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Desde el comienzo de la crisis financiera en 2008, las razones esgrimidas para dar sentido a tan súbita debacle económica han sido tan numerosas como heterogéneas. Si bien se ha alegado de forma recurrente que la ciudadanía española ha vivido por encima de sus posibilidades, o que el gasto social del Estado ha desembocado en un déficit público excesivo que ahora es necesario revertir mediante contención y austeridad; lo cierto es que las causas ulteriores de la crisis van más allá de ese estado de histeria consumista experimentado en los años de bonanza.

Fundamentalmente, porque esa realidad que configuró la famosa burbuja inmobiliaria fue inducida por una serie de actores interesados en invertir en un país que ofrecía una gran rentabilidad. Bancos alemanes y franceses principalmente destinaron ingentes cantidades de dinero al negocio del ladrillo español y otras economías periféricas de la Eurozona como Portugal, Italia o Grecia. En el caso alemán, la concentración de capital en el sistema financiero del país, fruto del papel preponderante desempeñado en la nueva Unión Europea tras su reunificación, posibilitó la inversión masiva en otros mercados en lugar de que ésta revirtiera en el desarrollo de la economía nacional y, concretamente, en el aumento del gasto público y la subida de los salarios.

Se trataba, así pues, de una estrategia especulativa legitimada por el Banco Central Europeo, el cual facilitó la emisión de tipos de interés extremadamente bajos, y el gobierno socialdemócrata de Gerhard Schroeder, contagiado por la doctrina neoliberal que la banca germana había instituido como dogma irrenunciable. Al fin y al cabo, tenían todos los mecanismos necesarios para obtener beneficios incalculables; atractivos mercados del sur para explotar con los que compartían una moneda común e incluso un Banco Central controlado por el Bundesbank. Pues no debemos olvidar que el BCE es una institución al servicio de la banca alemana cuyo origen se encuentra en la concesión a Alemania realizada por el resto de países europeos a cambio de que ésta abandonara su moneda (el marco) y entrase a formar parte de la UE. Ello explica, por otro lado, la razón por la que el BCE continúa negándose a comprar deuda de los países en crisis, tal y como dicta sus funciones.

Así pues, nos encontramos con que los bancos alemanes (y del centro de Europa en su conjunto) invirtieron grandes sumas de dinero en España y el resto de la periferia del continente, ya fuese a través de la compra de deuda soberana o de activos financieros vinculados al negocio inmobiliario, en el caso español. De este modo, según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS en sus siglas en inglés), los bancos alemanes tenían prestados más de 700.000 millones de dólares en Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España a finales del año 2009. Por su parte, las grandes entidades francesas (BNP Paribas y Credit Agricole) contaban con casi 500.000 millones en inversiones en el sur de Europa.

Sin duda, se trataba de un negocio especialmente lucrativo, sobre todo en lo que al sector inmobiliario se refiere. En España, la desregulación del sistema de hipotecas había permitido que los bancos concedieran préstamos a 30 ó 50 años sin apenas comprobar que el cliente estuviese en condiciones de devolver ese dinero. Una vez que la ciudadanía tenía posibilidad de acceder a la financiación, aunque fuese a cambio de estar pagando el préstamo toda una vida con grandes intereses acumulados, el siguiente paso era elevar artificialmente los precios de los inmuebles de forma desorbitada, disparando la especulación, las corrupciones urbanísticas y los beneficios de los grandes interesados del negocio; bancos, constructores y políticos.

Sin embargo, salpicada por las consecuencias de la hecatombe financiera en Estados Unidos producto de las hipotecas subprime, la banca del centro de Europa cesó el flujo de capital hacia el sur de forma inmediata. La burbuja explotó de un día para otro. Es entonces cuando, tras meses de desconcierto y una irresponsable actitud negacionista por parte del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, el déficit público comenzó a escalar (cuando meses antes se hablaba de superávit), las entidades bancarias cortaron el crédito, las empresas se declararon insolventes y millones de personas engrosaron las estadísticas de desempleados.

Una historia que, desafortunadamente, no acaba aquí. Pues la deuda española que compró masivamente Alemania, así como los préstamos que ahora las familias y empresas no podían pagar, debían ser devueltos a los acreedores, quienes comenzaron a inquietarse por las dudas sembradas en torno a nuestra economía. Como en un efecto dominó, los países periféricos europeos empezaron a caer en la insolvencia. Las prácticas fraudulentas desarrolladas durante años por los bancos de estas naciones (en complacencia con sus socios del Centro), así como la corrupción endémica en las administraciones públicas, salieron a la luz y sirvieron de excusa idónea para que los especuladores del mercado financiero dinamitaran la poca credibilidad que aún detentaban nuestras economías. Lo que un día fue abundancia, pingües beneficios y capitalismo salvaje en todo su esplendor, ahora era la muestra evidente de un Sur plagado de vagos, maleantes, ignorantes y corruptos, unos PIGS que habían gastado todo el dinero que tenían, curiosamente el que alemanes y franceses habían prestado.

Sin embargo, no nos habíamos gastado todo el dinero (aunque tampoco se pusieron grandes trabas para impedirlo). El súbito y desmedido crecimiento del déficit público del Estado no se puede explicar por los efectos de un gasto descontrolado, sino por la paralización de los ingresos debido a las dificultades de acceso a la financiación en los mercados internacionales y el colapso del sector productivo. La deuda pública española se sitúa en 600.000 millones de euros, una cifra que en porcentaje de PIB se encuentra veinte puntos porcentuales por debajo de la media europea. Antes de 2008, España había pedido prestado el equivalente al 36% de su PIB, mientras que Bélgica lo había hecho en un 84%, y Alemania y Francia en un 65%.

El problema reside en una deuda privada que no ha dejado de crecer en los últimos años y que engloba desde la familia que no puede pagar su casa (y es desahuciada por ello), hasta el empresario que tiene que cerrar porque no tiene dinero para hacer frente a los acreedores, hasta los bancos y cajas de ahorro que deben astronómicas cantidades de dinero al BCE y otros bancos, principalmente alemanes y franceses. Así pues, si el crédito no fluye, la actividad productiva se congela y la generación de riqueza se antoja insuficiente para equilibrar la balanza de pagos del estado. Ahondar en las políticas de ajuste para lograr ese equilibrio, recortando derechos sociales y contrayendo aún más la inversión pública y privada es, de este modo, una salida al problema profundamente ineficaz, en la medida en que la generación de riqueza irá disminuyendo al mismo ritmo perpetuando el bucle deficitario.

En esta coyuntura, surge el concepto del rescate. Este, aunque muchos lo entiendan como un balón de oxígeno para la economía nacional, no es más que un pago condicionado a los acreedores. Los 100.000 millones de euros prestados a España para, supuestamente, ‘recapitalizar’ el sistema bancario, ha sido más bien una línea de crédito para que las entidades españolas devuelvan parte de las deudas contraídas con los bancos alemanes. Peter Böfinger, asesor económico del gobierno alemán lo ha expresado de forma clara: “los rescates no son en primera instancia problemas de los países sino de nuestros bancos, que tienen su dinero allí”. De hecho, si este rescate no se hubiese producido, el sistema bancario alemán se habría colapsado por el mero hecho de que han prestado más dinero del que tenían. Los 700 billones de euros invertidos en la Europa del Sur tienen que regresar a las manos de sus dueños, cueste lo que cueste. Ya han recuperado gran parte de ese dinero (según el BIS aún quedan 323 billones), fundamentalmente en Grecia, donde el riesgo del impago era más notorio, por lo que la salida del país heleno del euro ya no es un inconveniente mayor (hace dos años hubiese sido una catástrofe para Alemania y el resto de la UE).

Por ello, ahora es España el gran problema para la estabilidad de la UE o, lo que es lo mismo, para los intereses de la banca del centro del continente, pues es aquí donde se concentran 113 billones de euros en bancos, empresas y gobiernos. Y ante el constante acoso de los mercados, que siguen dinamitando las posibilidades del país para financiarse (en cada crisis son muchos los que ganan), la capacidad para responder ante los acreedores se reducen a un nuevo rescate total que se prevé para los dos próximos meses.

Contra la percepción general, esta intervención directa por parte de la troika no va destinada a paliar las deficiencias de la maltrecha economía española en una suerte de misión humanitaria financiera, sino a invadir política y económicamente un país sin más objeto que recuperar las inversiones que durante años bancos del centro de Europa realizaron en nuestro país con beneficios incalculables. Y para ello, el mecanismo de actuación consiste en desmantelar el Estado de bienestar y conducir a la pobreza funcional a millones de personas, además de reducir a cenizas el futuro de la nación a partir de una política económica que persigue exclusivamente el reintegro de la deuda aunque ello signifique destruir todo su tejido productivo.

Desafortunadamente, las opciones de España ante esta circunstancia son limitadas. La reforma constitucional pactada el pasado año entre el PSOE de Zapatero y el PP maniató definitivamente la autonomía del país al conceder prioridad absoluta al pago de la deuda. Esto significa que, por encima de la educación y la sanidad pública, el sueldo de los funcionarios, el sistema de pensiones, la conservación de las infraestructuras o cualquier otra partida de dinero público, se encuentra la obligación contraída con los acreedores. Es decir, si España no pide el rescate, el escenario más probable es la suspensión de pagos, pues eso es lo que dicta desde el año pasado nuestra Constitución.

Las dos conclusiones principales que podemos extraer de este breve relato de la ignominia son:

1. Los bancos del centro de Europa, y especialmente los alemanes, utilizaron durante años a España y el resto de países del sur como escenario de excepción para lucrativas inversiones con las que se insufló vigor a una burbuja inmobiliaria que finalmente explotó provocando un colapso del sistema económico español y el pánico de sus acreedores. Estas prácticas fueron llevadas a cabo con la complacencia directa del Banco Central Europeo, una extensión vital de la banca alemana, cuyo rol posterior en la crisis ha demostrado la ideología neoliberal que lo domina; dejar hacer a los mercados aunque ello signifique la defenestración de los países más débiles. España es ahora la siguiente víctima, y el BCE no realizará ningún movimiento para salvarla de los especuladores. Sin embargo, los bancos alemanes no se contentarán con recuperar su dinero sino que acudirán como hienas a roer los despojos de un país que pondrá en stock y a precio de saldo empresas públicas y servicios, además de ofrecer un amplio catálogo de casas low cost a pie de costa para jubilados del Norte dispuestos a pasar el resto de sus días junto a vagos, maleantes e indigentes.

2. El colapso de la economía española ha demostrado la fragilidad de un sistema dependiente de las inversiones realizadas por agentes externos que han utilizado el país como un gigantesco paraíso donde forjar fortunas. Esto, unido a la corrupción endémica y el despilfarro protagonizado por la clase política española, independientemente de su signo político, han condenado a la ciudadanía que los continúa eligiendo a un futuro incierto donde la democracia y la independencia cobran tintes utópicos.

En la búsqueda de culpables de esta crisis, podemos señalarnos como responsables directos del dispendio y clamar contra todos aquéllos que compraron apartamentos por 50 millones, se iban al Caribe cada verano o rapiñaban un subsidio de desempleo; o bien podemos mirar un poco más arriba y apuntar hacia los que hicieron fortuna con nuestra locura. Es el eterno debate, quién es más culpable en el genocidio, el que aprieta el gatillo o el que fabrica y se lucra con el arma.

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Última edición por Apocalipto; 22-ago-2012 a las 16:51
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Serán billones ingleses. Hay que quitarle 3 ceros a las cifras.
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Serán billones ingleses. Hay que quitarle 3 ceros a las cifras.

Ya he editado 700 billones anglosajones son 700.000 millones de los nuestros verdad?
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el mismo rollo de siempre y sin mencionar el tema tabu: los inmigrantes. No se ha dado cuenta el autor del articulo que tenemos como 7 millones mas de habitantes respecto al inicio de la burbuja? Que conyo siguen haciendo aqui con el 25% de paro? En fin, es el BCE,
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Desde el comienzo de la crisis financiera en 2008, las razones esgrimidas para dar sentido a tan súbita debacle económica han sido tan numerosas como heterogéneas. Si bien se ha alegado de forma recurrente que la ciudadanía española ha vivido por encima de sus posibilidades, o que el gasto social del Estado ha desembocado en un déficit público excesivo que ahora es necesario revertir mediante contención y austeridad; lo cierto es que las causas ulteriores de la crisis van más allá de ese estado de histeria consumista experimentado en los años de bonanza.

Fundamentalmente, porque esa realidad que configuró la famosa burbuja inmobiliaria fue inducida por una serie de actores interesados en invertir en un país que ofrecía una gran rentabilidad. Bancos alemanes y franceses principalmente destinaron ingentes cantidades de dinero al negocio del ladrillo español y otras economías periféricas de la Eurozona como Portugal, Italia o Grecia. En el caso alemán, la concentración de capital en el sistema financiero del país, fruto del papel preponderante desempeñado en la nueva Unión Europea tras su reunificación, posibilitó la inversión masiva en otros mercados en lugar de que ésta revirtiera en el desarrollo de la economía nacional y, concretamente, en el aumento del gasto público y la subida de los salarios.

Se trataba, así pues, de una estrategia especulativa legitimada por el Banco Central Europeo, el cual facilitó la emisión de tipos de interés extremadamente bajos, y el gobierno socialdemócrata de Gerhard Schroeder, contagiado por la doctrina neoliberal que la banca germana había instituido como dogma irrenunciable. Al fin y al cabo, tenían todos los mecanismos necesarios para obtener beneficios incalculables; atractivos mercados del sur para explotar con los que compartían una moneda común e incluso un Banco Central controlado por el Bundesbank. Pues no debemos olvidar que el BCE es una institución al servicio de la banca alemana cuyo origen se encuentra en la concesión a Alemania realizada por el resto de países europeos a cambio de que ésta abandonara su moneda (el marco) y entrase a formar parte de la UE. Ello explica, por otro lado, la razón por la que el BCE continúa negándose a comprar deuda de los países en crisis, tal y como dicta sus funciones.

Así pues, nos encontramos con que los bancos alemanes (y del centro de Europa en su conjunto) invirtieron grandes sumas de dinero en España y el resto de la periferia del continente, ya fuese a través de la compra de deuda soberana o de activos financieros vinculados al negocio inmobiliario, en el caso español. De este modo, según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS en sus siglas en inglés), los bancos alemanes tenían prestados más de 700.000 millones de dólares en Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España a finales del año 2009. Por su parte, las grandes entidades francesas (BNP Paribas y Credit Agricole) contaban con casi 500.000 millones en inversiones en el sur de Europa.

Sin duda, se trataba de un negocio especialmente lucrativo, sobre todo en lo que al sector inmobiliario se refiere. En España, la desregulación del sistema de hipotecas había permitido que los bancos concedieran préstamos a 30 ó 50 años sin apenas comprobar que el cliente estuviese en condiciones de devolver ese dinero. Una vez que la ciudadanía tenía posibilidad de acceder a la financiación, aunque fuese a cambio de estar pagando el préstamo toda una vida con grandes intereses acumulados, el siguiente paso era elevar artificialmente los precios de los inmuebles de forma desorbitada, disparando la especulación, las corrupciones urbanísticas y los beneficios de los grandes interesados del negocio; bancos, constructores y políticos.

Sin embargo, salpicada por las consecuencias de la hecatombe financiera en Estados Unidos producto de las hipotecas subprime, la banca del centro de Europa cesó el flujo de capital hacia el sur de forma inmediata. La burbuja explotó de un día para otro. Es entonces cuando, tras meses de desconcierto y una irresponsable actitud negacionista por parte del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, el déficit público comenzó a escalar (cuando meses antes se hablaba de superávit), las entidades bancarias cortaron el crédito, las empresas se declararon insolventes y millones de personas engrosaron las estadísticas de desempleados.

Una historia que, desafortunadamente, no acaba aquí. Pues la deuda española que compró masivamente Alemania, así como los préstamos que ahora las familias y empresas no podían pagar, debían ser devueltos a los acreedores, quienes comenzaron a inquietarse por las dudas sembradas en torno a nuestra economía. Como en un efecto dominó, los países periféricos europeos empezaron a caer en la insolvencia. Las prácticas fraudulentas desarrolladas durante años por los bancos de estas naciones (en complacencia con sus socios del Centro), así como la corrupción endémica en las administraciones públicas, salieron a la luz y sirvieron de excusa idónea para que los especuladores del mercado financiero dinamitaran la poca credibilidad que aún detentaban nuestras economías. Lo que un día fue abundancia, pingües beneficios y capitalismo salvaje en todo su esplendor, ahora era la muestra evidente de un Sur plagado de vagos, maleantes, ignorantes y corruptos, unos PIGS que habían gastado todo el dinero que tenían, curiosamente el que alemanes y franceses habían prestado.

Sin embargo, no nos habíamos gastado todo el dinero (aunque tampoco se pusieron grandes trabas para impedirlo). El súbito y desmedido crecimiento del déficit público del Estado no se puede explicar por los efectos de un gasto descontrolado, sino por la paralización de los ingresos debido a las dificultades de acceso a la financiación en los mercados internacionales y el colapso del sector productivo. La deuda pública española se sitúa en 600.000 millones de euros, una cifra que en porcentaje de PIB se encuentra veinte puntos porcentuales por debajo de la media europea. Antes de 2008, España había pedido prestado el equivalente al 36% de su PIB, mientras que Bélgica lo había hecho en un 84%, y Alemania y Francia en un 65%.

El problema reside en una deuda privada que no ha dejado de crecer en los últimos años y que engloba desde la familia que no puede pagar su casa (y es desahuciada por ello), hasta el empresario que tiene que cerrar porque no tiene dinero para hacer frente a los acreedores, hasta los bancos y cajas de ahorro que deben astronómicas cantidades de dinero al BCE y otros bancos, principalmente alemanes y franceses. Así pues, si el crédito no fluye, la actividad productiva se congela y la generación de riqueza se antoja insuficiente para equilibrar la balanza de pagos del estado. Ahondar en las políticas de ajuste para lograr ese equilibrio, recortando derechos sociales y contrayendo aún más la inversión pública y privada es, de este modo, una salida al problema profundamente ineficaz, en la medida en que la generación de riqueza irá disminuyendo al mismo ritmo perpetuando el bucle deficitario.

En esta coyuntura, surge el concepto del rescate. Este, aunque muchos lo entiendan como un balón de oxígeno para la economía nacional, no es más que un pago condicionado a los acreedores. Los 100.000 millones de euros prestados a España para, supuestamente, ‘recapitalizar’ el sistema bancario, ha sido más bien una línea de crédito para que las entidades españolas devuelvan parte de las deudas contraídas con los bancos alemanes. Peter Böfinger, asesor económico del gobierno alemán lo ha expresado de forma clara: “los rescates no son en primera instancia problemas de los países sino de nuestros bancos, que tienen su dinero allí”. De hecho, si este rescate no se hubiese producido, el sistema bancario alemán se habría colapsado por el mero hecho de que han prestado más dinero del que tenían. Los 700 billones de euros invertidos en la Europa del Sur tienen que regresar a las manos de sus dueños, cueste lo que cueste. Ya han recuperado gran parte de ese dinero (según el BIS aún quedan 323 billones), fundamentalmente en Grecia, donde el riesgo del impago era más notorio, por lo que la salida del país heleno del euro ya no es un inconveniente mayor (hace dos años hubiese sido una catástrofe para Alemania y el resto de la UE).

Por ello, ahora es España el gran problema para la estabilidad de la UE o, lo que es lo mismo, para los intereses de la banca del centro del continente, pues es aquí donde se concentran 113 billones de euros en bancos, empresas y gobiernos. Y ante el constante acoso de los mercados, que siguen dinamitando las posibilidades del país para financiarse (en cada crisis son muchos los que ganan), la capacidad para responder ante los acreedores se reducen a un nuevo rescate total que se prevé para los dos próximos meses.

Contra la percepción general, esta intervención directa por parte de la troika no va destinada a paliar las deficiencias de la maltrecha economía española en una suerte de misión humanitaria financiera, sino a invadir política y económicamente un país sin más objeto que recuperar las inversiones que durante años bancos del centro de Europa realizaron en nuestro país con beneficios incalculables. Y para ello, el mecanismo de actuación consiste en desmantelar el Estado de bienestar y conducir a la pobreza funcional a millones de personas, además de reducir a cenizas el futuro de la nación a partir de una política económica que persigue exclusivamente el reintegro de la deuda aunque ello signifique destruir todo su tejido productivo.

Desafortunadamente, las opciones de España ante esta circunstancia son limitadas. La reforma constitucional pactada el pasado año entre el PSOE de Zapatero y el PP maniató definitivamente la autonomía del país al conceder prioridad absoluta al pago de la deuda. Esto significa que, por encima de la educación y la sanidad pública, el sueldo de los funcionarios, el sistema de pensiones, la conservación de las infraestructuras o cualquier otra partida de dinero público, se encuentra la obligación contraída con los acreedores. Es decir, si España no pide el rescate, el escenario más probable es la suspensión de pagos, pues eso es lo que dicta desde el año pasado nuestra Constitución.

Las dos conclusiones principales que podemos extraer de este breve relato de la ignominia son:

1. Los bancos del centro de Europa, y especialmente los alemanes, utilizaron durante años a España y el resto de países del sur como escenario de excepción para lucrativas inversiones con las que se insufló vigor a una burbuja inmobiliaria que finalmente explotó provocando un colapso del sistema económico español y el pánico de sus acreedores. Estas prácticas fueron llevadas a cabo con la complacencia directa del Banco Central Europeo, una extensión vital de la banca alemana, cuyo rol posterior en la crisis ha demostrado la ideología neoliberal que lo domina; dejar hacer a los mercados aunque ello signifique la defenestración de los países más débiles. España es ahora la siguiente víctima, y el BCE no realizará ningún movimiento para salvarla de los especuladores. Sin embargo, los bancos alemanes no se contentarán con recuperar su dinero sino que acudirán como hienas a roer los despojos de un país que pondrá en stock y a precio de saldo empresas públicas y servicios, además de ofrecer un amplio catálogo de casas low cost a pie de costa para jubilados del Norte dispuestos a pasar el resto de sus días junto a vagos, maleantes e indigentes.

2. El colapso de la economía española ha demostrado la fragilidad de un sistema dependiente de las inversiones realizadas por agentes externos que han utilizado el país como un gigantesco paraíso donde forjar fortunas. Esto, unido a la corrupción endémica y el despilfarro protagonizado por la clase política española, independientemente de su signo político, han condenado a la ciudadanía que los continúa eligiendo a un futuro incierto donde la democracia y la independencia cobran tintes utópicos.

En la búsqueda de culpables de esta crisis, podemos señalarnos como responsables directos del dispendio y clamar contra todos aquéllos que compraron apartamentos por 50 millones, se iban al Caribe cada verano o rapiñaban un subsidio de desempleo; o bien podemos mirar un poco más arriba y apuntar hacia los que hicieron fortuna con nuestra locura. Es el eterno debate, quién es más culpable en el genocidio, el que aprieta el gatillo o el que fabrica y se lucra con el arma.

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Y sibilinamente, los seres de luz alemanes impusieron al confundido pueblo español un sistema de reinos de taifas para arruinar a tan poderosa nación industrial. También les prometieron falsos becerros de oro en forma de Audis, lavadoras Bosch y adosados con fantásticos visillos para doblegar su deseo anticonsumista y ahorrador, y así poder destruir a tan próspera potencia económica

Que si hombre, que todo es culpa de Alemania. Que listos son los jodios
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Ya he editado 700 billones anglosajones son 700.000 millones de los nuestros verdad?

Sí, eso es.
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Antiguo 22-ago-2012, 18:03
Avatar de Pedro Solves
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¿Y si, tal y como insinúa Ricardo Verges, eso miles de millones, que tan alegremente nos han prestado, resulta que eran billetes de marcos y francos que habían sido imprimidos a propósito en exceso (no les hacía falta para sus economías) por Francia y Alemania con el espúrio objetivo de (para cuando desaparezcan todas las monedas con la unificación de las mismas en el euro) cambiarlos por nuevos euros y luego prestárnoslos inundándonos a todos nosotros que vivimos al sur de Europa (en los paises PIGS) con todos esos nuevos euros para al final (cuando no podamos devolvérselos, como está pasando ahora) quedarse practicamente con todos estos países sin pegar un solo tiro??? GOL DE SEÑOR!!!.

De confirmarse esta teoría, no te digo ná que de redonda les ha salido la jugada: con un simple intercambio de papelitos, se han quedado con todo.

Un saludo!!!
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En parte estoy de acuerdo...pero no todo es tan cruel como lo pinta. Un Ej. el 50% de la economia alemana se basa en la exportación... la cual se divide en 45% eeuu 45 UE y 10% el resto.

Si los paises de europe quedan sumidos en la extrema pobreza como usted dice.... A quien le exporta Alemania?....
__________________

En todos los tratos o negocios en los que vayas a tomar parte, mira a tu alrededor y busca al tonto. si no lo encuentras....ya sabes quien es el tonto.

La inflación disuelve el ahorro y hace confuso el sistema de precios, pilares fundamentales de la economía.

Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

En este foro participan presidiarios de Angola y pijos de Beverly Hills...
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¿Y si, tal y como insinúa Ricardo Verges, eso miles de millones, que tan alegremente nos han prestado, resulta que eran billetes de marcos y francos que habían sido imprimidos a propósito en exceso (no les hacía falta para sus economías) por Francia y Alemania con el espúrio objetivo de (para cuando desaparezcan todas las monedas con la unificación de las mismas en el euro) cambiarlos por nuevos euros y luego prestárnoslos inundándonos a todos nosotros que vivimos al sur de Europa (en los paises PIGS) con todos esos nuevos euros para al final (cuando no podamos devolvérselos, como está pasando ahora) quedarse practicamente con todos estos países sin pegar un solo tiro??? GOL DE SEÑOR!!!.

De confirmarse esta teoría, no te digo ná que de redonda les ha salido la jugada: con un simple intercambio de papelitos, se han quedado con todo.

Un saludo!!!



Lo suyo es demasiao......es casi casi ciencia ficcion.

Es mas probable que vivimos en Matrix a que ocurra lo que usted afirma.
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En todos los tratos o negocios en los que vayas a tomar parte, mira a tu alrededor y busca al tonto. si no lo encuentras....ya sabes quien es el tonto.

La inflación disuelve el ahorro y hace confuso el sistema de precios, pilares fundamentales de la economía.

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En parte estoy de acuerdo...pero no todo es tan cruel como lo pinta. Un Ej. el 50% de la economia alemana se basa en la exportación... la cual se divide en 45% eeuu 45 UE y 10% el resto.

Si los paises de europe quedan sumidos en la extrema pobreza como usted dice.... A quien le exporta Alemania?....

El mix exportador de Alemania ha cambiado bastante ya. Ahora no tengo las cifras, pero las exportaciones ha Zona Euro han bajado mucho, y al resto del mundo han subido bastante.
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