
02-mar-2012, 19:34
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 | Lisensiado burbujista | | | |
Suecia La crisis del Estado benefactor Sueco.
Esta crisis larvada explotó en el año 1990, cuando se desencadenó la crisis económica más grave que el país había experimentado desde los años 30. Más de medio millón de puestos de trabajo (equivalente a más del 10 por ciento del total) se perdieron entre 1990 y 1994, significando el desplome definitivo del largo período de pleno empleo iniciado durante la Segunda Guerra Mundial. La tasa total de desempleo subiría así del 2,6 por ciento en 1989 al 12,6 en 1994.
La crisis comenzó en el sector privado pero, al caer la tributación, se expandió rápidamente al sector público, el cual se vio obligado, en medio de una crisis galopante de desempleo, a recortar el empleo público actuando así de una manera pro-cíclica que profundizó aún más la crisis. Este desarrollo es muy interesante ya que ilustra de una manera muy clara el colapso del keynesianismo en los Estados benefactores maduros. El Estado pierde su capacidad de balancear el ciclo económico y pasa a convertirse en un elemento desestabilizador de decisiva importancia.
La consecuencia inmediata de esta aguda caída del empleo fue una crisis fiscal de enormes magnitudes. Las prestaciones por desempleo y otros que el Estado debía pagar aumentaron drásticamente al mismo tiempo que los ingresos tributarios caían. El gasto público se disparó, llegando en 1993 a una cifra récord correspondiente al 72,8 por ciento del ingreso nacional.
A su vez, la carga tributaria soportada por la población activa no pudo ser acrecentada debido a los niveles ya extremos que se habían alcanzado en los años previos a la crisis. La consecuencia fue el estallido del déficit público, que alcanzó al 12,3 por ciento del ingreso nacional en 1993, lo que a su vez generó tanto una necesidad creciente de endeudamiento fiscal como una pérdida de confianza en la economía sueca que se manifestó en una violenta especulación contra la corona sueca. Ya en 1992 se había derrumbado la política de cambio fijo, sólo algunos días después que el Banco Nacional de Suecia, desesperadamente, había subido la tasa de interés al 500 por ciento!
Las consecuencias de esta debacle económica fueron muy vastas. En lo inmediato condujo a un largo y duro proceso de reducción del gasto público a través de la disminución de los beneficios sociales (Esta reducción de beneficios se logró fundamentalmente bajando o congelando el techo de las retribuciones y subsidios, lo que ha conducido a un creciente margen de pérdida de ingresos para amplios sectores de las clases medias en caso de enfermedad o paro), los recortes de personal (el empleo público se redujo en 187.000 personas entre 1991 y 1997) y la efectivización de los servicios fiscales.
Por primera vez en mucho tiempo se hizo apremiante el control de costos y someter a los servicios públicos a ciertos niveles de competencia interna o externa que generase una presión sobre los mismos. Esto generó, entre otras cosas, una internalización revolucionaria del pensamiento empresarial en un sector público que, hasta entonces, había vivido en el limbo de una economía planificada sin graves apremios presupuestarios. A la vez, esto le abrió paso al sector privado para, a menudo a través de licitaciones, hacerse cargo de ciertos servicios antes provistos directamente por el Estado.
Estos efectos de la crisis fueron por cierto muy importantes, pero aún más importante fue su impacto psicológico. De hecho, la crisis representó un trauma mayor para una nación acostumbrada a una estabilidad sin precedentes y que veía el pleno empleo como algo natural. Pero además trajo consigo una pérdida decisiva de confianza en el Estado benefactor.
Hasta entonces la gran mayoría de la población de Suecia había estado profundamente convencida de que el Estado benefactor sería siempre capaz de cumplir sus promesas y darle a su pueblo aquellos niveles de seguridad e ingresos que se le habían prometido. Ahora, justo cuando más se necesitaba, se descubrió que estas promesas no eran más que un bluff. Así se pudo constatar que el cumplimiento de las promesas dependía del hecho de que sólo una fracción muy limitada de la población exigiese sus “derechos”. Esta había sido la situación durante el largo período de pleno empleo durante el cual se construyó el Estado benefactor y bajo cuyas premisas se pudo prometer “oro y bosques verdes”, como se le llama en Suecia a este tipo de promesas desmesuradas. <****** width="400" height="325" frameborder="0" scrolling="no" marginwidth="0" marginheight="0" src="http://www.google.es/publicdata/embed?ds=ds22a34krhq5p_&ctype=l&strail=false&bcs=d &nselm=h&met_y=gd_pc_gdp&scale_y=lin&ind_y=false&r dim=country_group&idim=country:se&idim=country_gro up:non-eu&ifdim=country_group&tstart=794098800000&tend=12 67484400000&hl=es&dl=es">******> |