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Joaquim Muns y Alfredo Pastor, premios Godó de Periodismo

¿Cuáles son las raíces de la crisis? ¿Cuál es su horizonte? Los artículos de dos expertos economistas, Joaquim Muns y Alfredo Pastor, analizando los porqués de la crisis, han obtenido ex aequo el premio Godó de Periodismo 2011, concedido por la Fundación Conde de Barcelona. Los dos textos, Igual que hace cincuenta años, escrito por Muns, y La crisis del año 20XX, obra de Pastor, fueron publicados en el suplemento Dinero de La Vanguardia, el 6 de junio del 2010 y el 12 de diciembre del 2010, respectivamente.

El jurado valora que Joaquim Muns, ex director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y en la actualidad catedrático de la Universitat de Barcelona, "analiza en su texto el paralelismo entre la crisis de 1959 y la actual, ambas afrontadas en España a resultas de la presión exterior, y constata los riesgos a los que se expone una economía 'secuestrada por los políticos'". Pastor, ex secretario de Estado de Economía y profesor del Iese, "describe en su texto, con estilo didáctico y datos concluyentes, los mecanismos que han desencadenado la crisis, las lecciones que se desprenden de ella y algunas de sus posibles consecuencias".

El jurado estuvo presidido por Alfredo Abián, vicedirector de La Vanguardia, e integrado por Álex Rodríguez, director adjunto, Quim Monzó, Antoni Puigverd y Llàtzer Moix.


Última edición por Madoz; 18-sep-2011 a las 22:13
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Artículo de Joaquim Muns:

Igual que hace cincuenta años

En 1959, la economía española había llegado al límite de sus posibilidades. Como resultado de la política económica autárquica, el Tesoro estaba exhausto y no había divisas para pagar las importaciones más necesarias. Al fin, y a pesar de la resistencia numantina de la facción más dura del régimen, Franco tuvo que claudicar a la presión internacional, encabezada por Estados Unidos, y aceptar un plan de estabilización preparado por el Fondo Monetario Internacional y que se considera unánimemente el punto de partida de la economía española moderna.

Al cabo de cincuenta años, la historia se ha repetido. Naturalmente, las condiciones políticas, sociales y económicas del país son muy diferentes. Pero precisamente por esto sorprende tanto que el episodio de presión exterior para cambiar el rumbo económico que acabamos de vivir estas últimas semanas tenga un parecido tan notable con lo que ocurrió en 1959. Igual que entonces, la economía española ha entrado en una crisis profunda y, tal como ocurrió en 1959, ha sido la presión exterior, esta vez a través de los gobiernos europeos en especial aunque no únicamente, la que ha desbloqueado el inmovilismo del Gobierno.

Resulta sorprendente y al mismo tiempo preocupante que dos gobiernos de signo y legitimidad tan distintos, que han funcionado en épocas tan distantes y diferentes, hayan tenido que ser, ambos, movidos por la presión internacional. En uno y otro caso, esta tuvo que vencer una fuerte tendencia gubernamental al inmovilismo. Puede ser interesante analizar algunas posibles causas de esta coincidencia y las lecciones que se pueden extraer de ella.

El primer aspecto que me parece destacable es que, en ambos episodios y más generalmente a lo largo de los últimos cincuenta años, España parece que necesita llegar a situaciones límite para que se produzca un cambio importante del rumbo de la política económica. En otras palabras, la política económica cotidiana de este país sigue siendo poco ágil, tiene una capacidad de reacción muy retardada y tiende a instalarse en el inmovilismo. Esta política económica cansina puede funcionar cuando las circunstancias son favorables, pero cuando hay que dar un verdadero golpe de timón, el país sigue careciendo de la agilidad para hacerlo.

¿Por qué, aun con sus diferencias abismales respecto al pasado, el actual Gobierno también se ha paralizado, como en 1959, ante la grave situación de crisis económica del país? Creo que la respuesta hay que hallarla en la excesiva politización y en el fuerte contenido ideológico que se sigue imprimiendo a la política económica española. Si a los políticos les cuesta aceptar un fracaso económico, esta aceptación es mucho más dura si, como consecuencia de la estrecha vinculación ideológica entre la política y la economía, el fracaso acaba siendo visto como un fiasco político.

La politización excesiva de la economía en España conduce a otro resultado indeseable que estamos viviendo constantemente. Me refiero a la imposibilidad práctica de llegar a consensos políticos en materia económica. Si se atendiera más a criterios técnicos, las dificultades serían menores. Pero cuando se confunde un planteamiento económico con un principio ideológico inmutable ligado a un credo político, las cosas resultan mucho más complicadas.

Algún día se tendrá que estudiar a fondo porque, contrariamente a lo que cabría esperar y a lo que era deseable, el paso de la dictadura a la democracia no se ha traducido en una mayor despolitización y una mayor tecnificación de la vida pública española. Por esto, después de cincuenta años, la economía sigue secuestrada por la política. Un síntoma claro de ello es el hecho de que en las reuniones importantes de economistas sigamos necesitando que el político de turno las realce con su presencia y su discurso. Después de hablar, el político se va y raramente escucha al economista, lo cual es todo un síntoma de la sumisión de la economía a la política en la que seguimos instalados.

La politización de la vida económica y la incapacidad de llegar al consenso que comporta crean una situación de impasse e inmovilismo, que, cuando ya no queda más remedio, ha de superarse por la presión foránea. A los técnicos del país, si quieren ser influyentes, no les queda otro remedio que hacer piña, como en 1959, con los organismos internacionales y los analistas extranjeros y utilizar una y otra vez sus mensajes "para hacer aceptar sus ideas", como ya escribía Joan Sardà refiriéndose a la connivencia entre técnicos españoles y organismos internacionales que se produjo en 1959 (Essais en l´honneur de Thorkil Kristensen, París, 1970).

Es evidente que en los últimos cincuenta años España ha cambiado y progresado de forma notable política, social y económicamente. Pero el progreso ha sido menor, e incluso insuficiente, en aspectos como la despolitización de la vida pública y de las políticas e instituciones económicas. Por esto seguimos arrastrando vicios de funcionamiento que hacen que, al cabo de cincuenta años, algunas cosas importantes tengan que conseguirse igual que cuando España era un país pobre y aislado. Y es que el desarrollo también consiste en lograr hacer las cosas cada vez mejor.

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Artículo de Alfredo Pastor:

La crisis del año 20XX

A menudo se echa en cara a los economistas que no hayamos visto venir la crisis; o que, habiéndola previsto, no hayamos avisado. Es este uno de los pocos reproches que no nos merecemos, porque, incluso antes de que se gestara la burbuja inmobiliaria, ya era corriente la opinión, entre los que se ocupan de estos asuntos, de que los desequilibrios de los pagos internacionales no podían persistir por mucho tiempo: ya en el 2000, Alemania y China tenían unos excedentes de balanza corriente que no hicieron sino crecer hasta el 2007 (en aquel año suponían el diez por ciento del producto interior bruto en China, y el seis por ciento en Alemania), mientras que, en el platillo opuesto de la balanza, otros países como Estados Unidos y España presentaban déficits asimismo crecientes.

Nadie sabía entonces que la crisis se encargaría de parar el proceso; sí se sabía que se trataba de un asunto a resolver. Vale la pena insistir en él, porque cuando haya pasado lo peor de la crisis el problema seguirá estando presente.

Tomemos el caso español y el alemán como ejemplos: entre el 2000 y el 2007, España ha venido gastando, cada año, entre un4yun 10 por ciento más de lo que producía: la diferencia era, naturalmente, nuestro déficit por cuenta corriente, y ese déficit se canalizaba a través de préstamos de bancos extranjeros (en buena parte alemanes) a los nuestros; estos a su vez prestaban esos recursos a sus clientes, en parte para inversión, pero sobre todo para consumo (las viviendas son consumo, aunque las llamemos inversión porque duran muchos años); esos recursos completaban los generados por nuestra economía.

En el mismo periodo, Alemania gastaba entre un 4 y un 7,5 por ciento menos de lo que producía, y esa diferencia la canalizaba en buena parte a través de su sistema bancario: eran nuestros prestamistas. En búsqueda de una mayor rentabilidad - quizá sin tener en cuenta el mayor riesgo-,recursos que hubieran podido ser empleados en Alemania iban a financiar el gasto en otras economías.

Año tras año crecía nuestra deuda frente al exterior, y nuestros prestamistas pensaban estar haciendo un buen negocio. Hoy no están tan seguros. En este brusco cambio de humor intervienen factores diversos, entre los que el miedo, que es mal consejero, parece pesar más que el análisis (que, todo hay que decirlo, no es una guía infalible). El resultado: una imagen invertida de unos años de optimismo exagerado, casi irresponsable.

La primera lección de ese desastre es bien conocida, y es para nosotros: el dinero fácil lleva a hacer tonterías. No se habla tanto, sin embargo, de la segunda lección, que va para nuestros prestamistas: la presión por colocar grandes sumas de dinero que han sufrido los países excedentarios tiene el mismo riesgo, porque, persiguiendo oportunidades, uno acaba por meterse en mercados que conoce mal, y por comprar instrumentos que aún conoce peor.

Hay que jugar en los mercados que uno conoce bien, y nada mejor conocido que la casa propia. Es esta observación de sentido común - y la experiencia de haber visto cómo los ahorradores ingleses se arruinaban con la nacionalización de los ferrocarriles sudamericanos-la que movió a Keynes a mostrarse siempre muy contrario a la libre circulación de capitales.

Aún hoy, para algunos, si los riesgos de esa libre circulación son patentes, sus ventajas están todavía por demostrar. Otra cosa muy distinta es que sea posible limitar esa libertad, una vez se ha concedido.

Deberíamos procurar que los flujos comerciales entre países tendieran, en promedio, a equilibrarse. Si ya sabemos que no es posible mantener un déficit comercial durante mucho tiempo, también deberíamos abandonar la idea de que un excedente de balanza comercial es un objetivo siempre deseable; lo es a veces, como medida de prudencia, pero nada más. En el fondo, si bien se piensa, el verdadero motivo para el comercio no ha de ser tanto exportar como importar: si exportamos es porque hay que pagar las importaciones: ¿no debería gustarnos más que nos las regalaran?

Esta crisis, generada por una enorme burbuja inmobiliaria financiada en un mercado único de capitales por medio de instrumentos a menudo mal conocidos, está contribuyendo, naturalmente, a reducir los desequilibrios: los superávits chino y alemán han disminuido, la balanza española y la norteamericana han mejorado; y es que ciertas cosas se cumplen por las malas si no quiere uno cumplirlas por las buenas, aunque, como vemos, hacerlas por las buenas suele resultar mucho menos costoso. Esta es la razón de ser de la regulación. Como los agentes no siempre tienen interés en portarse bien, es bueno que alguien les oriente hacia el interés general. No cabe duda de que de la crisis actual saldrá un sector financiero más conservador y un consumidor más cauto, pero no nos fiemos: en cuanto se nos pase el susto, volveremos a las andadas.

En el año 2005 escribí un artículo titulado La crisis de 200X, pensando en los pagos internacionales. El de hoy ha de llevar una equis más, porque, por desgracia, esta crisis no terminará con la década que ya se acaba.

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