Carreras de listos. A eso hemos asistido los españoles en los últimos años. Porque una carrera de listos era la que corrían los bancos, tratando de conseguir un récord en la concesión de créditos. No importaban ni las garantías ni el riesgo asumido. El objetivo era dar, dar y dar más dinero. ¿Para qué? Para que los promotores inmobiliarios, muchos recién llegados al negocio, se embarcasen en otra competición, también de listos, hasta ver quién era el mas hábil, el que compraba más suelo, sin importar el precio. Y así promover el mayor número de viviendas posibles: 50, 100, 500 o ¡¡¡1.500!!! en una misma urbanización. ¿Para qué? Para lanzar al ciudadano a una maratón de adquisición de vivienda: 20, 30, 40 o 80 millones de pesetas; nada era excesivo.
La espiral funcionó unos años: beneficios multimillonarios para el sector financiero y constructor, y satisfacción a raudales para los nuevos dueños de adosados, pareados y apartamentos. Pero la olimpiada constructora ha llegado a su fin y algunos de aquellos listos quieren demostrar que lo siguen siendo. ¿Por qué, si no, la banca se ha atrevido a pedir que el Gobierno vacíe la caja de la Seguridad Social para ayudarles? ¿Por qué, si no, las inmobiliarias y constructoras, con Martinsa-Fadesa como máximo exponente, le piden al Ejecutivo que les eche una mano? Guardan a buen recaudo los miles de millones ganados en los últimos años mientras usan como argumento (y amenaza) el daño que puede sufrir el empleo de miles de españoles.
Y la cuerda amenaza con romperse por la parte más débil, la de aquellos que corren una carrera de fondo: 40 años de hipoteca, una cuota que les impide llegar a final de mes en números negros y un puesto de trabajo en riesgo. Y a lo peor, incluso ven cómo el Gobierno acaba cediendo a la presión y rebuscando en el fondo de sus arcas para dedicar parte de los impuestos de los ciudadanos a ayudar a los más listos de la fila.
También me gustó el comentario de hoy de Fernando Ónega:
El disgusto del lunes
Un viejo cuento británico, que trata de reflejar la flema de los ingleses, narra la historia de un lord que se iba de fin de semana. Cuando había cargado su coche, miró hacia atrás y contempló un incendio: era su mansión. Al ver que las llamas eran indomables, se subió al vehículo, arrancó, volvió a mirar hacia atrás y se dijo: «¡Qué disgusto me voy a llevar el lunes!».
Algo así nos ocurre a los españoles. Ayer, siguiendo la costumbre de los últimos meses, las noticias caían sobre nosotros como incendios. Comenzaron por la Encuesta de Población Activa, que nos dijo que en el segundo trimestre del año, doscientos mil ciudadanos, dos mil diarios, habían perdido su empleo. Llegó después el Consejo de Ministros y lo rebajó todo: este año creceremos mucho menos de lo previsto, y el año que viene todavía menos. Sin embargo, la Dirección General de Tráfico comunicó que en este puente de Santiago (para muchos comienzo de vacaciones) se producirían seis millones de desplazamientos por carretera. A mediodía asistí a un almuerzo con economistas y hacían este diagnóstico: todos los productos de grandes superficies y supermercados están perdiendo ventas. El único sector que se salva es el de agencias de viajes. Me he quedado preguntando si empezamos a ser como el lord inglés.
El español, como es natural, ve el incendio. Sus reflexiones son más o menos las siguientes: la crisis es importante, pero el descanso es sagrado; podré sacrificarme yo, pero no tengo por qué sacrificar a mis hijos; los zapatos del año pasado todavía aguantan un año más, pero las vacaciones no pueden esperar; no puedo ir al apartamento de los últimos veraneos ni al hotel que tenía reservado, pero unos días en mi pueblo son el mejor método de descanso? Y así asistimos al contrasentido de una grave situación económica, pero el ciudadano parece empeñarse en llevar el mismo nivel de vida.
Quizá esa sea la diferencia de percepción que existe entre Rajoy y Zapatero, y que hizo imposible un acuerdo sobre economía en su reunión del miércoles. Es que Mariano Rajoy mira las estadísticas contundentes que hablan de pérdida de empleo o de caída de la confianza ante el futuro de la economía, y Rodríguez Zapatero se asoma a la ventana del palacio de la Moncloa y observa cómo la carretera de A Coruña se llena de contribuyentes aparentemente felices que escapan del asfalto de la ciudad. ¿Cómo se puede hablar de crisis, pensará el presidente, con esa riada de coches y de viajeros a quienes no importa ni el precio de la gasolina?
Entre ambas visiones, lo cierto quizá sea que España se está llenando de ciudadanos que han decidido dejar el disgusto para el lunes. Han establecido su orden de prioridades y han decidido disfrutar lo inmediato, siguiendo la consigna de los sabios romanos: «Vive el momento». Prescinde de lo que sea, déjate de lujos y ostentaciones, pero vive el momento.
Por eso el sector turístico se está salvando entre la debacle general. Por eso hay zonas de España de plena ocupación hotelera. Y por eso los pueblos viven una insólita vitalidad, como lugares de acogida de los que vuelven aparentando morriña.
El lunes del cuento británico quizá sea, Dios no lo quiera, el mes de septiembre.
Brillante reflexión del Ónega.
Lo que está sucediendo me evoca la actitud del enfermo terminal: sabe que su destino es inexorable, pero trata de llevar una vida lo más normal posible mientras le queden fuerzas para ello.
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"¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?"
Aldous Huxley.
Yo lo que veo es que la mayoría de la gente a mi alrededor no es que se haga el longui y se vaya de vacaciones, sino que es que no saben lo que está ocurriendo.
El gobierno que tenemos y la televisión no ayudan en nada a informarles.
"Predigo la felicidad para los americanos si pueden prevenir que el gobierno desperdicie los esfuerzos de la gente bajo el pretexto
de cuidar de ellos."
Thomas Jefferson
Yo lo que veo es que la mayoría de la gente a mi alrededor no es que se haga el longui y se vaya de vacaciones, sino que es que no saben lo que está ocurriendo.
El gobierno que tenemos y la televisión no ayudan en nada a informarles.
Muy cierto,una cosa es hablar de crisis y otra,sentirla como algo real.Me temo que hay muchos millones de españoles que aun no son conscientes de la situación.
De esos millones,algunos no se enterarán nunca de la crisis,pero un buen numero si que tendrá problemas con el devenir de los meses.
Preveo un otoño y un invierno bastante duros para mucha gente que vive en la ignorancia.
Toquemos madera.