Standard & Poor's tiene ganas de contar su historia. «Irresponsable» es el insulto más suave que ha recibido en el último año. Sus ejecutivos se sienten víctimas de «teorías de la conspiración» y reparten panfletos sobre «qué son las agencias de rating y cómo funcionan».
Desde el piso 37 del cuartel general de S&P, junto a Wall Street, se ven las pistas de aterrizaje para helicópteros en los rascacielos vecinos. En la cúspide, todo son atenciones al visitante en un ambiente relajado de pasillos decorados con fotos sepia sobre la historia financiera desde que Henry Varnum Poor publicó en 1860 su primer análisis de trenes y canales.
John Coughlin, director ejecutivo global de los ratings, lee las críticas hasta en la prensa regional española. Minucioso, llega con tablas de los créditos hipotecarios sobre los que su agencia no supo alertar. Reconoce los errores en este sector, pero presume de haber acertado con la calificación de España, Grecia o EEUU. Él hizo carrera durante la crisis financiera asiática dice estar acostumbrado a la ira de los gobiernos. «Siempre hay resentimiento popular. Disparar al mensajero es normal. En Asia, nos decían: 'Sois americanos, no nos entendéis'. Es un argumento que también suena en España», explica.
Los análisis sobre España los dirige el equipo de 30 personas de la oficina de Madrid. En la rebaja de la calificación, como la de 2010 hasta AA (dos escalones por debajo de la máxima), participan otros expertos, pero el australiano insiste en que «son europeos los que toman decisiones sobre la deuda europea». «No hay favoritismo ni discriminación», repite el jefe, que subraya que él es australiano y el aún presidente (se va en septiembre), indio.
El proceso está descentralizado y es disperso, pero los jefes en Nueva York vigilan a España. Coughlin tiene en la cabeza la fecha de las elecciones y menciona el debate constitucional, sobre el que es escéptico. «Las dos partes hablan de varios cambios constitucionales sobre el déficit, pero ése nunca ha sido el problema de España. Los problemas fundamentales son el déficit por cuenta corriente, la falta de competitividad o la burbuja inmobiliaria. Y, como en Italia, la falta de flexibilidad del mercado laboral», dice.
El ejecutivo reconoce «el esfuerzo» del Gobierno Zapatero por reducir los números rojos, aunque duda de la capacidad de cualquiera para controlar a las comunidades autónomas. «Lo que hemos visto son más dificultades con los gobiernos regionales. Algunos son más entusiastas en la financiación del déficit que el Gobierno central, pero esto no se resuelve fácilmente porque depende de problemas fundamentales en la política española», asegura.
Su agencia considera que el segundo plan de rescate para Grecia es una suspensión de pagos y desconfía del sur. «Cuando se creó el euro, se pensó que se había acabado con el riesgo soberano en Europa. Pero fue peor para países que tenían problemas de competitividad como Grecia, Italia y España. Hay que hacer verdaderas reformas del mercado laboral para reducir costes y es muy difícil cambiar esto de la noche a la mañana», dice.
Coughlin asegura que ni los gobiernos ni las empresas tienen que seguir sus calificaciones. «Son opiniones, no hechos», dice. «Hay cosas más importantes que el rating», admite, con tono calmado. Sólo se agita al hablar del 5 de agosto, cuando S&P anunció que EEUU perdía la triple A. Sus interlocutores en el Tesoro se pusieron «muy nerviosos» y reprocharon a la agencia un «error matemático» de dos billones. Según S&P, sólo se trataba de utilizar una estimación u otra para el déficit en 2021. Ante la presión, sus expertos se volvieron a reunir y optaron por mantener la rebaja.
La debilidad esencial para EEUU es política por la falta de «ganas» de afrontar la reducción del déficit. Coughlin habla de la «radicalización de los republicanos» contra los impuestos y «la posición firme de los demócratas contra los recortes». «La amenaza de la suspensión de pagos como táctica es nueva. Las ganas de muchos de llegar hasta el abismo hace preguntarse si esto es propio de un país con triple A», dice.
S&P ha aumentado su número de clientes en los últimos tres años, aunque dentro de su empresa madre, McGraw-Hill, gana menos. La crisis obliga a la agencia a disgregarse del resto, el motivo por el que su presidente, Deven Sharma, anunció su marcha esta semana. Teme perder poder y su decisión, según la empresa, no está relacionada con la rebaja de la calificación de EEUU.
«Eso lleva seis meses en marcha», asegura Coughlin. E insiste: «Un rating sólo es lo que es. Un simple medidor de riesgo… El objetivo no es decir ¡te pillé!, ni avergonzar a la gente»
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