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| La falacia de la teoría marxista de la explotación por Larry Nieves Uno de los obstáculos más importantes que uno encuentra cuando trata de explicar las ideas liberales a personas de inclinación izquierdista, es la creencia de estas en la teoría marxista de la explotación. Cuando los libertarios afirmamos que cada persona tiene el derecho natural al fruto de su trabajo y que, en consecencia, los impuestos no son más que una forma institucionalizada de robo, el izquierdista frecuentemente replica que él también piensa lo mismo y que, en consecuencia, los empresarios no tienen derecho a apropiarse de la producción de sus trabajadores (véase por ejemplo, el primero comentario a esta nota). El caso es evidente cuando se consideran las instituciones del esclavismo y el feudalismo. Es claro que el esclavo es explotado por su amo y que éste último obtiene un beneficio a costa del trabajo no remunerado del primero. Sin embargo, los marxistas afirman que aun en un sistema capitalista puro, es decir, uno en que los medios de producción son propiedad privada, los capitalistas explotan a los trabajadores, al apropiarse de su producción excedente de los costos necesarios para mantener al obrero con vida. Según Marx, la prueba de la explotación reside en que los precios que paga el empresario al obrero son menores que los precios que el empresario cobra por el producto del trabajo del obrero. La diferencia es lo que él llama la plusvalía y es el monto que el empresario está robando al obrero. La teoría marxista de la explotación es falsa porque no toma en cuenta la existencia de las preferencias temporales. Es una ley natural que una persona preferirá la satisfacción de una necesidad antes que después, si consideramos otros factores como fijos. Por ejemplo, una persona preferirá siempre obtener 100.000 Bs ahora, que tener que esperar un año para recibir los mismos 100.000 Bs. Una persona preferirá tener un carro ahora, que tener que esperar por el carro 10 años. En pocas palabras, si otros factores son constantes, una persona valorará siempre bienes presentes por encima de bienes futuros. Se deduce de lo anterior que para que una persona intercambie un bien presente (por ejemplo, dinero ahora) por un bien futuro (dinero dentro de un año), esta debe valorar más el bien futuro que el bien presente (de lo contrario no se produciría el intercambio). Por ejemplo, si usted quiere que yo le entregue 100.000 Bs hoy (bien presente) a cambio de 100.000 Bs dentro de un año (bien futuro, obviamente yo no voy acceder al trato. ¿Por qué? Porque mis preferencias temporales me obligan a valorar 100.000 Bs hoy más que 100.000 Bs dentro de un año. Es un hecho natural y es la base del fenómeno del interés. Para que usted me convenza de entrgarle los 100.000 Bs ahora, usted me debe ofrecer un bien futuro que yo valore más, por ejemplo, 110.000 Bs. En este caso, diremos que las preferencias temporales (tanto las suyas, como las mías) establecen una tasa de interés del 10% anual. Quizás se pregunte usted, ¿pero qué tiene todo esto con la teoría marxista de la explotación? Muy sencillo: el obrero que trabaja por un sueldo está recibiendo un bien presente (dinero) y está entregando un bien futuro (su producción). Claramente, el obrero prefiere obtener dinero ahora (bien presente), que tener que esperar a que el producto esté listo y sea vendido a un consumidor (algo que es incierto, pues puede suceder que nadie quiera comprar el producto, en cuyo caso el obrero incurriría en una pérdida). Del otro lado, es claro que el empresario está entregando un bien presente (dinero) a cambio de un bien futuro (el producto). Para que el empresario acceda a este trato, es evidente entonces que lo que está recibiendo debe tener un valor superior a lo que está entregando. Veámoslo más claramente con un ejemplo. Suponga que usted me contrata para que fabrique un par de zapatos. Usted tiene 100.000 Bs que me entrega en forma de una salario. A cambio yo le prometo fabricar el par de zapatos en 15 días, luego de los cuales usted puede venderlo a un cliente suyo. Si usted sólo pudiera vender el par de zapatos por los mismos 100.000 Bs que me entregó a mí para que yo lo fabricara, la cuestión no tendría mucho sentido. Para usted sería preferible quedarse con los 100.000 Bs originales y ahorrarse la incertidumbre. Yo podría no fabricar los zapatos, por ejemplo. O después de fabricados, podría ser que usted no encuentre comprador. ¿Para qué complicarse? Es evidente que usted se aventuraría en esta empresa sólo si espera poder vender el par de zapatos por una ganancia. Digamos que usted vende los zapatos en 105.000 Bs, para una ganancia de 5.000&nbps;Bs ó 5%. Esta ganancia es el premio que usted está recibiendo por renunciar a consumir sus 100.000 Bs hoy y esperar 15 días. Ahora, sabiendo que yo podría vender los zapatos por 105.000 Bs ¿por que no lo hago y me quedo con todo el producto, es decir, con 105 en vez de 100 mil Bs? La única razón es que yo prefiero los 100 mil bolívares ahora y no 105 mil bolívares en 15 días, durante los cuales tendría que renunciar a cualquier bien de consumo. Además, recibieno el dinero ahora, como salario, me ahorro el problema de la incertidumbre. ¿Y si no puedo vender el par de zapatos después de invertir 15 días de trabajo y materias primas? ¿Y si necesita gastar dinero antes de 15 días para comprar algo de emergencia? Este análisis sencillo demuestra entonces que no existe tal cosa como una plusvalía que los capitalistas explotan a los obreros. El proceso implica en cambio la transferencia de bienes presentes (dinero en forma de salarios) por bienes futuros (el producto del trabajo de los obreros). Ambos, el obrero y el capitalista se benefician del intercambio, el primero al recibir dinero sin necesidad de esperar a que toda la cadena de producción, distribución y comercialización se complete y el segundo al recibir ganancias producto de las ventas al final de dicha cadena. El análisis anterior se basa en Hoppe, Hans-Hermann (1990), Marxist and Austrian Class Analysis, The Journal of Libertarian Studies, IX(2), 79. 08/01/2007 - Albert Esplugas Boter Plusvalía marxista y descubrimiento empresarial Se arguye con frecuencia que si un empleador obtiene beneficios es porque da a sus trabajadores menos de lo que éstos producen. Así, de acuerdo con el concepto marxista de la plusvalía, los beneficios empresariales serían aquella parte de la producción de los trabajadores que los capitalistas, valiéndose de su propiedad sobre los medios de producción, retienen para sí. El problema es que el concepto de la plusvalía, que da a entender que los beneficios emanan en exclusividad de la labor de los trabajadores (y pertenecen a ellos en justicia), no tiene en cuenta la condición de "prestamista" del empresario y, más importante, su papel como descubridor de oportunidades. En primer lugar, si el trabajador quiere percibir hoy unos ingresos, alguien deberá avanzarle un salario con cargo a su capital, pues de lo contrario el trabajador tendrá que esperar hasta haber producido y vendido el bien para cobrar directamente de los consumidores (con lo cual la espera será aún más larga en el caso de los bienes de capital alejados de la etapa del consumo). Quien le avance dicho salario lo hará a cambio de que lo que obtenga en el futuro sea más de lo que hoy le ha anticipado, pues nadie es indiferente entre pagar 100 a cambio de algo ahora y pagar 100 a cambio de lo mismo al cabo de unos años. Si el vendedor quiere hacernos esperar, pedimos un descuento; si queremos que el empresario nos avance un salario, porque no estamos dispuestos a esperar, nos aplica un descuento. En este sentido podríamos decir que el empresario tiene visos de prestamista: presta un salario a cambio de unos bienes futuros de mayor valor. En segundo lugar, el empresario no es un mero rentista pasivo como se infiere del concepto de la plusvalía. El empresario no avanza simplemente unos salarios a los trabajadores de forma que si estos dispusieran de capital suficiente podrían gestionar la empresa sin el lastre de su patrón. El empresario les avanza unos salarios para que lleven a cabo un proyecto concreto; el empresario no solo les da una alforja, también les indica el camino que deben seguir. La función del empresario es la de orientar los recursos (entre ellos el factor trabajo) hacia los usos que cree que satisfarán mejor las necesidades de los consumidores y le reportarán mayores beneficios. El empresario es el que hace frente a la incertidumbre que le envuelve e intenta prever el futuro con más acierto que los demás buscando oportunidades de ganancia. La función básica del empresario es, en suma, el descubrimiento y aprovechamiento de oportunidades de ganancia. De este modo, no hay un beneficio que se extraiga de los salarios como si los salarios fueran la fuente original de renta. La fuente original de renta son los beneficios fruto del descubrimiento empresarial, de dónde se descuentan los salarios. En otras palabras, lo que se queda el empresario no es una plusvalía, una parte de lo que producen los trabajadores, una renta "no-ganada", sino una parte de lo que ha descubierto él. La oportunidad de ganancia la ha descubierto él, no los trabajadores. Es el empresario el que se ha enfrentado a la incertidumbre anticipando una determinada demanda (intentando prever que los ingresos que obtendrá de la venta de su producto excederán los gastos en los que ha incurrido al producirlo). Es el empresario, no los trabajadores, el que emprende la acción de anticipar y aprovechar un diferencial de precios (ingresos menos costes) positivo, obteniendo beneficios cuando acierta en su previsión y sufriendo pérdidas cuando se equivoca. Por tanto, no cabe alegar que los beneficios son un expolio del trabajo de los empleados, pues sin esa anticipación inicial del empresario, sin esa idea previa acerca de lo que podría ser demandado por otros productores o consumidores, ningún trabajador estaría generando ingresos. El trabajo en sí mismo no tiene ningún valor, es el trabajo útil, dirigido acertadamente a satisfacer necesidades de los consumidores, el que tiene valor. Y es el empresario el que anticipa cuál es el uso más valioso del factor trabajo y lo dirige a tal fin, el que descubre el modo de darle la máxima utilidad. En definitiva, los beneficios no son una renta inmerecida, no-ganada, sino la "retribución" que obtiene el empresario por descubrir la mejor manera de satisfacer las apetencias de los consumidores. nada de ataques "ad hominem" please Última edición por sOBRAO; 21-ago-2008 a las 21:52 |
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| Este larry nieves es este larry nieves? "Lo que se impone en el futuro de Venezuela es una verdadera revolución que le devuelva, o que le entregue por primera vez en la historia, al pueblo venezolano el poder real de dirigir su vida hacia donde mejor le parezca. Una revolución liberal, que deponga de una vez por todas el poder del estado para intervenir en nuestros asuntos personales. Larry Alexánder Nieves C." Que cojones hace Hugo Chavez que no mete en la carcel a este tipo. Prision politica para larry nieves ya!!! |
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| Esto no va en el de política?
__________________ "Del fruto del árbol de la ciencia dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal."Génesis 3:4 ![]() La reforma laboral es un puto engañafanboys, primero reforma del sector industriall!!! LO QUE NO FUNCIONA ES EL SECTOR SECUNDARIO ENTERO |
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| Böhm-Bawerk refuta la teoría de la explotación capitalista CARLOS MARX Y "EL CAPITAL" En la primera mitad del siglo XIX el liberalismo reina triunfante en Occidente. Se trata de un movimiento de emancipación, enemigo de los privilegios que, a través del estado y mediante los impuestos y las restricciones a la libertad económica, se reservan unas clases sociales -nobleza, clero y gremios- a expensas del resto de la población. El liberalismo opone la razón y la ciencia frente al oscurantismo y la superstición. En el campo de la economía, el liberalismo tiene su expresión en la defensa del laissez faire frente al mercantilismo. Adam Smith primero, y David Ricardo después, ya han establecido las bases de lo que hoy se conoce como Escuela Clásica de Economía. El sistema de Ricardo, aunque adolece de graves fallos, aparenta ser un edificio lógico de construcción impecable, lo que impresiona notablemente a sus contemporáneos. Paralelamente, y además de los reaccionarios partidarios del Antiguo Régimen, existe un movimiento socialista utópico, acientífico y cuasi-místico cuyos principales representantes son Fourier, Owen y Saint Simon y junto a él, otro algo mejor fundamentado, aunque no mucho más, que incluye a Lasalle, Sismondi y Roedbertus. En su Historia del Pensamiento Económico, Murray Rothbard hace un formidable repaso genealógico de este tipo de movimientos que abarcaría desde Espartaco a Tomás Moro, de Campanella a Thomas Múnzer y los anabaptistas alemanes y de Platón o Esparta hasta Gracus Babeuf y su Liga de los Iguales. Es en este contexto histórico donde aparece Karl Marx. Marx había alcanzado notoriedad con la publicación en 1848 del Manifiesto Comunista, pero es en 1857 con El Capital cuando reivindica su lugar dentro de la Ciencia Económica. Lo que caracterizaba a Marx frente al resto de socialistas utópicos era su argumentación científica (pseudo-científica en realidad) y su lenguaje "liberal" para atacar el liberalismo. Marx sostenía que también él quería acabar con los privilegios de clase y con el estado como instrumento de explotación. Al igual que los liberales, se definía como progresista, racional y científico e izquierdista (el término 'izquierda' tiene su origen en la disposición de los escaños que en el Parlamento francés del Antiguo Régimen ocupaban los que se oponían a la Sociedad Estamental). No sólo eso. Los liberales eran la derecha. El sistema de laissez faire era una nueva forma de opresión. Una clase -los propietarios capitalistas y burgueses- explotaba a otra -los trabajadores asalariados, a quienes Marx denominó proletariado. Así como la nobleza vivía de los tributos procedentes del resto de la sociedad y así como los señores feudales se alimentaban del trabajo de los siervos de la gleba, los capitalistas, según Marx, vivían merced al beneficio empresarial que no podía provenir de otro lado que del excedente sustraído al trabajador, al que le dio el nombre de plusvalía. Sobre esta base, Marx cimentó sus conclusiones acerca del futuro del capitalismo: creciente concentración de riqueza en pocas manos y tendencia al monopolio -la eterna cantinela de pobres más pobres y ricos más ricos-, tasa de beneficio decreciente conforme aumenta la acumulación de capital con las consiguientes crisis, de intensidad cada vez mayor, para desembocar finalmente en una dictadura del proletariado cuando los desposeídos, cada vez mayores en número, se apoderasen de la propiedad capitalista. La acusación era tan grave y la teoría tan tremendamente ambiciosa como intento de explicar la realidad, que no podía ser ignorada. Se hacía por tanto ineludible examinarla en profundidad, pues de su veracidad o falsedad podía depender el futuro de la humanidad. El insigne economista austríaco Eugen von Böhm-Bawerk (1850-1914) se dedicó a este esencial cometido. Examinemos cuales fueron los resultados. LA TEORÍA DE LA EXPLOTACIÓN REFUTADA Con el fin de no hacer excesivamente prolija la exposición, he optado por ir simultaneando la argumentación marxista contenida en el primer volumen de El Capital con la refutación de Böhm-Bawerk incluida en el capítulo número XII dedicado a La Teoría de la Explotación, dentro de su monumental Historia y crítica de las teorías del interés que es el primer volumen de la obra Capital e Interés. La controversia tiene dos partes, como veremos, puesto que el mismo Marx detectó contradicciones en su sistema. Marx prometió resolverlas en el tercer volumen de El Capital, y tras la publicación de este tercer volumen, Böhm-Bawerk, en La Conclusión del sistema marxiano, examinó las "soluciones" propuestas por Marx. EL PRIMER VOLUMEN DE EL CAPITAL Y LA CRÍTICA DE BÖHM-BAWERK Marx comienza a construir su teoría invocando la autoridad de Aristóteles: "No puede existir cambio sin igualdad, ni igualdad sin conmensurabilidad". Por tanto, según Marx, en las dos cosas intercambiadas tiene que existir "un algo común y de la misma magnitud". Aquí Böhm-Bawerk detecta el primer error: en realidad, el valor no es intrínseco a las cosas, sino algo subjetivamente apreciado por cada individuo según su situación y necesidades. En efecto, un intercambio tiene lugar sólo si ambas partes valoran en menor medida lo que ceden que lo que obtienen. Para poner a prueba la teoría marxista, Jim Cox planteaba la siguiente pregunta: ¿Cuántas veces ha ido el lector al mercado a cambiar un billete de un dólar por otro billete idéntico y luego otra vez y otra…? Desgraciadamente, la teoría de la igualdad de valor intrínseco de las cosas intecambiadas es pilar básico, tanto de la terrible teoría mercantilista -según la cual, en el intercambio, si alguien gana es porque el otro pierde-, como en el no menos pernicioso movimiento contemporáneo que denuncia el "comercio injusto" Norte-Sur. Un estudiante de lógica sabe que cualquier conclusión obtenida a partir de una premisa falsa o de un razonamiento falaz carece de valor científico. Pero no es que Marx deduzca coherentemente todo su sistema a partir de esta única falsedad, es que los errores y las falacias se multiplican en cada paso. Prosigamos. Para investigar ese "algo común" característico del valor de cambio, Marx repasa las diversas cualidades que poseen los objetos equiparados por medio del cambio. Eliminando y excluyendo aquellas que no resisten la prueba, se queda sólo con una que, según él, sí pasa el examen: "ser productos del trabajo". Sin embargo, Marx hace trampa y Böhm-Bawerk lo evidencia. En primer lugar, es falso que todos los bienes intercambiados sean productos del trabajo. Por ejemplo, los recursos naturales tienen valor y son intercambiados, pero no son producto de ningún trabajo. Certeramente objeta Knies a Marx: "Dentro de la exposición de Marx no se ve absolutamente ninguna razón para que la igualdad expresada en la fórmula: 1 libra de trigo= x quintales de madera producidos en el bosque no sea sustituida con igual derecho por esta otra: 1 libra de trigo = x quintales de madera silvestre = y yugadas de tierra virgen = z yugadas de pastos naturales". Pero no sólo eso. Es falso que esa sea la única característica común que pueda encontrarse en los bienes que son objeto de intercambio. "¿De veras estos bienes no tienen otras cualidades comunes como su rareza en proporción a la demanda?", es decir, la cualidad de presentarse en cantidades insuficientes para satisfacer todas las necesidades que de ellas tiene el ser humano, o "la de haber sido apropiadas por el hombre" precisamente por esa causa, o "la de ser objeto de oferta y demanda?", se pregunta Böhm-Bawerk. Decídalo el lector. Marx incide en el error: "si los bienes que son intercambiados sólo tienen en común la cualidad de ser productos del trabajo, entonces el valor de cambio vendrá determinado por la cantidad de trabajo incorporado en la mercancía". Marx descarta las "excepciones" como algo insignificante. Böhm-Bawek examina esas "pocas excepciones sin importancia". Al final vemos que éstas predominan de tal modo que apenas dejan margen a la "regla". Se incluirían, por ejemplo, los bienes que no pueden reproducirse a voluntad como obras de arte y antigüedades, toda la propiedad inmueble (¿cómo explica Marx que un piso de 150 metros cuadrados, construido por los mismos obreros con los mismos materiales, en la calle Serrano de Madrid valga veinte veces más que el mismo piso en una pedanía de la provincia de Teruel?), los productos protegidos por patente o derechos de autor o los vinos de calidad (las horas de trabajo empleadas para producir el vino Vega Sicilia son más o menos las mismas que se emplean en producir un vino peleón cien veces más barato). ¿Y qué decir de los productos objeto de trabajo cualificado, provenga esta cualificación de la preparación profesional o de las dotes innatas? Aunque Marx sostenga que ésta última no es una excepción, sino una variante pues según él, "el trabajo complejo es trabajo simple potenciado o multiplicado", Böhm-Bawerk advierte que para explicar la realidad no interesa lo que los hombres puedan fingir que es, sino lo que real y verdaderamente es. ¿Puede alguien en su sano juicio afirmar con toda seriedad que dos horas de trabajo de un cantante de opera tienen idéntica esencia que sesenta horas de trabajo de un enfermero? He dejado para el final la última gran excepción. Una excepción de tal calibre que en la actualidad incluye al 95 por ciento de los bienes. Se trata de todas aquellas mercancías producidas con el concurso de capital o, por mejor decirlo, aquellos bienes en los que el tiempo ha jugado un papel importante en el proceso productivo. Puesto que Marx construye su teoría de la plusvalía apoyándose sobre estos bienes -considera que no constituyen una excepción, sino la confirmación de la explotación capitalista- vamos a examinarlos con detalle. LA "PLUSVALÍA" CAPITALISTA Para Marx, tanto el beneficio, como el interés del capital provienen de la explotación del trabajador. Veamos como trata de probarlo. Como hemos visto, Marx mantiene por un lado que los bienes se cambian en el mercado según el trabajo que llevan incorporado -lo cual se ha probado que es falso-, pero como, según él, el trabajador no recibe el producto íntegro de su trabajo -la segunda tesis cuya falsedad también demostraremos-, sino tan sólo el salario mínimo de subsistencia, el capitalista puede apropiarse del excedente producido. Dice Marx: "El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de existencia de que tiene necesidad el obrero para seguir vivo como obrero. Por consiguiente, lo que el obrero recibe por su actividad es estrictamente lo que necesita para mantener su mísera existencia y reproducirla". Para respaldar esta segunda tesis, Marx apela al prestigio de la Escuela Clásica. Marx cita a Adam Smith: "En el estado original de cosas, que precede tanto a la apropiación de la tierra como a la acumulación de capital, el producto íntegro del trabajo pertenece al trabajador. No existen ni terratenientes, ni patrón con quienes compartir. Si hubiese continuado este estado de cosas, los salarios de los trabajadores habrían aumentado con todas las mejoras de la productividad a que la división del trabajo da lugar" Marx también invoca la "ley de hierro de los salarios" avanzada por David Ricardo y refrendada por Lasalle. Para Ricardo, los salarios no pueden elevarse permanentemente por encima del nivel de subsistencia, ya que en tal caso se produce un incremento de población. Esto obliga a cultivar tierras cada vez menos fértiles con lo que se eleva el coste de producción del cereal -medio de subsistencia por antonomasia del obrero y base de toda la teoría ricardiana de la renta. Finalmente Marx se refiere a la teoría clásica, según la cual el valor de cambio o precio, coincide con el coste de producción. Para Marx, el coste de producción del trabajo es el coste de subsistencia del trabajador. El origen de la plusvalía radicaría pues en "la diferencia entre el coste de la fuerza de trabajo y el valor que ésta puede crear". Es decir, el obrero trabaja diez horas, pero sólo cobra lo producido en dos. De las otras ocho se apodera el capitalista. |
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| CRÍTICA DE LA TEORÍA DE LA PLUSVALÍA Vamos a examinar a continuación las principales falacias incluidas en estos últimos argumentos. Aunque Böhm-Bawerk no se detiene a criticar la sentencia de Adam Smith -incluso aceptando este marco teórico, Böhm es capaz de demostrar la falsedad de la teoría de la explotación y explicar el verdadero fundamento del interés del capital-, nosotros sí vamos a mostrar la doble falsedad que se oculta en la tesis de que el salario sería la forma original y primaria de ingreso, emergiendo el beneficio posteriormente como diferencia entre ingreso y salario. Primero: si definimos el salario como la retribución al trabajo dependiente (la definición que Marx siempre utiliza), es imposible que éste exista en la etapa pre-capitalista. El salario surge con el capitalismo. Los ingresos que los "trabajadores" percibían anteriormente -por ejemplo en el caso de granjeros o artesanos- no eran salarios, sino beneficio empresarial en la terminología marxista, pues eran los propietarios de la producción quienes la vendían en el mercado, quienes organizaban el proceso productivo y quienes aportaban los instrumentos materiales que lo hacían posible. Lo mismo cabe decir de los comerciantes, que compraban mercancía para revenderla con beneficio. Es evidente que cuando se compra mercancía no se paga salario y que tampoco se cobra cuando se vende. Los comerciantes compraban lo que en la jerga marxiana se denomina capital constante, y éste, como veremos, no puede producir beneficio. Segundo: Smith, igual que Marx, desprecia e ignora absolutamente los efectos absolutamente decisivos que, para la división del trabajo y el incremento de la productividad, tienen la propiedad privada, la acumulación de capital y la función empresarial. En realidad la "época dorada" a la que parece referirse Smith sería el paleolítico, en donde hordas de salvajes subhumanos se dedicaban exclusivamente a la depredación -caza y recolección, sin que existiese nada parecido a una transformación de recursos en etapas sucesivas para lograr bienes distintos de los que ofrecía la naturaleza en estado salvaje. La revolución neolítica que introduce el cultivo agrícola y la ganadería y que eleva al primate a la condición de hombre, se basó en una institución fundamental: la propiedad privada. Por lo que a la ley de hierro de los salarios se refiere, ésta no se basaba tanto en el hecho de que los trabajadores son explotados (por tanto queda fuera del análisis de Böhm-Bawerk) y no perciben íntegramente el fruto de su trabajo -Ricardo no parece compartir esta tesis-, sino en la aplicación combinada de dos principios: la ley de los rendimientos marginales decrecientes en la agricultura y las ideas que sobre el crecimiento de la población había avanzado Thomas Malthus: "la población de los seres vivos tiende a expandirse hasta el límite en el que los recursos disponibles no pueden garantizar más que el mínimo de subsistencia". Estas ideas, que han sido refutadas por los hechos en todos los países de Occidente, también han sido contestadas en el campo teórico. La ley de los rendimientos marginales decrecientees establece que si se aumenta la cantidad empleada de un factor de producción, manteniéndose constantes las cantidades empleadas del resto de factores, la cantidad producida, aumenta, a partir de cierto momento, en proporciones cada vez menores. Es verdad que existe una ley de rendimientos marginales decrecientes, no sólo en la agricultura, sino en todos las áreas de la producción (si no existiese, o bien toda la producción se concentraría en un metro cuadrado, o bien no haría falta acumular capital, o todo el trabajo del mundo podría ser realizado por un solo operario), pero -y esto es lo importante- dicha ley convive con otras verdades económicas, como que la división del conocimiento y la acumulación de capital mejoran las técnicas de producción y, por tanto, incrementan la productividad. Hayek tenía mucha razón cuando decía que debemos optar entre ser pocos y pobres o muchos y ricos. Es difícil determinar cuál es el volumen óptimo de población en cada momento, aunque advertimos que los seres humanos son bastante racionales - a diferencia de los animales- a la hora de regular la población, mediante lo que se conoce como paternidad responsable, es decir, no traer al mundo hijos a los que no se tenga la oportunidad de proporcionar una vida tan cómoda, al menos, como la que disfrutan sus progenitores. ¡Si Marx creía que los trabajadores iban a comportarse como animales y no como humanos a la hora de reproducirse, no parece que les tuviera en muy alta estima! VALOR Y COSTE DE PRODUCCIÓN Es la idea de que el coste de producción determina el valor de cambio o precio del producto sobre la que Böhm-Bawerk recrudece sus críticas. Como decía Jim Cox, si el valor de los bienes estuviese determinado por su coste de producción, la foto de un ser querido tendría el mismo valor que la de un desconocido o la de un enemigo -abran sus carteras para comprobarlo. Me pregunto qué hacen dos marxistas después de ir al cine. Se supone que no podrán estar en desacuerdo sobre lo mucho o poco que les ha gustado la película, pues después de todo, la producción ha requerido igual cantidad de trabajo antes de que ambos la consuman. En realidad, ninguna actividad de tipo industrial o de cualquier otro orden puede conferir valor al bien o servicio producido. El valor brota posteriormente de las apreciaciones subjetivas de la gente. Es la intensidad de la apetencia del consumidor la que determina el valor de bienes y servicios. Es importante subrayar que lo que el consumidor valora, no es la totalidad de bienes que existen en el universo (todo el agua o el pan del mundo), sino solamente la unidad o unidades (una botella, una barra) sobre los que ha de decidir. Los que puede o no adquirir y los que puede o no ceder a cambio. A partir de esta genial observación -a nosotros nos parece evidente una vez presentada-, Menger y luego Böhm-Bawerk construyen una teoría completa de precios y costes. Si los bienes de consumo se valoran de acuerdo con la necesidad que satisface o deja de satisfacer la unidad de cada bien sobre la que tenemos que decidir, los factores de producción se valoran según su aptitud para proporcionarnos aquellos bienes, esto es, según su productividad. Aquí también hablamos de unidades concretas y "marginales" (están en el "margen" o umbral de ser o no adquiridas o cedidas) y no de la totalidad que de ese factor existe en el mundo. Cada unidad de factor es así valorada de acuerdo con su productividad marginal. La Ciencia Económica tradicionalmente había clasificado los factores de producción en tres grandes grupos: tierra, trabajo y capital. La genial aportación de Böhm-Bawerk consistió en descubrir la auténtica esencia del capital recurriendo al análisis de un factor ignorado: el tiempo. Veamos como el austríaco se sirve del tiempo para desarticular la teoría de la explotación. Una cosa es que deba pertenecer al obrero el producto íntegro de su trabajo o su valor correspondiente -lo cual Böhm-Bawerk y cualquiera acepta- y otra que el obrero deba percibir ahora todo el valor futuro de su trabajo. Los socialistas pretenden, si llamamos a las cosas por su nombre, que los obreros perciban a través del contrato de trabajo más de lo que producen, más de lo que obtendrían si trabajasen por cuenta propia. Böhm-Bawek ilustra el argumento con algunos ejemplos: "Imaginemos que la producción de un bien, por ejemplo de una máquina de vapor, cueste cinco años de trabajo, que el valor de cambio obtenido de la máquina terminada sea 5.500 florines y que intervengan en la fabricación de la máquina cinco obreros distintos, cada uno de los cuales ejecuta el trabajo de un año. Por ejemplo, que un obrero minero extraiga durante un año el mineral de hierro necesario para la construcción de la máquina, que el segundo dedique otro año a convertir ese mineral en hierro, el tercero a convertir el hierro en acero, que el cuarto fabrique las piezas necesarias y el quinto las monte y dé los toques finales a ésta. Según la naturaleza misma de la cosa, los cinco años de trabajo de nuestros obreros no podrán rendirse simultánea, sino sucesivamente y cada uno de los siguientes obreros sólo puede comenzar su trabajo una vez hayan culminado el suyo los obreros anteriores. ¿Qué parte podrá reclamar por su trabajo cada uno de los cinco copartícipes, con arreglo a la tesis de que el obrero debe percibir el producto íntegro de su trabajo? Si no existe un sexto elemento extraño que anticipe las retribuciones, deberán tenerse en cuenta dos puntos absolutamente seguros. El primero es que no podrá efectuarse el trabajo hasta pasados cinco años. El segundo es que los obreros pueden repartirse los 5.500 florines. Pero, ¿con arreglo a qué criterio? No por partes iguales, como a primera vista pudiera parecer, pues ello redundaría considerablemente a favor de aquellos obreros cuyo trabajo corresponde a una fase posterior del proceso productivo y en perjuicio de los que han aportado su trabajo en una fase anterior. El obrero que monta la máquina percibiría 1.100 florines por su año de trabajo inmediatamente después de terminado éste; mientras, el minero no obtendría su retribución hasta pasados cuatro años. Y como este orden de preferencia no puede ser en modo alguno indiferente a los interesados, todos ellos preferirían el trabajo final y nadie querría hacerse cargo de los trabajos iniciales. Para encontrar quien aceptase éstos, los obreros de las fases finales se verían obligados a ofrecer una participación más alta a sus compañeros encargados de los trabajos preparatorios. La cuantía de esta compensación dependería de dos factores: la duración del aplazamiento y la magnitud de la diferencia existe entre la valoración de los bienes presentes y futuros. Así por ejemplo si esta diferencia fuese del 5 por ciento anual, las participaciones se graduarían: 1.200 florines para el primer obrero, 1.150 para el segundo, 1.100 para el tercero, 1.050 para el cuarto y 1.000 para el quinto. Sólo podría admitirse la posibilidad de que los cinco cobrasen la misma suma de 1.100 florines partiendo del supuesto que la diferencia de tiempo les fuese indiferente." Pero, si realmente el tiempo fuera indiferente a la hora de determinar el valor y por tanto la cuantía de la retribución, a los obreros les daría igual cobrar el día siguiente a la terminación de su tarea que transcurridos cinco años y, si esto fuera así, les daría igual cobrar a los cinco años que pasados cincuenta, cien o mil. (No me cabe duda de que todos empresarios subirían muy generosamente los sueldos a quienes esperasen un largo tiempo para cobrar). En realidad, el interés no es la retribución por la abstinencia -la tesis de Nassau Senior ridiculizada por Lasalle-, ni la apropiación del trabajo del obrero -como dicen los socialistas-, sino la manifestación en el mercado de un presupuesto de la acción humana, a saber, que los seres humanos desean alcanzar sus fines cuanto antes. De no ser así, se optaría siempre por los procesos materialmente más productivos cualquiera que fuese el tiempo que éstos requiriesen hasta completarse, llegándose a un punto en que desapareciese la producción de bienes de consumo, pues toda los factores se emplearían en investigación, desarrollo y acumulación de capital. Seguimos con el ejemplo: "Supongamos ahora que los obreros, como ocurre en la realidad, no puedan o no quieran esperar para recibir su salario a que termine el proceso productivo y que entren en tratos con un empresario para obtener de él un salario a medida que vaya rindiendo su trabajo, a cambio de lo cual el empresario adquiere la propiedad del producto. Supongamos que este empresario sea una persona exenta de todo sentimiento egoísta. (…) ¿En qué condiciones se establecería el contrato de trabajo? No cabe duda de que el trato por los obreros sería absolutamente justo si el empresario les paga como salario exactamente lo mismo que recibirían como parte alícuota en el caso de organizar la producción directamente y por cuenta propia. En este caso 1.000 florines inmediatamente después de terminar su trabajo, que era lo que percibía el obrero que cobraba inmediatamente. Puesto que los cinco obreros aportan exactamente el mismo trabajo, lo justo será que perciban el mismo salario". Existen otros ejemplos aún más contundentes. Supongamos que un vino necesita madurar en la barrica durante veinte o cuarenta años para alcanzar una calidad extraordinaria. Los cultivadores, recolectores y pisadores de la uva, no pueden cobrar hasta pasadas decenas de años salvo que un capitalista les adelante su retribución. Si quieren cobrar inmediatamente después de finalizar su tarea, deberán hacerlo no conforme al valor del vino ya maduro, sino de acuerdo al valor del vino sin edad que es notablemente inferior. Si alguien les anticipa sus retribuciones y luego vende el vino pasados cuarenta años, ¿De verdad creen los socialistas que dicho empleador debe buscar a sus antiguos operarios y retribuirles con los intereses del capital? Y si el vino se malogra o cae de valor debido a cambios en el gusto de los consumidores, ¿tendría sentido que les persiguiese para exigirles el reembolso de lo cobrado? CAPITAL CONSTANTE Y CAPITAL VARIABLE Marx decía que el beneficio y el interés capitalista procedían del trabajo realizado y no retribuido. Por tanto la composición del coste de producción era determinante a la hora de determinar el rendimiento del capital. Si en el coste de producción había muchos salarios y poco aprovisionamiento de materiales habría más beneficio que si sólo se compraban y revendían éstos. Según Marx, sólo el capital empleado en pagar salarios a los trabajadores podía producir beneficio. Marx llamó a esta parte capital variable; era variable porque crecía merced a la explotación de los obreros. Por su parte, el dinero empleado en adquirir materiales y maquinaria no era capaz de generar plusvalía. Hay que recordar que ya se habrían vendido según el trabajo incorporado, dejando la plusvalía en poder del vendedor. Marx llamó a esta parte, capital constante. Por consiguiente, Marx se apartaba de la teoría económica clásica, la cual sostenía que la tasa de rendimiento del capital tendía a ser constante cualquiera que fuese su composición. Puesto que los clásicos -Smith, Ricardo, Mill- propugnaban la teoría del valor derivado del coste de producción, su fórmula determinante del valor de cambio o precio era: capital constante + capital variable + tasa de rendimiento medio. (En realidad Menger y Böhm-Bawerk habían demostrado que la causalidad iba en sentido inverso. Los costes de los factores se formaban a partir del precio que se esperaba obtener.) La gran innovación del primer volumen de El Capital era, pues, la nueva fórmula del precio de equilibrio: capital constante + capital variable + plusvalía, siendo ésta última mayor o menor según el porcentaje relativo de capital variable respecto del de capital fijo. Dicho de otra forma, cuantos más obreros y menos máquinas interviniesen en la producción mayor beneficio se obtenía y viceversa. De este principio Marx deducía su teoría de la crisis capitalista, más y más aguda conforme crece la acumulación de capital y caen los beneficios. Sin embargo, ya vimos que Marx se daba cuenta de que su fórmula no se veía respaldada por la realidad. En una huida hacia delante, calificó esta contradicción de "aparente" y prometió resolverla en el tercer volumen. Aunque Marx falleció sin publicarlo, Engels sí lo hizo a partir de su manuscrito. Como dice Böhm-Baweerk, la aparición de este volumen era esperada con cierta expectación en los círculos teóricos de todos los partidos, para ver como Marx se las iba a arreglar para resolver un problema que en el primer volumen ni siquiera había abordado. Pues bien, en el tercer volumen, Marx reconoce expresamente que en la realidad, gracias a la acción de la competencia, las tasas de ganancia del capital, cualquiera que sea su composición, se mueven sobre la base de un porcentaje igual de ganancia media. Marx dice: "En la vida real las mercancías no se cambian de acuerdo con sus valores (sic), sino con arreglo a sus precios de producción". Es decir, las mercancías equiparadas por medio del intercambio contienen real y normalmente cantidades desiguales de trabajo. ¿Cabe mayor retractación? La fórmula en el tercer volumen vuelve a ser la de los clásicos: capital constante + capital variable + tasa media de beneficio. Por tanto, aunque Marx no lo diga, carece ya de sentido la fantasmagórica distinción entre capital constante y variable. De igual modo, no queda sitio para el supuesto colapso debido a la excesiva acumulación de capital no rentable. ¿Y como justifica Marx tal contradicción? Simplemente la niega: Marx dice más o menos: "Es cierto que las distintas mercancías se cambian unas veces por más de su valor y otras veces por menos, pero estas divergencias se compensan o destruyen mutuamente, de tal modo que, tomadas todas las mercancías cambiadas en su conjunto, la suma de los precios pagados es siempre igual a la suma de sus valores. De este modo, si nos fijamos en la totalidad de las ramas de producción tenemos que la ley del valor se impone como 'tendencia dominante." La respuesta de Böhm-Bawerk merece ser reproducida con cierta extensión, pues nos da una idea de su brillantez intelectual: "¿Cuál es, en realidad, la función de la ley del valor? No creemos que pueda ser otra que la de explicar las relaciones de cambio observadas en la realidad. Se trata de saber por qué en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale veinte varas de lienzo, por qué diez libras de té valen media tonelada de hierro, etc. (…) Tan pronto como se toman todas las mercancías en su conjunto y se suman sus precios se prescinde forzosamente de la relación existente dentro de esa totalidad. Las diferencias relativas de los precios entre las distintas mercancías se compensan en la suma total. (…) Es exactamente lo mismo que si a quien preguntara con cuantos minutos o segundos de diferencia ha llegado a la meta el campeón de una carrera con respecto a los otros corredores se le contestara que todos los corredores juntos han empleado veinticinco minutos y treinta segundos. (…) Por ese mismo procedimiento podría comprobarse cualquier "ley", por absurda que fuera, por ejemplo, la "ley" de que los bienes se cambian de acuerdo a su peso específico. Pues aunque en realidad una libra de oro, como "mercancía suelta", no se cambia precisamente por una libra, sino por 40.000 libras de hierro, no cabe duda de que la suma de los precios que se pagan por una libra de oro y 40.000 libras de hierro tomadas en su conjunto, corresponden exactamente a 40.000 libras de hierro más una libra de oro. La suma de los precios de las 40.001 libras corresponderá pues, exactamente al peso total de 40.001 libras materializado en la suma de valor, por donde, según aquel razonamiento tautológico, podremos llegar a la conclusión de que el peso es la verdadera pauta con arreglo a la cual se regula la relación de cambio de los bienes. La realidad es la siguiente. Ante el problema del valor, los marxistas empiezan contestando con su ley del valor, consistente en que las mercancías se cambian en proporción al trabajo materializado en ellas. Pero más tarde revocan esta respuesta -abierta o solapadamente- en lo que se refiere al cambio de las mercancías sueltas, es decir, con respecto al único campo en que el problema del valor tiene un sentido, y sólo la mantienen en pie, en toda su pureza, respecto al producto nacional tomado en su conjunto, es decir con respecto a un terreno en el que aquel problema no tiene sentido alguno. Lo cual equivale a decir tanto como reconocer que, en lo tocante al verdadero problema del valor, la "ley del valor" es desmentida por los hechos." CONCLUSIÓN La refutación de Böhm-Bawerk a la teoría de la explotación constituye, como decía Rothbard, la vacuna que, por excelencia, inmuniza contra el marxismo. Sobre ella lanzaron los marxistas, primero sus más furibundos ataques, -en realidad contra su "lógica burguesa" ya que los argumentos son incontrovertibles -ahí están, expuestos a la vergüenza pública, los trabajos de Hilferding, Bujarin o Sweezy para quien quiera reír, por no llorar. Más adelante, simplemente la silenciaron. Ese silencio ha hecho posible, desgraciadamente, que cientos de millones de personas hayan sufrido y sigan sufriendo la opresión de tiranos comunistas que venden humo, engendran odio y fabrican miseria. Esperemos que este trabajo aporte su grano de arena para revertir esa tendencia. |
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| En tiempos de nuestro amigo el divino Marx, tan prodigioso emprendedor como brillante académico, el mundo era un poco diferente del actual. Por ejemplo, el sector servicios estaba poco desarrollado al vivir la clase media urbana con personal propio dentro de casa para muchas tareas; aquellas que se compraban en el exterior eran de autónomos o pequeños negocios familiares (forjadores, carpinteros, deshollinadores). El comercio minorista aún estaba atomizado sin que hubieran surgido las grandes compañías de distribución que hoy conocemos, el estado de transportes y comunicaciones no lo permitía.Las familias en muchos casos no compraban ropa, sábanas o cortinas sino telas que cortaban y confeccionaban ellos mismos,su servicio, o costureras autónomas. En la industria/energía, mucho menos orientada al cliente que hoy, se producían masivamente una serie de elementos que se pueden resumir en: -Carbón y sus gases derivados -Derivados del mineral de hierro -Publicaciones e impresiones, muy atomizada y de escala pequeña aunque creciente y poder emergente en las democracias (UK era una de ellas,la decana de hecho) -Textil del algodón (mayoritario) y lana, cueros y calzado.Escala grande y creciente. -Madera y mueble, aún muy artesanal, local y de pequeña escala. -Papel.Escala importante y creciente. -Material de transporte:barcos,carros y ferrocarriles ,gran escala -Material de construcción de vivienda,otra industria aún local y de mínima escala. -Química básica , gran escala -Derivada de la anterior, fábricas de detergentes,jabones,tintes y fertilizantes -Menaje y herramientas metálicas ,variada escala -Elementos de iluminación doméstica y urbana,escala creciente -Maquinaria para la industria química,siderúrgica textil y de transformados metálicos.Gran industria típica. En estas industrias, las que fascinaron a Marx,que vivía en el país que era su cuna, la estructura de personal (solamente en las que ya alcanzaban gran escala) era: -Obreros no cualificados, la inmensa mayoría, su reserva podía considerarse infinita dada la existencia de un enorme lumpen urbano con elevadas tasas de reproducción procedente de migraciones del campo. Sus tareas eran sencillas y se les podía pagar un mínimo de subsistencia no mucho mejor que un jornal del campo. -Capataces y mandos: obreros con un cierto plus salarial por su experiencia y responsabilidad, cobraban tanto en metálico como en ego, no se diferenciaban tampoco mucho por industria y, como los no cualificados, podían rotar fácilmente y además entre ambos segmentos había permeabilidad hacia arriba y hacia abajo. -Obreros cualificados:minoría necesaria, su coste podía determinarse por el tiempo medio en conseguir formar uno, en algunos casos eran críticos y poco reemplazables, pero los avances técnicos y educativos hacían que cada vez fuese más sencilla su formación. -Tecnoestructura: mínima con respecto a lo que conocemos actualmente, se componía de ingenieros/técnicos, directores, contables y personal de administración, con retribuciones en general estandarizadas salvo el caso de conocedores de procesos críticos para la empresa. Para cualquiera de las categorías anteriores y con el estado de la tecnología en esos tiempos, los salarios podían considerarse estándar con escasas desviaciones, solamente el ingeniero brillante o el obrero muy especializado arrojarían datos con gran fluctuación entre sectores e incluso dentro de un mismo sector. Recordemos, NO había radio, ni medios de masas salvo la prensa/panfletos, que en todo caso no se sostenían masivamente de la publicidad, las marcas eran algo todavía incipiente y aunque en UK leyes de propiedad intelectual hay desde antiguo, no tenían el I+D ni la propiedad intelectual el actual papel en la economía. Las innovaciones eran fácilmente imitadas, las patentes reventadas, podían descubrirse varios procesos casi igualmente eficientes para producir lo mismo, no se producía para el cliente (si no había ni teléfono!), sino para el almacén y luego se iba vendiendo el stock, las grandes crisis de la época eran de acumulación masiva de inventarios. En aquellas condiciones y en la mayor parte de sectores, y, sobre todo en UK, se podía considerar que el mercado estaba cerca de la competencia perfecta y los beneficios empresariales unitarios debían ser bastante homogéneos. El capital para formar cualquier empresa, aunque mucho para un individuo, era alcanzable juntando a unos cuantos socios o lanzando una suscripción fácil de cubrir, aún en los 1950 cuando el Reino Unido se planteó tener una fuerza de bombarderos de disuasión nuclear aparecieron tres aviones distintos, la RAF usó los tres (son los V-bombers, para mí de lo más bonito de la historia de la aviación) y todos ellos los fabricaban empresas que llevaban el nombre de su fundador,eso hoy es impensable. El sector financiero estaba ya en 1850 muy desarrollado gracias al poderío comercial británico y la explotación de las colonias, con lo que abundaba el ahorro dispuesto a cualquier emprendimiento mínimamente bien presentado que se planteara. Todo esto ha desaparecido en buena medida con las crecientes necesidades de capital en ciertos sectores (que acaban en oligopolios/monopolios regulados), la importancia crucial de un capital humano muy selecto y determinado en el I+D, las economías de red, los transportes globales a coste unitario ínfimo (esto ya veremos lo que dura, y de no hacerlo cambiará el mundo), las cadenas de producción deslocalizadas, la logística moderna, las marcas, patentes, publicidad, franquicias y otras formas novedosas de explotación de marca, el diseño, la producción (semi)individualizada de bienes y servicios, etc. Ahora se pueden vender productos sin soporte físico ni necesidad de acarreo, las facilidades para reproducirlos desconciertan a los economistas y en España, por ejemplo, han dado lugar a que un lobby llamado SGAE haya conseguido cobrar coactivamente con complicidad estatal el primer impuesto privado en siglos. Todo esto Marx no habría podido imaginarlo, y desde luego nunca analizarlo coherentemente. Lo que hicieron los intérpretes de Marx en la URSS fue crear un sistema productivo caótico, desestructurado, con incentivos distorsionadores y tintes decimonónicos en la gestión de la producción y logística (producir para almacén,vaya, y sin calidad). Última edición por psycho; 21-ago-2008 a las 22:37 |
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| No es tan difícil de entender el concepto básico de explotación de la fuerza de trabajo asalariada. E intentar marear la perdiz saliéndose por la tangente, rehuyendo del concepto básico y perfectamente definido de la valorización del capital inicial a través del trabajo humano, es una tomadura de pelo. Repetimos, e intentemos leer y no hablar por hablar. El concepto de "explotación del trabajo ajeno" (y por deriva, del propio, en el caso de un autónomo; pero centrémonos en el ajeno, ya que es el mayoritario, el que caracteriza al modo de producción capitalista) es más o menos sencillo de asimilar (sí sí, me refiero al concepto de explotación, no a la imagen estereotipada producto del adoctrinamiento y la ignorancia que puedan padecer algunos al respecto): -la empresa privada se caracteriza por ser posesión de un propietario (o propietarios), y por tener trabajando en ella a un grupo variable de sujetos, que emplean su fuerza de trabajo a cambio de un salario que le paga el propietario del medio de producción. Bien, un par de detalles que añadir, más bien anecdóticos, pero ilustrativos del concepto general de "explotación del trabajo": el propietario puede ser un loco, un bebé, o un analfabeto que pasa la vida en un yate apostado bajo el sol del Mediterráneo ojeando de vez en cuando el crecimiento que pueda experimentar la cuenta bancaria. Esto es: no confundir a un alto ejecutivo, que a pesar de su posible alto salario es un asalariado que puede recibir una patadita donde duele cuando al propietario le plazca e ir a la cola del paro, con el propietario del medio de producción (de la empresa). ¿Cuál es el funcionamiento, el esquema básico operativo de una empresa privada? El siguiente: D-M(MP, FT)....P....M´-D´ siendo: D=precio pagado por la mercancía inicial M= mercancía inicial ( comprada con D, y compuesta por MP-> medio de producción, y FT-> fuerza de trabajo) P=proceso productivo M´=mercancía final D´=precio final (el pagado por la mercancía objeto de venta por la empresa, osea, el pagado por M´); y teniendo en cuenta el principio de intercambio de equivalentes (en cada transacción mercantil se intercambian cantidades iguales de valor entre las dos partes) queda que: D=M y D´=M´ Es decir, el capitalista paga un precio inicial a cambio de medios de producción y fuerza de trabajo (el salario de los asalariados). Posteriormente se aplica el proceso productivo por los trabajdores de la empresa. Y finalmente la mercancía generada (aquella resultado del trabajo aplicado por el trabajador sobre la mercancía inicial) se vende por un precio D´. Lógicamente, el beneficio de la empresa sale de la diferencia entre D y D´. Ahora bien, teniendo en cuenta que M se intercambió en un principio (se compró) por D, y finalmente M´se ha intercambiado por D´(siendo D´>D ), ¿de dónde ha podido salir ese incremento de valor? Dividiendo el esquema inicial en tres partes: M-D / P / M´-D´ vemos que el incremento sólo ha podido suceder en P (proceso productivo). ¿Y quién realiza P? El trabajador. Es decir, sólo el trabajo añade valor. Sólo hay una mercancía capaz de añadir más valor cuando se consume del que se pagó en origen por ella: la fuerza de trabajo. Por eso también se dice que la ganancia del capitalista proviene de la parte del salario que no paga a los obreros (el plusvalor: esa diferencia entre el valor que añaden con su trabajo a la mercancía inicial y el que reciben por ello, expresado en dinero, que es menor) Esta es la esencia de la empresa privada y de la explotación capitalista. No se puede ocultar, ni maquillar, ni tergiversar algo autónomo y perfectamente definido como es el proceso de valorización del capital. Sólo se le añade a través del proceso productivo. Y el proceso productivo sólo lo desempeña el trabajo humano consciente. Que el capitalista pague antes o después, se "arriesgue" o no (que deje el dinerito en casa debajo del colchón si no quiere arriesgarse, aunque no hablamos de esto tampoco), todo esto, no anula ni contradice ese hecho principal y básico: el incremento de valor procede del trabajo humano, del proceso de transformación de la mercancía inicial. Esto es así sea el empresario inmensamente rico, sea un currito venido a pequeño-burgués a través de un crédito pedido al banco o a través de una herencia. Sea gracioso, majo, alto, bajo, gordo o pelirrojo. Y lo que se analiza aquí es la dinámica del sistema en su conjunto, las consecuencias que este sistema tiene o impone a sus clases en líneas generales; de dónde procede la ganancia capitalista sea cual sea el tamaño de la empresa. Es decir, de dónde viene la plusvalía por propia definición, invariablemente. El valor sólo se añade a través del trabajo humano consciente que se desarrolla en el tiempo (nos referimos a la producción real, claro, a los bienes materiales, no a la alquimia financiera especulativa que se superpone sobre la base material real; esta última es la que en última instancia determina la vida y muerte de la otra).
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| El valor sólo lo genera el trabajo humano. ¿Que lo va a generar si no? ¿Crece en los árboles? No. Lo que hay en la naturaleza es riqueza. Pero el valor sólo lo puede añadir el trabajo humano. ¿O acaso la riqueza se trabaja a sí misma? ¿Sacan las naranjas unos bracitos y unas patitas y se ponene a andar hacia el punto de venta? ¿Los ingredientes de una comida se mezclan ellos sólos? ¿El campo se ara solo? Toda utilidad que se le pueda sacar a la riqueza proviene del trabajo humano, de su extracción consciente. El capitalista sólo cumple una función parasitaria (que no obstante, sirvió para desarrollar las fuerzas productivas en el pasado, siendo hoy su mera existencia un freno para el progreso). Ojo, no confundir con el ejecutivo, que es también un asalariado, a pesar de que pueda tener un alto sueldo. Pero los ejecutivos son despedidos a patadas cuando el capitalista quiere. No se trata de todos modos de calificar la persona del capitalista, sino de definir la naturaleza y modus operandi del sistema capitalista. Un sistema que se define por la existencia de una minoría poseedora de medios de producción, una mayoría que vende a los capitalistas su fuerza de trabajo para poder subsistir (una vez completada la desocupación del campo por la ciudad, proceso natural de la maduración del capitalismo global), y a su vez lo anterior, como resultado inevitable de la concentración de capital en los principales sectores (también proceso natural del capitalismo) que determina la competencia en el mercado y por ende la lucha por la supervivencia y existencia del pequeño capital, así como una mayoría de asalariados (cuando no en paro).
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| 03/05/2008 - Berta García Faet La teoría del intercambio desigual Los liberales tenemos muy interiorizado el hecho de que la pobreza es el estado natural del hombre y que, por lo tanto, es la riqueza lo que hay que explicar en la problemática de la desigualdad mundial. Si la riqueza sólo puede surgir partiendo del libre ejercicio de la función empresarial, buena parte de la pobreza que persiste –aunque no toda: también habrá que tener en cuenta las estructuras de incentivos culturales, familiares, etc.– se explicará por las restricciones a la libertad individual, sobre todo en un análisis entre países. Pero las teorías de la desigualdad mundial que manejan las élites intelectuales de hoy en día nada tienen que ver con este punto de partida liberal, y las prescripciones que propugnan suelen ser netamente liberticidas. Sólo sus nombres ya nos advierten de que es el viejo marxismo el que inspira sus bases: las tres teorías fundamentales son la del intercambio desigual, la de la pauperización y la del desarrollo del subdesarrollo. Estas tres teorías comparten algunas características, tal vez las más imperdonables: las tres, aunque en general estén en boca de cualquiera (incluida la parte más ruidosa de los movimientos antiglobalización), son patrocinadas por autores de renombre, economistas y sociólogos que las revisten de un halo supuestamente científico; las tres culpan del subdesarrollo, en última instancia, a Occidente; las tres giran, como es natural siendo las tres concreciones de los deslavazados y abstractos argumentos marxistas clásicos, en torno al núcleo del valor-trabajo. En este artículo nos centraremos en la teoría del intercambio desigual, también enunciada en ocasiones mediante la dicotomía centro-periferia; puede entenderse como un intento de revalorizar las exportaciones del Tercer Mundo a toda costa y desde fuera de la relación comercial: desde los despachos de gurús de la izquierda como Arghieri Enmanuel, Christian Palloix y, el más prestigioso de todos, Samir Amin. Esta teoría se define en negativo: si el precio normal y justo de una mercancía es "aquél que permite que todos los factores productivos que participan en cualquier parte del mundo en su producción sean remunerados al mismo nivel", el precio anormal e injusto es precisamente lo contrario, porque implica necesariamente remuneraciones dispares (el argumento de las diferentes productividades sólo lo admiten en parte). Constatando empíricamente que los precios, sobre todo en el caso de las materias primas, son muy distintos según en la parte del mundo en la que nos hallemos, estos autores proponen la "hipótesis del drenaje del excedente" (formulada por Enmanuel pero adoptada con distintas expresiones por toda la corriente en general): se produce una "transferencia de excedente" del Sur al Norte que frena el desarrollo económico de la periferia exacerbando el desfase de renta respecto al centro. Es más, el desarrollo industrial local (el de las múltiples periferias) no es factible, porque la dependencia de los centros trunca la posibilidad de modernidad universal (y en este sentido, la deslocalización son "únicamente enclaves aislados y dirigidos" que en modo alguno invalidan la tesis cardinal). Esto supone negar la verdad básica de que el mercado internacional es interdependiente e implica, adicionalmente, que el verdadero desarrollo se concentra en unos pocos puntos del planeta, afirmación que no es más que una versión rejuvenecida del rancio "capitalismo como imperialismo y expansión de monopolios" de Lenin. En palabras de Enmanuel, "la miseria del Tercer Mundo subvenciona el buen vivir del Norte". Esta teoría, además de contradecir la evidencia empírica, adolece de fallos económicos muy graves y es, en definitiva, pura palabrería y autoflagelación gratuita. Cae en los tópicos más sonados de la antiglobalización: el capitalismo genera monopolios y acaparamiento, la competencia empresarial es igual de conflictual y predatoria que la biológica, en el intercambio hay ganadores y perdedores, etc. La herencia neoclásica y marxista es evidente en la centralidad del valor-trabajo y todas sus implicaciones, y de hecho se explicita en varias ocasiones. Así, según Enmanuel, parafraseando casi milimétricamente a David Ricardo, expone: "el equilibrio sólo quedaría asegurado si las mercancías se cambiasen en proporción a la duración del trabajo para producirlas". Ignora, por supuesto, el papel de los precios y del dinero; ignora que el trabajo no puede ser una medida intersubjetiva de valor en tanto que es heterogéneo, inasible, sólo significa algo cuando se le pone un precio y, por lo demás, numerosos recursos de la naturaleza no incorporan trabajo. No existe esa mística medida de valor objetiva, universal y atemporal, ni tampoco la plusvalía marxista, porque los precios son relaciones históricas de intercambio, y el intercambio no se produce en un entorno de libertad si no beneficia a las dos partes: violaría el principio de la básica racionalidad de los seres humanos. Sin embargo, la teoría del intercambio desigual se empeña en considerar el comercio como un juego de suma cero, en el que los países subdesarrollados participan resignados, considerando su aportación en posición asimétrica como "mal menor" (el mal mayor sería la exclusión del sistema). Obviamente, esta afirmación se contradice abiertamente con su crítica furibunda –único punto en el que hay acuerdo con los liberales– a las restricciones institucionales, especialmente de la Unión Europea, con su Sistema de Preferencias Generalizadas, sus restricciones a la importación y sus medidas antidumping. Si es injusto que los salarios en Europa y Asia sean distintos, ¿para qué liberalizar el mercado y suprimir los salarios mínimos y las demás restricciones? Tenemos motivos para creer que lo que realmente amparan estos teóricos no es la supresión de barreras institucionales sino, por el contrario, la uniformización de las mismas por todo el globo. Esto es, la extensión mundial de los "derechos laborales" que ya propugnan los teóricos de las generaciones tercera y cuarta de los Derechos Humanos y que supuestamente protegen al trabajador de las violentas presiones de los capitalistas: si aceptan un salario más bajo de lo políticamente correcto, no es porque quieren sino porque los han obligado. ¿La razón? "En el marco de una economía de competencia pura la remuneración de trabajo y la utilidad del capital no son fijadas por un acto voluntario, sino por el mercado." Por otra parte, podemos apreciar el enorme mal que ha hecho a la economía la teoría neoclásica de la competencia perfecta en afirmaciones terroríficas como ésta, consecuencia sin duda de la anterior: "la tasa de ganancia de equilibrio que constituye el eje de oscilación de la tasa de ganancia real, debe ser la misma en todas las ramas, porque toda la diferencia de tasa de ganancia real, al provocar movimientos de capital hacia una ganancia mayor, tiende a restablecer el equilibrio". La competencia y la reinversión no existen: la eficiencia en la asignación de recursos no es dinámica sino estática, pasiva y fantasmagórica. Para que una tasa de ganancia sea creciente, es necesario introducir continuas mejoras e innovaciones, lo que beneficia a todo el colectivo de consumidores, fenómenos que es perfectamente viable y que ignoran estos teóricos al no introducir en ningún momento la variable de la función empresarial. Un intercambio sólo puede ser "desigual" si lo analizamos desde los paradigmas neoclásicos; así, excepto en los casos de "competencia perfecta", los excedentes del consumidor y del productor son siempre dispares. No es casualidad que Marx en su momento y los estos teóricos hoy hayan recurrido ad hoc al valor-trabajo para justificar sus teorías de la explotación: todo puede cuadrar, incluso matemáticamente, si nos inventamos que el valor es común y objetivo. Una teoría que desconoce los mecanismos básicos del mercado, la naturaleza de los precios y la competencia, la razón de la división del trabajo, de las ventajas comparativas y del mercado internacional, no merece estar en las tribunas de conocimiento dictando instrucciones y propagando quejas contraproducentes. Imaginemos cuál sería la reacción del Tercer Mundo si, al elevarse sus salarios artificial y coactivamente hasta el nivel europeo, las empresas decidieran no deslocalizarse allí donde los gobiernos nacionales supusieran un riesgo: seguramente no les sentaría muy bien. Porque los implicados en las relaciones comerciales comprenden perfectamente que un intercambio nunca puede ser desigual si es libre y los factores productivos nunca pueden remunerarse exactamente igual porque son distintos, tanto ellos mismos en sí como sus contextos institucionales. De ser iguales, las multinacionales nunca se habrían trasladado a los países en vías de desarrollo, nunca habrían pagado esos salarios sensiblemente superiores a los de las industrias locales y nunca, por poner sólo dos ejemplos, podrían haber surgido los impresionantes Bangalore y Dharavi. Viendo sus progresos, rodeados como están de miseria, la tesis de la desconexión de Samir Amin (que, justificada en el intercambio desigual, predica la necesidad de los países pobres de "desengancharse" del sistema capitalista) no puede resultar más ridícula. |
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| 17/12/2007 - Juan Ramón Rallo La pobreza socialista El Observatorio de Coyuntura Económica continúa su labor analítica y divulgativa con un informe complementario al magnífico estudio que el Instituto Juan de Mariana publicó el año pasado Una sociedad de propietarios: el camino de los ciudadanos hacia la independencia financiera. Los resultados del informe no dejan de ser sorprendentes: en tan sólo quince años un español medio habría acumulado un patrimonio adicional de 245.000 euros, lo que le permitiría gozar de una pensión mensual de 1.500 euros. Si el trabajador decidiera prolongar su vida laboral 15 años más, la proyección del informe eleva el patrimonio a casi un millón de euros y la renta mensual a 6.000, en ambos casos descontando la inflación. Comparado con las pensiones actuales, podemos comprender cuánto ha llegado a pauperizarnos el Estado y su sistema fraudulento de seguridad social. Las generaciones futuras vivirán incomparablemente peor de lo que habrían podido vivir si no se hubiera colectivizado el sistema de jubilación. Los resultados del informe también sirven para poner de manifiesto, una vez más, cómo el marxismo no es más que un camelo intelectual destinado a tomar el poder político y esclavizar a la sociedad. No es cierto, como aseveran los socialistas, que los intereses del capital y del trabajo resulten irreconciliables y enfrentados. Precisamente en el informe comprobamos cómo los trabajadores pueden invertir parte de sus salarios y convertirse en capitalistas. Pero esto no significa que estos trabajadores pasen de explotados a explotadores; con su inversión no están constituyendo instrumentos para extraer de manera más eficiente la plusvalía al resto de los trabajadores. Al contrario, el ahorro de parte de la riqueza que produjeron y que recibieron en forma de salarios permite emprender proyectos más productivos que elevarán aun más el nivel de vida del resto de individuos. El proceso de ahorro, selección de proyectos y provisión de capital es tan esencial para el funcionamiento de la economía –tan excepcional y explosivo– que en pocos años el antiguo trabajador puede retirarse a consumir una porción de toda la riqueza que ha contribuido a generar. Confundir este proceso con una supuesta explotación sólo denota un profundo desconocimiento de la sociedad. Si el trabajador se hubiera dedicado 50 años a producir manzanas, a atesorarlas (suponiendo que no se pudrieran) y a jubilarse al cabo de esos 50 años con las manzanas ahorradas, nadie en su sano juicio le acusaría de estar explotando a nadie. El ahorro y la inversión de parte de las rentas percibidas es similar al proceso anterior, pero con una diferencia fundamental. En lugar de tener paralizados los recursos durante 50 años, se movilizan para crear nueva riqueza (por ejemplo plantar nuevos manzanos) que a su vez se utilizará en el futuro para generar aun más riqueza. Este es el proceso de capitalización continua que permite el interés compuesto y que los socialistas no terminan de entender. Fruto de esta profunda ignorancia erigen teorías redistributivas varias (que van desde la nacionalización de los "medios de producción" hasta la institución de una "renta vital") por las que pretenden acabar con las rentas del capital y convertirlas en rentas del trabajo. La idea es del todo descabellada porque supone destruir, ya sea de manera gradual o brusca, los proyectos –y el proceso de creación de proyectos– que permiten crear la riqueza que los propios trabajadores demandan. No sólo es un freno al progreso, es una caída directa hacia el primitivismo social. Pero al mismo tiempo, como se puede comprobar en el informe, nada hay más contrario a los intereses de los trabajadores que cerrarles cualquier posibilidad de adquirir en el futuro las llamadas rentas del capital. En una sociedad, como la socialista, donde el Estado es el único empleador y donde ese mismo Estado impide la constitución de un patrimonio propio del que poder vivir, los trabajadores se convierten en esclavos perpetuos del poder político. El sometimiento y la heteronomía son absolutos. Conviene, por consiguiente, rechazar cualquier tipo de regulación redistributiva y basada en teorías clasistas infundadas: siendo generosos, sus proyectos no son más que una muy mala imitación de las oportunidades que ofrece la sociedad de propietarios, pero mucho más limitadas y, sobre todo, destructoras de riqueza. Ni el socialismo real, ni la seguridad social, ni la renta vital son alternativas rigurosas frente a la constitución de patrimonios privados que permite el capitalismo. Las propuestas socialistas no consiguen mejorar el bienestar de la sociedad ni de sus estratos menos favorecidos. Sus errores intelectuales están bloqueando un revolucionario proceso de creación de riqueza para todos los individuos. Es hora de repetirlo hasta la saciedad. |
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