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| Viaje a un escenario de catástrofe: la neopeseta. Se acabarían los coches de importación, los viajes al extranjero... A cada español le costaría 11.500 euros y el paro alcanzaría los seis millones La frase se escucha cada vez con más frecuencia: «Con la peseta vivíamos mejor». Dichosos los tiempos en que nadie nos dictaba recortes desde un ignoto despacho de Bruselas. Qué placer cuando pagábamos las deudas con la máquina de imprimir billetes. Y, si nos metíamos en líos, siempre podíamos devaluar la moneda para hincharnos a exportar, a crecer, a crear empleo... Tras cuatro años de recesión, la idea de recuperar la añorada rubia empieza a sonar tentadora. Esta semana, sin ir más lejos, saltó el rumor de que el gobierno griego prepara un referéndum para abandonar la eurozona. Sin embargo, ni un economista -al menos, de los sensatos- defiende este remedio mágico para los males españoles. ¿Tan catastrófico sería que nos saliéramos de la moneda única? El banco suizo UBS acaba de hacer las cuentas de este escenario. Y sus conclusiones son pavorosas: las empresas quebrarían, la inflación se dispararía, los cajeros dejarían de funcionar, un millón de personas perderían su trabajo... El resultado sería un corralito a la española que, sólo en el primer año, nos costaría entre 9.500 y 11.500 euros por persona. Con más o menos catastrofismo, la decena de expertos consultados por Crónica ofrecen un análisis parecido. ¿Qué pasaría si España se saliera de la moneda unica? Viajamos a ese escenario de pesadilla. LA «NEOPESETA». En el mejor de los casos, la noticia llegaría sin previo aviso. La más mínima filtración desataría una tormenta financiera. Así, lo ideal sería anunciarlo un viernes por la tarde, con los mercados ya cerrados y un fin de semana por delante para digerir el inesperado decretazo: «Como consecuencia de la crisis económica, el reino de España ha decidido sustituir el euro por una nueva divisa con efecto inmediato. A partir de ahora, todos sus compromisos financieros -pensiones, deudas, sueldos de funcionarios...- se saldarán en la nueva moneda: la neopeseta. La medida también afectará al resto de intercambios financieros: hipotecas, acciones, préstamos, salarios del sector privado...». La tarea inmediata sería determinar el tipo de cambio oficial. Digamos, por ejemplo, que cada euro se convirtiera en una peseta. En el fondo, daría igual: serían los mercados quienes marcasen su valor efectivo. La neopeseta se hundiría en cuanto comenzase a circular, igual que un neomarco alemán se dispararía. ¿Cuánto? Según los distintos estudios, entre el 25 y el 70%, con el 50% como cifra de consenso. En cuestión de días, España viviría una devaluación sin precedentes. CORRALITO. El primer desafío sería puramente logístico: cómo poner en circulación la nueva moneda. Habría que imprimir los billetes, acuñar las monedas, adaptar los cajeros, actualizar los sistemas informáticos... Una tarea que, en el caso del euro, requirió tres años de minucioso trabajo, pero que ahora tendríamos que completar en semanas o, mejor, en días. Cuanto más se dilatase esta fase, más crecería el riesgo de un colapso bancario, de tumultos callejeros... Por eso, la prioridad sería acuñar una tanda inicial de monedas y billetes que pusiera en marcha el sistema. De todas formas, las prisas sólo aliviarían una crisis bancaria que se da por descontada. Si la llegada de la neopeseta se anuncia por anticipado, los ahorradores sacarían sus euros del banco antes de que se produjese el cambio de moneda. Y si la operación se hace por sorpresa, los inversores retirarían sus fondos para protegerse de posibles devaluaciones en el futuro. Muchas sucursales no podrían soportar esta avalancha de peticiones. En la zona euro, el coeficiente de caja -el porcentaje del dinero de un banco que debe mantener en reservas líquidas- ronda el 2%. Es decir, no habría billetes para tantas retiradas de depósitos. Y, en cuanto los cajeros de un banco dejaran de funcionar por falta de fondos, el pánico estaría garantizado. Para evitar una fuga de depósitos, habría que imponer límites a la retirada de efectivo de los bancos. Así, se establecería un máximo de neopesetas por persona y semana: lo imprescindible para la vida diaria. Además, se restringiría la salida de capitales a terceros países y, en casos extremos, se limitarían los viajes al extranjero. Es decir, una versión europea del corralito argentino [diciembre de 2001-diciembre de 2002]. La contrapartida sería que nadie se atrevería a meter un euro en el país por miedo a que se quedara atrapado. DEUDAS. Un país tan entrampado con el exterior como España -debemos alrededor de 1,7 billones de euros- se toparía con un dilema inmediato. El Gobierno, las empresas y las familias seguirían teniendo sus créditos en euros, pero ingresarían todo su dinero en devaluadísimas neopesetas. Si la nueva moneda cayese un 50%, las deudas con el exterior se duplicarían en términos reales. A medio plazo, un impago resultaría inevitable. La otra opción sería pesetizar las deudas al tipo de cambio oficial: es decir, un euro por cada rubia, quieran o no los acreedores. A partir de entonces, los préstamos se devolverían en la nueva moneda. En la práctica, este cambiazo supondría una quita equivalente a la devaluación de la neopeseta: el 50%. Así, nos expondríamos a sufrir un aluvión de querellas de los acreedores -bancos extranjeros, fondos de inversión...- que se sentirían estafados por este impago. La incertidumbre legal dañaría a las empresas, que tardarían años en saber cuánto deben al exterior. FINANCIACIÓN. Una cosa está clara: no devolver los préstamos está muy mal visto. El impago de la deuda sería un golpe letal a la credibilidad de un país en plena catarsis. De inmediato, nos quedaríamos aislados de los mercados internacionales de crédito. Nadie querría prestar dinero a una nación que incumple sus promesas y que, además, bloquea la salida de capitales con un corralito bancario. En el mejor de los casos, los inversores exigirían unos intereses tan prohibitivos que no merecería la pena aceptar su dinero. Las actuales primas de riesgo nos parecerían una ganga. En estas circunstancias, las empresas no podrían renovar sus créditos con el exterior. Los bonos del Estado se quedarían sin compradores foráneos. Los bancos no tendrían dinero que prestar a los particulares. Se desencadenaría un tsunami de quiebras que ahogaría miles de empresas, bancos y cajas de ahorro. Así, el Gobierno se enfrentaría a un dilema poco envidiable: cómo rescatar a los bancos sin disparar el déficit público. RECESIÓN. La salida del euro provocaría un periodo de absoluta incertidumbre. Nadie sabría cuánto vale su dinero, cuál será la inflación, cómo evolucionarán los tipos de interés... Y el dinero, miedoso él, se escondería a la espera de noticias. El efecto directo sería una caída inmediata del consumo interno, del comercio con el exterior, de la inversión en nuevos negocios... De golpe, nos sumiríamos en la recesión más profunda que se recuerda. Según un estudio del banco ING, la caída del Producto Interior Bruto (PIB) alcanzaría el 13%. Al cabo de unas semanas, el desplome se notaría en las colas del Inem. En un año, el desempleo superaría el 25%. Es decir, rozaríamos los seis millones de parados. INFLACIÓN. La neopeseta acabaría con una de las bendiciones del euro: la moderación del índice de precios (IPC). Si nuestra moneda se devaluara a la mitad, los precios de las importaciones se duplicarían de golpe. Un ejemplo: tendríamos que pagar el petróleo -1,5 millones de barriles al día- con la debilísima peseta, lo que dispararía el precio de la gasolina. No sería descartable, incluso, que tuviera que racionarse el consumo de combustible durante varias semanas. Además, ya no estaríamos sometidos a la estricta disciplina de los halcones del Banco Central Europeo (BCE), obsesionados con el control de los precios. Nadie impediría que el Gobierno sucumbiera a tentaciones inflacionistas como darle a la máquina de imprimir billetes para sufragar sus gastos. El inconveniente de este atajo es inevitable: un aumento del IPC. A medio plazo, volveríamos a tasas de inflación de dos dígitos: alrededor del 10%, según ING. VIVIENDA. A priori, quienes tuvieran una hipoteca con un banco español se quedarían igual: cobrarían en neopesetas, pagarían en neopesetas. Sin embargo, sus gastos se dispararían en cuanto les tocara revisar la letra mensual: ya no dependería del euribor, sino del mibor -el índice de referencia de los tiempos de la peseta- que treparía a toda velocidad. La era del dinero barato se acabaría, con tipos de interés cercanos al 15%. Los inversores exigirían más rentabilidad para protegerse de posibles devaluaciones. Y eso sin contar con el repunte de la morosidad, que rebasaría el 10%, lo que causaría nuevas quiebras bancarias y nuevos rescates a cargo del contribuyente. Además, las viviendas seguirían perdiendo valor. En plena recesión, pocos se atreverían a invertir en una casa. Los bancos recortarían todavía más las hipotecas. Y, en todo caso, el aumento de la inflación se comería cualquier repunte de los precios de la vivienda. AHORROS. De un zarpazo, los sufridos ahorradores perderían el 50% de su botín. Con el cambio de moneda, sus rollizos euros se convertirían en escuálidas pesetas, sometidas al bamboleo de los mercados. Además, su dinero perdería valor mes a mes, por culpa de la inflación. En definitiva, la salida del euro dañaría más a las cigarras que a las hormigas. Sólo se librarían del desfalco quienes hubieran retirado sus ahorros del banco antes del pesetazo. Ellos podrían cambiar sus euros en metálico por pesetas tras la devaluación y así mantendrían su valor. O buscarían valores-refugio como el dólar, los bonos alemanes o el franco suizo. También apostarían por bienes tangibles como viviendas, terrenos, obras de arte, metales preciosos... CONSUMO. En cuestión de meses, diríamos adiós a los Audis, los BMWs y los Mercedes. Nos olvidaríamos de la ropa de marca y los bolsos de lujo. Y ni siquiera nos plantearíamos ir de shopping a Londres, París o Nueva York. Todos los bienes de importación costarían el doble, por culpa de la devaluada neopeseta. De nuevo, volveríamos a quejarnos de lo carísimo que está todo en el extranjero. Sería algo parecido a la crisis española de 1993. Con una crucial diferencia: el resto del planeta también viviría una profundísima recesión. La salida de España del euro sería el equivalente a la quiebra de cuatro o cinco Lehman Brothers: un cataclismo financiero a escala mundial. Nadie nos sacaría de la crisis desde fuera. ADIÓS A LA UE. Todos estos cálculos no contemplan un pequeño inconveniente: en teoría, abandonar el euro es ilegal. Los tratados no incluyen ninguna cláusula para salir -o que te echen- de la moneda única. Al convertirla en un proceso irreversible, los estados miembros pretendían que su proyecto ganase credibilidad en los mercados. Nadie pensó entonces en la posibilidad de tensiones como las provocadas por la Gran Recesión. Así, la única alternativa sería abandonar por completo la Unión Europea. Eso sí que está contemplado en el artículo 50 del Tratado de Lisboa, que cede la iniciativa a todos los Estados miembros. Pero salir de la UE también supondría la renuncia al mercado único, la supresión de los acuerdos comerciales con otros países... Habría que renegociarlo todo de cero. El proceso no sería sencillo. Al resto de países europeos les irritaría comerciar con un país con la moneda devaluada, que inundaría sus mercados de productos artificialmente baratos. No sería descartable que aprobaran tasas contra la nación traidora para compensar su pérdida de competitividad. CONFLICTOS. Para que un país saliera del euro, su situación tendría que ser tan terrible que estaría dispuesto a asumir estos riesgos. Y la transición a la nueva moneda inflamaría la situación: más paro, más quiebras, más inflación... Así, todo indica que se dispararía la delincuencia y la conflictividad social. Sería el ambiente ideal para que un líder autoritario se hiciera con el control del Gobierno. VENTAJAS. Si todo lo anterior es cierto, ¿por qué se sigue hablando sobre una posible vuelta de la peseta? Hasta hace un año, la ruptura de la moneda única se consideraba un escenario imposible; hoy, sólo parece extremadamente remoto. Y, de nuevo, la explicación de este cambio se encuentra en Grecia, la zona cero de la crisis. Imaginemos que los helenos se cansan de sacrificios y recuperan el dracma. De golpe, la idea del euro dejaría de parecer irreversible. Esto alentaría la especulación contra otros países débiles: Portugal, Irlanda, Italia... y España. Para tranquilizar a los mercados, estas naciones tendrían que recortar gastos y aumentar sus impuestos. Tanta austeridad lastraría el crecimiento, aumentaría el paro, se dispararía la conflictividad social... Y vuelta a empezar. En este ambiente, podría aparecer un líder populista que defendiera las ventajas de abandonar el euro. Con la neopeseta, argumentaría, España recuperaría su independencia monetaria. Ya no tendríamos que obedecer las consignas de austeridad de Bruselas. Y, sobre todo, podríamos recuperar la competitividad perdida por la vía menos dolorosa: la devaluación. Hasta la entrada en el euro, este era el atajo predilecto para resolver las crisis made in Spain. Cuando la moneda se deprecia, todo el país reduce sus costes de golpe: salarios, pensiones, precios... Así, los productos españoles volverían a ser competitivos en el extranjero, lo que dispararía la producción y, a medio plazo, haría que la economía creciera de nuevo. Eso sí, este parche eliminaría cualquier incentivo para mejorar la productividad, la asignatura pendiente de la economía española. GANADORES. A corto plazo, resulta difícil encontrar una sola persona que se beneficiaría de la salida de España del euro. En la incertidumbre inicial, todos sufriríamos un batacazo. Si acaso, se alegrarían los traficantes de divisas extranjeras, que se forrarían mientras durase el corralito. Sólo a medio plazo, un sector de la economía empezaría a disfrutar de los beneficios de la devaluada neopeseta. Así, las empresas exportadoras verían cómo aumentan los pedidos desde el extranjero. Mientras, los turistas llenarían nuestros hoteles, atraídos por los bajísimos precios de la neopeseta. Eso sí, nuestra competencia ya no sería Francia, sino Túnez, Croacia o, por supuesto, Grecia. Tras años de pesadilla, quizá España volvería a crecer. Sin embargo, comenzaríamos la remontada desde un punto bajísimo. Tanto que sería casi imposible recuperar el terreno perdido en una generación. Así seguiríamos hasta la siguiente crisis. Entonces nos daríamos cuenta de que tener una moneda propia tampoco te blinda de los ciclos económicos: sólo cambia el tipo de problemas a los que te enfrentas. Y, acodados en la barra del bar, nos lamentaríamos de nuevo: «Con el euro vivíamos mejor...». Reportaje elaborado con el análisis de Álvaro Anchuelo (Universidad Rey Juan Carlos), Santiago Carbó (Universidad de Granada), Mark Cliffe (ING), Stephane Deo (UBS), José Carlos Díez (Intermoney), Paul Donovan (UBS), Juan Antonio Maroto (Universidad Complutense), Santiago Niño Becerra (Universidad Ramón Llull), Alfonso Novales (Universidad Complutense) y Rafael Pampillón (IE Business School) El Mundo vía e-pesimo Auxiliar 1: EL TERRIBLE PANORAMA SI ESPAÑA TUVIERA QUE ABANDONAR EL EURO
__________________ El Gobierno tiene dos opciones: reducir su abultado gasto o robar al ciudadano. Evidentemente, la segunda opción siempre es la preferida de cualquier Gobierno Última edición por MonteKarmelo; 25-sep-2011 a las 11:05 |
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| Dentro de la Unión Europea estamos condenados a ser un país que viva del turismo y el tocho, y fuera de la Unión Europea estamos condenados a ser un país que viva del turismo y el tocho. La verdad es que no veo tanta diferencia. "adiós a los Audis, los BMWs y los Mercedes. Nos olvidaríamos de la ropa de marca y los bolsos de lujo. Y ni siquiera nos plantearíamos ir de shopping a Londres, París o Nueva York. " - ¿Qué tanto por ciento de la población española disfruta de estos lujos? Por ejemplo: El 48% de los españoles no ha salido nunca de España Resulta tendencioso e irreal hablar de no poder ir de shopping a Nueva York como si fuese un problema.
__________________ En el mismo billete está todo lo bueno, y también lo malo en estado puro. Y a pesar de eso, me hundo con vosotros. Garth Ennis. Última edición por 2plx2; 25-sep-2011 a las 11:12 |
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| Es un artículo asustaviejas. UUHHHH abandonar el euro nos traería las 7 plagas de egipto ... Algunas cosas que dice serían ciertas, otras las magnifica y otras directamente son mentira. Cosas ciertas : Se acabarían los BMW, Mercedes ... y los móviles de ultima generación . El ahorro de los españoles perdería un 50 % de su capacidad de compra, pero dicha pérdida sería sobre todo en productos extranjeros respecto de los productos nacionales : alimentación, viviendas y servicios no habría una gran pérdida, al contrario en algunos bienes Cosa magnificada : La deuda externa está en euros pero volver a la peseta sería un default en toda regla si los acreedores quieren recuperar algo tendrían que aceptar las pesetas serían lentejas . Efectivamente el crédito exterior se secaría pero con nuestra propia moneda siempre se le puede dar a la máquinita de imprimir . Cosa falsa : El paro no tendría por que aumentar. Al contrario España sería un destino sin competencia para el turismo mundial, nuestros productos serían mas competitivos, dejariamos de importar y empezaríamos a exportar . Los salarios bajarían un 50 % sin que la gente lo notase en productos de primera necesidad : vivienda y comida , lo notaría en que para comprarse un televisor 3D de 40 '' tendría que reunir el salario de 1 año . |
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| Puedo vivir sin coches de lujo y demás importaciones |
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| El peor inconveniente de salir del € sería que la política monetaria volvería a estar dirigida por nuestros políticos que son la casta más parásita, corrupta e incompetente de todo occidente, el resto de aspectos tiene sus ventajas e inconvenientes que se pueden valorar mejor o peor dependiendo de cada caso. Yo prefiero permanecer en el € basándome principalmente en este detalle. |
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| Los pepitos son los primeros interesados en que no nos echen del euro.
__________________ "To fight this recession the Fed needs more than a snapback; it needs soaring household spending to offset moribund business investment. And to do that, as Paul McCulley of Pimco put it, Alan Greenspan needs to create a housing bubble to replace the Nasdaq bubble". PAUL KRUGMAN August 02, 2002 Premio Nobel de Economía y Santo Padre del Giliprogresismo Keynesianista. Un capitalismo sin quiebras es como un cristianismo sin infierno. |
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| AHORROS. De un zarpazo, los sufridos ahorradores perderían el 50% de su botín. Con el cambio de moneda, sus rollizos euros se convertirían en escuálidas pesetas, sometidas al bamboleo de los mercados. Además, su dinero perdería valor mes a mes, por culpa de la inflación. En definitiva, la salida del euro dañaría más a las cigarras que a las hormigas. Sólo se librarían del desfalco quienes hubieran retirado sus ahorros del banco antes del pesetazo. Ellos podrían cambiar sus euros en metálico por pesetas tras la devaluación y así mantendrían su valor. O buscarían valores-refugio como el dólar, los bonos alemanes o el franco suizo. También apostarían por bienes tangibles como viviendas, terrenos, obras de arte, metales preciosos... No entiendo que quiere decir, beneficiaría más a las hormigas. Y segundo, si tu sacas el dinero antes del corralito, después te dejarían cambiar a pesetas devaluadas (1 € = 2 neopesteas) o el cambio sería paritario (1 € = 1 neopeseta) ?
__________________ 1. Ya no lo oigo :"! Cómprate lo que sea y en un futuro siempre lo podrás vender como mínimo por lo que te costó y mudarte a una vivienda mejor !" -en el argot palillero vivienda de reposición -. 2. Las Trujillo, Chacón y Corredor son responsables directos de inducir a tomar decisiones erróneas a sabiendas, y por ello, son enemigos públicos número uno . 3. Y del Banco de España, que viendo como la curva de la deuda se asemejaba a la trayectoria del Sputnik, y calló ... Última edición por siemprelopodrasvender; 25-sep-2011 a las 12:16 |
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| Solamente por el impacto de la subida de costes energéticos y de inputs importados para nuestra industria el golpe sería demoledor. No estamos en 1970, cuando, no habiendo conocido otra cosa, Juan Español se conformaba con ganar mucho menos que un cajero de supermercado francés pero había carbón nacional (y menor demanda energética per capita), alimentos casi todos nacionales, etc. La globalización nos ha metido en una red de intercambios que ha reconfigurado la industria y los servicios de tal modo que no hay salida sin enorme sufrimiento: hoy un turista demanda productos, además de servicios, de determinadas marcas y orígenes, y eso exige enormes importaciones: un sitio bueno para apreciar estas cosas es un supermercado en una isla turística española, prácticamente todo lo que hay allí, y lo que se sirve en los hoteles, es de importación. Los cochecitos ya son lo de menos, hoy hasta la ropa barata es importada y ha viajado más que muchos españoles en toda su vida. Salir del euro es solamente el sueño del paleterío (particular y empresarial) atrapado en pufos imposibles que sueña redimir mediante una salvífica inflación extrañamente no acomodada por la banca (con tipos de interés reales positivos, que sería lo suyo eliminadas todas las restricciones impuestas por el euro), es decir, con el retorno a un extraño escenario que solamente se dió no solamente por la peseta, sino por la ineptitud de los bancarios: aquellos años gloriosos de inflación desbocada, subidas salariales en realidad no tan altas pero que dejaron bonito recuerdo a los vejetes, y, por supuesto, bancos que habían concedido sus préstamos a tipos fijos y por múltiplos bajos del ingreso, que en realidad esto último es la clave y no la peseta; ya Pepito Relampago recibía las indoctas enseñanzas de sus progenitores, que asociaban la peseta con la erosión de la deuda, pero sin conocer las causas últimas. En última instancia los antieuristas buscan pescar en el revueltísimo río de la etapa (larga) de acomodo a la nueva moneda, y sacar tajada de la descomunal inflación desatada para reducir sus deudas o incrementar sus ingresos, siempre a costa de otros, por supuesto. Dada la estructura socioeconómica de España las consecuencias serían muy diferentes que si Francia abandonase el euro, y se aprovecharía para reajustar muy a la baja salarios y pensiones reales, eso sí, con el trompeterío de los media y políticos favorables tratando de despistar. Última edición por Republik; 25-sep-2011 a las 12:45 |
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| como dice alarife , veo unos meses malos, pero no creo que sea el fin del mundo lo que pasaria es que cosas que ahora son algo normal como teles de plasma inmensas o moviles pasarian aser un lujo y los coches como bmw de un lujo a algo insotenible tendriamos que mejorar nuestra produccion y imprimir mas dinero en planes de estimulo como hace el fed fomentar la agricultura y mejorar el sector terciario y sobretodo mejorar la natalidad y sobreotdo la importacion de gas y petroleo pd:españa es un enclave estrategico en europa situacion, agricultura , lengua(sobreotodo para sudamerica) , no creo que nos dejasen |
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| Regreso a la normalidad. Actuar como rico sin serlo, no puede acabar bien.
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