El colapso ecolgico mundial El colapso ecológico mundial
4. El colapso ecológico mundial
Dos procesos estrechamente vinculados vienen precipitando el planeta hacia una “sexta extinción” (Leakey & Lewin, 1997): la destrucción cada vez mayor de los ecosistemas del planeta, y la privatización violenta de todos los ecosistemas y recursos naturales por parte de los ejércitos (locales y de las potencias) y las corporaciones transnacionales de las grandes potencias. Primero consideraré los procesos de destrucción de la naturaleza, y luego los de su apropiación. Este capítulo se complementa con el siguiente, en el que se discute la imbricación del petróleo como recurso energético principal, con la crisis mundial y con su actual militarización.
La ecología adquiere cada vez mayor relevancia como área interdisciplinaria de estudios a partir de la década de 1970, cuando cambia su perfil epistemológico, reorganizando la discusión sobre las relaciones de los organismos vivos respecto del ambiente que los rodea, para considerarla desde y para sus dimensiones políticas.
En 1972 se celebró en Estocolmo una primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente. Para ese momento, el llamado Club de Roma ya había presentado su conocido informe Los límites del crecimiento, que se publica en medio de la crisis petrolera de mediados de esa década (1973). El informe sostenía que el “desarrollo” tal como se llevaba a cabo conducía a la catástrofe ecológica, y la crisis energética venía a confirmar esta aseveración. En las potencias capitalistas de entonces se generó un movimiento “ecologista”, que significaba un estadio superior de las preocupaciones y la organización política sobre la naturaleza, y que planteaba la necesidad de transformar la mentalidad, y los estilos de vida y de “desarrollo” de la humanidad (sobre todo de los ricos), como única forma para evitar un colapso ecológico generalizado.
Durante la década de 1960 empieza a emerger una conciencia social sobre la destrucción de la naturaleza, haciéndose eco de anteriores voces que advertían sobre la destrucción de especies animales y vegetales, sobre los impactos nocivos de las contaminaciones atmosféricas, terrestres y acuáticas por productos o desechos industriales o militares (químicos o radioactivos, por ejemplo). En los siguientes diez años, esa preocupación daría paso al surgimiento de iniciativas y explicaciones donde se planteaba que la relación humanidad naturaleza era contradictoria o dualista en las consecuencias de la civilización “occidental-capitalista-cristiana”, pero que no necesariamente debía de ser así (Cf. Margarit, 2003).
Hacia la década de 1980 la conciencia del peligro de destrucción generalizada (ontológica) de la naturaleza ya lo planteaba como gravísimo y evidente, pero el pensamiento ambientalista fue parcialmente cooptado mediante categorías que vinculan conceptos invinculantes como “desarrollo sostenible” (o como “gobernabilidad”) (Cf. Carmen, 1996).
Durante la década de 1990 se hicieron buenos propósitos que no se cumplieron y continuó la destrucción ecológica (Fracaso de la conferencia de Río de Janeiro sobre el medio ambiente, y la no ratificación del Protocolo de Kyoto, por ejemplo);
En algo más de 30 años el “movimiento ecologista” ha crecido impetuosamente por todo el planeta, en cada persona cada día hay más conciencia de la destrucción ambiental. Durante la década de 1980, el movimiento ecologista creció mucho, pero al mismo tiempo su agenda se vio cooptada por las instituciones financieras internacionales (IFIs) (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, y otros). En esa década, los países pobres o del “Sur” perdieron muchas conquistas políticas y económicas (tanto internas como internacionales) frente a un emergente neo imperialismo del “Norte”, que ha utilizado el control financiero y la deuda externa de los países pobres, para obligarles a realizar procesos en los que sus economías son forzadas a “ajustarse” para contribuir con el bienestar de gobiernos y empresas de las grandes potencias (acreedores).
Con el ascenso de la derecha neoliberal al poder, se reducen las preocupaciones ambientalistas. Hay un retroceso en las políticas energéticas, sobre todo en EE.UU., que desestimulan la exploración de alternativas y que enfatizan el petróleo, el gas, el carbón y la energía nuclear.
A nivel epistemológico, es de destacar cómo el movimiento ambientalista se ve penetrado por los paradigmas economicistas neoliberales. Estos paradigmas adquirieron carácter oficial cuando la Academia de Ciencias de Suecia ofrece el Premio Nobel a Milton Friedman, arquitecto del experimento chileno e inspiración del neoliberalismo.
La ecología introduce el paradigma economicista neoliberal inintencionadamente y más bien como una paradoja cruel. Pues lo que buscaba el movimiento ecologista (Informe de la Comisión Brutland, por ejemplo) era cuestionar las ideas, las políticas y las prácticas económicas y de desarrollo, responsables por la creciente destrucción social y ecológica. El resultado, sin embargo, conduce a postular y a tomar como supuesto para el análisis, que no debería existir incompatibilidad entre desarrollo económico y salud ecológica. De aquí obtenemos una “conciliación entre mercado y naturaleza”, que se va a articular conceptualmente en la noción de “desarrollo sostenible” o “sustentable”. Las IFIs, los gobiernos de las potencias y sus empresas transnacionales, así como las ONGs que se financian en gran medida por subsidios de esos estados y empresas, y finalmente también gobiernos, empresarios, académicos y activistas ecologistas del “Sur”, acabaron por aceptar, y asumir en sus discusiones y análisis, esa noción de “desarrollo sostenible”. Y, sobre esta base, durante la década de 1990 y durante los primeros años del siglo XXI, se han organizado nuevas instituciones y programas, que conforman un marco ideológico, jurídico, e institucional, el cual sirve para que las grandes potencias y sus empresas se apropien de todos los ecosistemas y recursos naturales del planeta.
Del 3 al 14 de junio de 1992 se celebró en Río de Janeiro la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD), conocida como “Cumbre de la Tierra”, en la que se plantearon importantes aspiraciones y metas para la década de 1990, que se consideraba “crucial” para estabilizar y empezar a regenerar el deteriorado planeta. Al mismo tiempo, en la Declaración correspondiente encontramos elementos del “desarrollo sostenible” que abren las puertas a las corporaciones transnacionales:
“Principio 12: Los Estados deberían cooperar en la promoción de un sistema económico internacional favorable y abierto que conduzca al crecimiento económico y al desarrollo sostenible de todos los países, a fin de abordar en mejor forma los problemas de la degradación ambiental. Las medidas de política comercial con fines ambientales no deberían constituir un medio de discriminación arbitraria o injustificable, ni una restricción velada al comercio internacional. Se deberían evitar medidas unilaterales para solucionar problemas ambientales que se producen fuera de la jurisdicción del país importador. Las medidas destinadas a tratar los problemas ambientales transfronterizos o mundiales deberían, en la medida de lo posible, basarse en un consenso internacional” (Consejo de la Tierra, 2002: 58) (Énfasis ESF).
“Principio 16: Las autoridades nacionales deberían procurar fomentar la internalización de los costos ambientales y el uso de instrumentos económicos, teniendo en cuenta el criterio de que, el que contamina debe, en principio, cargar con los costos de la contaminación, teniendo debidamente en cuenta el interés público y sin distorsionar el comercio ni las inversiones internacionales. (Ibid, p.59).(Énfasis ESF).
Por su parte, la llamada Agenda 21 es más clara y explícita respecto del papel que jugarán las corporaciones transnacionales, aunque sin mencionarlas en cuanto tales. El primer apartado de esa Agenda, sobre cooperación internacional, empieza con el “comercio y desarrollo sostenible”, que busca “detener el proteccionismo y expandir el comercio mundial”, y que exige de los países que se dediquen a “Facilitar la integración de todos los países en la economía mundial y en el sistema comercial internacional” (2002: 69). Adicionalmente, se indica que:
“Los gobiernos deberán alentar al GATT, a la UNCTAD y otras instituciones para realizar las siguientes actividades: -Tratar que las normas y reglamentaciones ambientales no constituyan restricciones al comercio... Ubicar las políticas ambientales dentro de un marco jurídico-institucional que responda adecuadamente a los cambios productivos y comerciales” (Idem, p.70).
La última de las tres principales políticas económicas que recomienda esta Agenda pide:
“Aumentar la capacidad de ajustes de las economías mediante la aplicación de políticas macroeconómicas y estructurales” (Loc. Cit.). Igualmente, se recomienda que los “países en desarrollo” procedan a “Estimular el sector privado, fomentar la actividad empresarial y eliminar obstáculos institucionales” (Idem.).
Sin embargo, otros documentos de la Cumbre de la Tierra, como el Tratado de las ONGs, Declaraciones sobre Medio Ambiente y Desarrollo, son más críticos de las corporaciones transnacionales de las potencias. Por esto y por la agenda política de los sectores conservadores en EE.UU., el compromiso de este país, crucial para hacer avanzar la agenda, al final quedó estancado por la división entre el ejecutivo a favor del tratado y la oposición conservadora del congreso -que anteponía a cualquier consideración ambientalista o humanista, el beneficio económico de las empresas de EE.UU. y la ventaja político militar de ese estado.
Así como en la doctrina económica vigente durante esa década de 1990, también en las dimensiones ambientales, el “internacionalismo neoliberal globalista” miraba con optimismo un futuro sin guerras ni confrontaciones. Así por ejemplo, el Worldwatch Institute indicaba en su propuesta para tal Conferencia, que, en 1992:
“... el mundo se encuentra en mejor situación para adoptar medidas eficaces... la guerra fría ha concluido y, por primera vez en varios decenios, Este y Oeste colaboran. Por otra parte, los debates ideológicos entre el Norte y el Sur son ya mucho menos destemplados, al aceptar varias naciones ricas la responsabilidad de aplicarse a la solución de los problemas medioambientales de la Tierra, y comprender los países pobres que la degradación del medio ambienta amenaza su bienestar. En Río, se encontrarán en un terreno común: el de la necesidad de acometer un esfuerzo mundial para salvar el planeta” (Brown, 1992)
El problema del internacionalismo neoliberal globalista, en este caso como en otros (sus “costos sociales”, por ejemplo), fue que la doctrina y la política más bien estimularon, protegieron y organizaron, una profundización sin precedentes en el crecimiento de las disparidades sociales a nivel mundial, y de destrucción natural. Por eso no es de extrañar que, según esa ONG citada, entre 1972 y 1992, los esfuerzos por detener la destrucción de la naturaleza, “sólo han visto alguno que otro éxito suelto... A escala planetaria, casi todos los indicios son negativos.”(1992:17).
A continuación advierte que:
“...la salud del mundo se ha menoscabado a un ritmo inaudito” (Idem., p.18) (Énfasis ESF).
Doscientos millones de hectáreas de bosques se cortaron en ese lapso de 20 años, una superficie equivalente a casi la mitad del territorio de EE.UU. En 1980 se talaban 11 millones de hectáreas de bosques vírgenes, y en 1989 se talaron 17 millones de hectáreas. En otro estudio, Myers estima que hace unos 8.000 años aproximadamente, al comienzo de la actual época del holoceno, el planeta disponía de unas 6.000.000.000 (seis mil millones) de hectáreas de bosques, equivalentes al 40% de todos los territorios mundiales. Al año 1988, unos 2.400.000.000 ha de bosques ya habían sido talados (Myers, 1988). Entre 1972 y 1992, los desiertos aumentaron en el mundo en unos 120 millones de hectáreas; y se perdieron unas 480 millones de toneladas de la capa de suelo superior, que sirve para la agricultura. Para este autor, “La contaminación atmosférica es un problema persistente en cientos de grandes urbes y en infinidad de zonas rurales de todo el mundo” (p.23). Después de presentar casos de destrucción ecológica atmosférica y del recurso hídrico, señala que: “A escala planetaria, los síntomas de deterioro son incluso más inquietantes, y los procesos en curso, más difíciles de cambiar” (p.25).
Respecto de la acelerada destrucción de la capa de ozono por emisiones de cloro fluro carbonos (CFC), Worldwatch Institute señalaba que:
“...aunque la producción de CFC se interrumpiera inmediatamente, el desgaste de la capa de ozono continuará durante dos o tres décadas y es muy probable que las capas superiores de la atmósfera tardasen varios decenios en recuperarse” (Loc. Cit).
Adicionalmente, la cantidad de carbono que entra en la atmósfera como resultado de quemar combustibles (sobre todo petróleo y carbón), representaba 6.000.000.000 (seis mil millones) de toneladas en 1990, es decir, casi una tonelada per cápita. Kluger estima que, entre 1950 y 2001, la atmósfera terrestre recibió cerca de 500.000.000.000 (quinientos mil millones) de toneladas métricas de bióxido de carbono (Kluger, 2001).
Por estos motivos, en el movimiento mundial ecologista que se articuló para la reunión de Río de Janeiro en 1992, pese a grandes y a veces insalvables diferencias, una gran mayoría de participantes consideraba que la década de 1990 iba a ser decisiva para salvar o perder gran parte de la naturaleza, e incluso arriesgar inminentemente graves colapsos generales (planetarios).
Las expectativas no se han cumplido, pues el neoliberalismo institucionalista globalista ha tenido mucho éxito en profundizar, agravar y precipitar crisis económicas, sociales y ambientales. Así, por ejemplo, en el Informe Anual del World Watch Institute para 1995, se señala que “El consumo de granos excedió nuevamente a la producción en 1994, reduciendo los acopios mundiales de grano por segundo año consecutivo...” (1995: 18). “Si la elevación en las temperaturas que prevaleciera desde finales de la década de 1970 hasta 1990 continúa, se escalará el riesgo de reducción climática de las cosechas, a causa de intenso calor y sequías...” (Idem.). “Conforme la década de 1990 se desarrolla, los asuntos ambientales adquieren centralidad. Los gobiernos que no estabilicen las poblaciones de sus países antes que de las demandas superen la producción sostenible de sus sistemas locales de apoyo-a-la-vida, corren el riesgo de verse sobrepasados y abrumados por las consecuencias de sus fallos” (Idem.: 20).
En el Informe Anual del Worldwatch Institute sobre Medio Ambiente y Desarrollo, La situación del mundo 2000, ya se plantean claramente las situaciones de colapso ecológico. Su director, L.R.Brown observa siete tendencias destructoras de la naturaleza: “el crecimiento de la población, la subida de las temperaturas, el descenso de la capa freática, la disminución de la tierra cultivable per cápita, el colapso de las pesquerías, la disminución de los bosques y la pérdida de especies animales y vegetales”(Brown, 2001). De entre estas siete tendencias destructoras, destaquemos dos.
Durante las primeras fases de la Revolución Industrial, en el siglo XVIII, la concentración de CO2 en la atmósfera se estimaba en 280 partículas por millón (ppm). En 1959, ya con instrumental moderno se midieron 316 ppm, y en 1998, 367ppm, un incremento del 39 por ciento en esos 40 años. Otra estimación, del Hadley Centre for Climate Prediction and Research, estima que en el año 2.020 habrán 441 ppm de CO2 en la atmósfera, y para 2.080 llegaría a 731ppm. (Citado en Delgado, 2002: 82).
Por otra parte, el porcentaje de mamíferos, aves y peces “vulnerables o en inminente peligro de extinción”, al año 2.000 se estimaba en: “...el 11 por ciento de las 8.615 especies de aves, el 25 por ciento de las 4.355 especies de mamíferos, y se estima que un 34 por ciento de todas las especies de peces” (Idem, p.31). En los océanos han empezado a desarrollarse crecientes “zonas muertas” en las que la falta de oxígeno simplemente impide la vida. En otra publicación, L.R. Brown (1999) estima que, sumando plantas y animales, hacia 1999 desaparecían unas 10.000 (diez mil) especies cada año. El resultado sinergístico de estas tendencias destructoras es que:
“... el número de especies con las que compartimos el planeta disminuye. Según van desapareciendo cada vez más especies, los ecosistemas locales comienzan a colapsar; y llegará un momento en que nos enfrentemos a un colapso total de los ecosistemas” (2000:32) (énfasis ESF).
Los referidos Leakey & Lewin (1997) han sintetizado el deslizamiento de la crisis ontológica ecológica, desde un nivel de “peligro” hasta el de “colapso”. Señalan que, estudiando la historia natural desde perspectivas neo evolucionistas, nuestro planeta ha vivido cinco grandes extinciones de vida, desde el Cámbrico hasta hoy; que grandes cambios en la historia natural han sucedido abruptamente y no gradualmente como creía Darwin; y que las especies que sobreviven lo hacen no por selección natural sino en importante medida por la suerte. Autores como Bright (2000) señalan cómo los colapsos particulares de algún segmento de algún sistema ecológico, tienden y pueden precipitarse en cascadas de efectos destructores. Destaca tres tipos de “sorpresas ambientales” y cuatro de “causas importantes de discontinuidades y sinergismos”. Los tipos de sorpresa son:
“Una discontinuidad... un cambio abrupto en una tendencia o en un estado previamente estable. La discontinuidad no es necesariamente evidente en una escala humana; lo que cuenta es la escala temporal de los procesos involucrados”;
“Un sinergismo es un cambio en el cual varios fenómenos se combinan para producir un efecto mucho mayor del que cabría esperar de la suma de los efectos tomados separadamente”; y
“Una tendencia inadvertida, aun cuando no produzca ninguna discontinuidad o sinergismos, puede producir un importante daño antes de ser descubierta” (2000: 56).
Las cuatro causas importantes de discontinuidades y sinergismos que señala este autor son:
“Un sinergismo puede producir una discontinuidad”;
“Una discontinuidad puede producir un sinergismo”;
“Una reacción positiva puede producir una discontinuidad (una reacción positiva es un ciclo de cambios que se amplifican)”;y
“Una cascada de efectos puede llevar a múltiples discontinuidades y sinergismos. (Una cascada de efectos se produce cuando un cambio en uno de los componentes de un sistema produce cambios en otro componente, que a su vez provoca el cambio de otro, y así sucesivamente” (2000: 58).
Por su parte, Gowdy (1998) destaca que:
“Desde muchas perspectivas es claro que estamos llevando los límites de la habilidad del mundo biofísico para sostener la continua expansión del empleo de los recursos naturales y de la capacidad asimiladora del medio ambiente.”(p.66).
Según Leakey y Lewin, los humanos somos una casualidad de la historia de la vida, pero ciertamente somos la especie dominante hoy. Estamos equipados con la capacidad de devastar la diversidad dondequiera que vayamos. Nuestra racionalidad y nuestro conocimiento han servido para explotar colectivamente los recursos de la Tierra en proporciones incomparables:
“El homo sapiens está maduro para ser el destructor más colosal de la historia, sólo superado por el asteroide gigante que chocó contra la Tierra hace sesenta y cinco millones de años, barriendo en un instante geológico la mitad de las especies de entonces” (p-260);
“Dominante como ninguna otra especie en la historia de la vida en la Tierra, el Homo sapiens está a punto de causar una gran crisis biológica, una extinción en masa, el sexto acontecimiento de estas características que habrá ocurrido en los últimos quinientos millones de años. Y nosotros, el Homo sapiens, podríamos estar también entre los muertos en vida” (p.264-265).
Lamentablemente, más que “estar a punto de causar” el colapso ecosocial generalizado, el ser humano ya lo está causando. Como señala el citado Brown: “Los ecosistema locales empiezan a colapsar; y llegará un momento en que nos enfrentemos a un colapso total de los ecosistemas”(Brown, 2000: 32)(Énfasis ESF).
Concurrentemente con la destrucción ambiental se viene intensificando la privatización de los ecosistemas y los recursos naturales de todo el planeta. Este proceso es conducido ideológica, política y financieramente por el Banco Mundial, con el apoyo de su principal dueño, los EE.UU. (Cf. Anexo I). El programa de privatizaciones auspiciado por el BM respecto de los ecosistemas y los recursos naturales se articula en una alianza con la Global Environmental Facility (GEF) (llamada en español Fondo Mundial para la Naturaleza), y la International Finance Corporation (IFC). La IFC ha estado involucrada en los procesos de privatización que han llevado adelante los OFIs por ejemplo en América Latina y, para este caso, también participa el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La IFC “... busca financiar proyectos del sector privado en países en desarrollo, ayudar a multinacionales del primer mundo a movilizar capital en los mercados internacionales y proveer asesoría y asistencia técnica a empresas y gobiernos” (Cf. www.ifc.org).
“El Banco Mundial, en su papel como agencia ejecutora de la GEF, debería jugar el papel primordial para asegurarse el desarrollo y administración de proyectos de inversión... El Banco Mundial recurre a la experiencia inversionista de su afiliada, la International Finance Corporation (IFC)... para promover las oportunidades de inversión y para movilizar los recursos del sector privado” (Idem).
Mencionemos dos casos: primero, el Plan Puebla Panamá (PPP), el Corredor Biológico Mesoamericano (CBM) y el Corredor Coralino Mesoamericano (CCM); y segundo, los programas para privatizar el agua en favor de las CTMs.
El PPP pretende “desarrollar” la vertiente caribeña de Mesoamérica, históricamente menos “desarrollada” y poblada que la vertiente del Pacífico, por razones climáticas sobre todo. Se trata de “abrir” y de “intercomunicar” regiones y países, en ejes que se dirigen básicamente de sur a norte, en una especie de reproducción a la inversa de los procesos de construcción de ferrocarriles en México durante el siglo XIX, todos ellos dirigidos desde el centro de México hacia diferentes puntos de la frontera con EE.UU. La red vial y de comunicaciones del PPP similarmente, permitirá la integración territorial directa de Mesoamérica con México y con EE.UU. Con esto, la región centroamericana será objeto de compra por parte de intereses privados sobre todo de EE.UU., que explotarán sus recursos y poblaciones. El PPP promueve la bioprospección para que las CTMs se apropien los abundantes recursos naturales biogenéticos de la región.
Simultáneamente con el PPP, las IFIs plantean desarrollar los corredores mesoamericanos, biológico y coralino (CBM, CCM). La GEF aportó 67 de los 90 millones iniciales necesarios. El BM y la GEF prevén invertir de sus recursos casi 900 millones de dólares en estos proyectos, y otros 4.500 provendrían de CTMs –algunas a través de ONGs como INBIO en Costa Rica.
La bioprospección está presente desde las primeras etapas de estos proyectos. La bioprospección incluye la investigación sobre plantas medicinales y demás biodiversidad con potencial comercial, incluyendo actividades de clasificación y definición de especies, inventarios, descripción de componentes de sustancias activas, establecimiento de métodos para su extracción, procesamiento, certificación y acceso al mercado. En tanto exploración de la biodiversidad para encontrar recursos comercialmente valiosos para la genética y la bioquímica, como reconoce el BM, esta actividad es calificada correctamente como biopiratería por algunos autores (Money, 2000; Delgado, 2003).
A partir de la bioprospección, otras posibilidades comerciales se visualizan para los ecosistemas y los recursos mesoamericanos. La “armonización” del PPP y de la CBM y CCM, implica la subordinación del ambiente a su apropiación por las CTMs. El BM señala al respecto que,
“...será necesario cuantificar el valor económico de todos los bienes y servicios que suministrarán las áreas silvestres de la región, como el agua, ecoturismo, plantas medicinales, etc.”
Respecto al agua, ya en 1998 la CEPAL anunciaba la privatización del recurso en América Latina:
“...casi todos los gobiernos de América Latina y el Caribe han anunciado una política de aumento de la participación privada en los servicios públicos relacionados con el agua... solamente en algunos países se ha traspasado al sector privado la función de administrar los servicios de abastecimiento de agua y saneamiento, si bien otras funciones dentro de esos servicios, de carácter más técnico, efectivamente se han traspasado en muchos países... (E)n América Latina son únicamente cuatro los países en que las principales atribuciones de gestión de los servicios públicos relacionados con el agua se han transferido al sector privado. Sólo en uno de los cuatro, a saber en la Argentina, se ha encomendado a empresas privadas la gestión de importantes sistemas de abastecimiento de agua y saneamiento” (CEPAL, 1998).
Esta tendencia ha creado muchas “oportunidades de inversión”, de las cuales,
“...la más interesante quizá sea la posibilidad de hacerse cargo del servicio, ya sea mediante una compra directa o un arreglo de concesión, pero las oportunidades no se paran ahí. Los contratos de gestión también pueden brindar oportunidades apreciables...” (CEPAL, 1998).
En el diseño del PPP también encontramos claramente una propuesta para privatizar el agua mesoamericana. El Banco Mundial prevée la preparación de planes estratégicos para el desarrollo de los servicios hidrometeorológicos nacionales (incluyendo evaluaciones del marco institucional y legal, financieramente, recursos humanos y comercialización de sus servicios); y la creación de marcos legales y administrativos para comercializar servicios y “productos meteorológicos con valor agregado”. Los Gobiernos se comprometen a presentar un plan estratégico para el desarrollo de los servicios meteorológicos e hídricos nacionales, basado en un diagnóstico de los marcos legal e institucional de los servicios nacionales y un estudio del mercado para productos hidrometeorológicos comerciales.
Delgado (2003) nos ofrece un último ejemplo de la privatización del recurso, describiendo el proyecto del Acuífero Guaraní, una de las megareservas de agua dulce del mundo, que cubre una superficie de 1.2 millones de kilómetros cuadrados entre Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, más de dos veces el área de Centroamérica. El desarrollo del proyecto del acuífero Guaraní nos muestra cómo procede típicamente el Banco Mundial, que,
“...en este tipo de proyectos, devela su interés, primero, por reconfigurar el manejo de cuencas y, segundo, por la transferencia de recursos hídricos hacia el sector privado. Es decir, por un lado, impulsa una concentración del manejo de cuencas hídricas en manos de “selectos actores”; y, una vez consolidados, busca, por el otro lado, colocar a las multinacionales de los acreedores en el centro de la gestión y usufructo del agua dulce (es decir, en los negocios de servicios hídricos de almacenaje, distribución, potabilización, generación de termo e hidroelectricidad, etc.)”.(Delgado 2003).
Entre las empresas que se aprestan a operar, tanto en Mesoamérica como en la cuenca del Guaraní, encontramos a Monsanto y Bechtel, esta última muy vinculada con varios miembros del poder ejecutivo de EE.UU. y que recientemente ha recibido jugosos contratos en Irak.
La combinación sinergística de devastación y privatización-comercialización de la naturaleza aceleran el colapso ecológico mundial. |