SE ofrece Nobel de Economía a quien sea capaz de explicarnos a los ignorantes dónde se sitúa el triángulo de las Bermudas en el que caen las magníficas cifras macroeconómicas antes de llegar al terreno de la microeconomía, que es el terreno que pisamos los mortales que no salimos en la revista Forbes.
En ese camino de la ceca a la meca, o de la macro a la micro, existen más agujeros negros que en todo el espacio celeste, y además actúan con mayor voracidad: todo lo que pasa por su lado lo absorbe sin remedio, lo engulle y lo asimila.
Escuchando el otro día al presidente Zapatero su verborreica exposición del buen tono económico de España muchos echamos en falta una referencia a la naturaleza de ese monstruo de las galletas que se las come todas antes de que podamos acercarlas al café con leche.
El PIB crece a un ritmo alegre y despreocupado; la tasa de desempleo es como para prender un castillo de fuegos artificiales (y la de Segovia aún mejor, rozando ese canallesco término de paro técnico); la inversión en bienes de equipo se ha elevado de manera impresionante; y las cuentas públicas coleccionan superávit como antes acumulábamos cromos de futbolistas.
A pesar de tanta flor, sin embargo, la vida diaria de los ciudadanos no parece encajar en este retrato. Un ejemplo de la distancia entre la política y la práctica económica es el euro. La moneda única, dicen, ha aportado estabilidad, rigor, prestigio y no sé cuántos valores más, pero a los consumidores su irrupción nos ha triturado.
Desde enero de 2002 a enero de 2007, la cesta de la compra en la provincia de Segovia ha subido un 16,1%, lo que ha dejado temblando las carteras de la clase baja. Las de la media-baja y media-media tiritan sobre todo por la escalada del precio de la vivienda y ahora por los incrementos en los tipos.
De nada de eso se habló en el debate sobre el Estado de la Nación y tampoco es que los medios hagamos demasiado caso a la cotidianidad.
Eso sí, las páginas salmón están repletas, efectivamente, de cuantiosos beneficios de las grandes empresas, juegos de fusiones y compras entre bancos franquiciados y demás entretenimientos de la macroeconomía que va tan bien y se muestra tan saludable.
¿Cuánto cuesta ahora ir al cine con la familia y tomarse después un piscolabis? ¿Y unas modestas vacaciones en la costa, sin pretensiones de spa y lo más alejado posible del todo incluido?
Se habla de los mileuristas como una capa de trabajadores asfixiados por las pesadillas de fin de mes, pero por debajo de ese estrato hay nóminas cortas de tres cifras que ni cine, ni cena ni rebajas.
A mí me da la sensación de que las economías domésticas no están para muchos trotes, a pesar de que aún las apariencias engañen.
Da pudor reconocer que el ahorro destinado este año a alquilar el apartamento en la playa se lo ha comido la cuota de la hipoteca, pero en muchos hogares la cuestión está planteada.
Y siempre está el recurso de empantanarse en créditos para lucir coche, comprarse ropa y que los niños vayan impecables.
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HIPOTECAS BARATAS - OCASO INMOBILIARIO 2008 - EXPLOSIÓN DE LA MOROSIDAD 2009