etcétera, o sea, un rosario de buenas intenciones que no se plasma en nada concreto, o sea que no hacen nada, porque en realidad no lo pueden hacer, presos como están de sus propias contradicciones ideológicas que los hacen rehenes del sistema, que es el que está en crisis.
Lo que ninguno dice es que el modelo está quebrado en todo el mundo industrializado, que el sistema se tambalea y que dentro de ese mundo España es uno de los escalones más débiles de la cadena, nuestro déficit comercial evidencia que habíamos llegado a un nivel de consumo insostenible para nuestra economía real. Y todo ello agravado por la disparatada apuesta por la construcción de viviendas, que ha endeudado a nuestro país hasta unos límites que rebasan todo lo imaginable.
Lo que tampoco dicen en el Parlamento es que en este país llamado España existió el efecto narcotizante de una orgía financiera que no afectó únicamente a la Bolsa, la banca y demás sectores financieros, sino que se generalizó en la mayoría de las capas de la población. Excluyendo únicamente a jubilados, jóvenes mileuristas, trabajadores precarios y otros grupos marginales que se excluyeron más por razones culturales que económicas.
Casi todos éramos ricos, cada día más ricos, nuestros pisos cada día valían más, nuestro patrimonio se incrementaba y por ello aumentaba nuestra capacidad de endeudamiento. En la economía real del país no se generaba un incremento acorde de la producción, ¿pero a quien le importaba eso?, el dinero salía de las piedras, o sea del débito financiado por el exterior.
Los Audi, BMW y todoterreno nos invadían, aunque la mayoría de los últimos no rodasen nunca por una vía rústica, las vacaciones se pasaban como mínimo en Playa Bávaro o Punta Cana, las televisiones de plasma tenían que cubrir toda la pared, y todos los artefactos electrónicos que tuviesen a bien fabricar los chinos eran entusiásticamente acogidos en nuestro país.
Como ya afirmé en anterior ocasión «nos dirigíamos al despeñadero, pero muy bien equipados, cierre centralizado con mando a distancia, llantas de aleación, cristales tintados, elevalunas eléctrico, y aire acondicionado, con ciento y muchos caballos de potencia como mínimo», y en los hogares que no faltase la última tecnología como el «home cinema» y la domótica.
Éramos ricos, asquerosamente ricos, cualquier avispado pasapisero que reservaba un piso sobre plano, con una simple fracción de su coste como entrada, lo revendía antes de escriturar con ganancias millonarias. Los adosados y segundas residencias vacacionales eran otro signo de identidad de los triunfadores de aquel crédito fácil y barato.
Consecuentemente, el llamado «efecto riqueza» se instaló en amplias capas de este país hedonista y complacido, nadie se paraba a analizar lo que realmente estaba sucediendo y a los pocos que lo hacíamos se nos ignoraba o se nos denominaba como «radicales anti-sistema» «inadaptados» o «rojos envidiosos y resentidos».
Pues bien, señores: se acabó la fiesta, explotó el ladrillo; endeudados hasta las cejas e hipotecados de por vida, las vamos a pasar canutas. Según el catedrático de economía Santiago Niño Becerra -para algunos otro agorero- tardaremos diez años en salir de está situación, eso si la escasez energética no agrava antes el problema y lo convierte en un colapso definitivo.
Y cuando digo hipotecados no me refiero a aquellos que están pagando sus pisos, me refiero a España como conjunto, a su banca que, además de tener que hacer frente a los créditos fallidos de las inmobiliarias, se endeudó en el exterior en cientos de miles de millones de euros para financiar la orgía del ladrillo español, y que por ello ha dejado seca de liquidez a la economía española para poder financiar cualquier alternativa posible al desplomado disparate inmobiliario.
Y aquí estamos, ahora gobierna el PSOE, luego quizás gobernará el PP, y por lo que se escucha a ambos, los defraudados «nuevos pobres» comprobarán que, parafraseando lo que dice la copla, ni con los unos ni con los otros tienen sus males remedio. Esperemos que no busquen la solución en recetas «milagrosas» que les oferten los demagogos de tintes fascistas. En tiempos pasados se habría recurrido a una devaluación de la moneda; ahora, con el euro, no es posible; ¿Embargarán a España? ¿Nos desahuciarán? O simplemente nos expulsarán del euro. ¿Quién sabe?, ya veremos. |