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| Mamá, ¿quién es mi padre? Nos hemos cansado de escuchar su nombre. Resuena en nuestra cabeza día sí y día también, bien porque nos acorrala a través de los medios de comunicación, o bien porque la sufrimos en nuestras propias carnes. Despiadada, dramática y oscura, es el monstruo a quien todo el mundo teme. Quienes la han visto dicen que tiene forma de gráfico, una línea roja que no para de caer en picado. Seis letras la definen: “Crisis”. Empecemos desde el principio. Corría el año 2008 y el eco de la época yuppie gritaba una único lema: comprar, comprar y comprar. “¿Quiere comprarse un apartamento en la playa? ¿Quiere darse un capricho?”; no importaba si se tenían los bolsillos vacíos, los bancos daban créditos con alegría. Entonces, en medio de tanta lujuria consumista, la burbuja inmobiliaria llegó a sus topes. El globo petó y se desencadenó una reacción en cadena, que sacó a la luz todo el polvo que se había escondido debajo de la alfombra desde hacía ya demasiado tiempo. Su madre se llamaba Avaricia, pero la identidad de su padre sigue siendo todo un misterio. Cuando la recién nacida irrumpió en España, el presidente Zapatero la repudió: “¿Crisis?, ¿Qué Crisis?”, pero con el tiempo tuvimos que hacernos cargo de ella. Era un bebé llorón y los políticos evitaban cambiarle los pañales, de modo que el trabajo sucio lo tuvieron que hacer otros; los ciudadanos de a pie. Por gracia o por desgracia, el contenido maloliente de esos pañales sirvió a los periodistas para que se fueran sacando –nunca mejor dicho- los trapos sucios de los implicados de este embrollo. La criatura creció de forma desmesurada, y en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en una adolescente rebelde. Fue entonces cuando se desató su apetito por los empleos y los países al borde de la bancarrota. Así, año tras año se ha ido engordando sin parar, fastidiando con su genio a casi cinco millones en España y más de 203 millones de personas en todo el mundo, según datos de la Organización Internacional del Trabajo. Dejando de lado esta fábula; la realidad –desgraciadamente- es mucho más cruda. Después de tres años de crisis económica, el final del túnel sigue siendo incierto. Por lo pronto, la señora Crisis ha tenido descendencia: los Recortes. Ellos han provocado que los grandes pilares del el Estado de Bienestar; la Sanidad, la Educación y los Servicios Sociales se tambaleen peligrosamente. Unos recortes que –irónicamente- vienen después de haber inyectado cientos de miles de millones para salvar entidades financieras de la quiebra, las mismas que han propiciado lo ocurrido. Sin embargo, parece ser que se ha hecho la vista gorda a estas ayudas, que simplemente se acatan las órdenes de los superiores. Si la Unión Europea ordena que se haga una determinada reforma, el Gobierno español la acata. Si la Administración General del Estado se niega a devolver la deuda que debe a Cataluña, Artur Mas acaba resignándose. El precio a pagar está siendo muy caro, pero el temor a ser los siguientes en caer es mucho más fuerte. Durante este tiempo, nos han distraído con arrebatos de esperanza -llámense “brotes verdes”-, pero lo único que ha aparecido en escena ha sido la hermana de la madre Avaricia: la tía Corrupción. Curiosamente, algunos sinónimos de la palabra “corrupción” son “descomposición” y “putrefacción”, unas palabras que vienen muy bien para describir todo lo que ha aparecido en el fondo del estanque de la economía al estar completamente seco. En un contexto así, nadie se esperaba que los jóvenes españoles -los mismos a los que hace poco se les colgaba el cartel de “Ni-Ni” o que se les criticaba por hacer botellón- se movilizasen a través de las redes sociales o que decidieran salir a la calle bajo una única bandera: la Indignación. Ya era hora que alguien diese un golpe en la mesa y gritase “¡basta!”, pero las acampadas no son suficientes. Por muy horizontal que pretenda ser el movimiento del 15-M, su heterogeneidad reclama un liderazgo sólido que vaya más allá de las comisiones. Las últimas imágenes, que mostraban a antidisturbios apaleando a indignados o a indignados enfrentándose a antidisturbios y a políticos, son imágenes que manchan la reputación de ambos. No se trata de librar una batalla campal ni tampoco de desmoronar todo el sistema. Por otro lado, hay que tener en cuenta el aumento del conservadurismo. En momentos de apuros económicos, el péndulo entre izquierda y derecha se suele sentir atraído por el polo opuesto. La gente necesita elegir un cabeza de turco –en este caso José Luís Rodríguez Zapatero- o un sector social –los inmigrantes- a quien achacar todos sus males. A la vez, acostumbra a aparecer un salvador –el Partido Popular- que promete volver al paraíso de las vacas gordas. El problema ocurre cuando aumentan los apoyos a los partidos afines a la ultraderecha y a las ideas racistas. La cercanía del movimiento de los indignados o la misma crisis económica hacen que su análisis sea apresurado y débil. Como el buen vino, los hechos se tienen que dejar reposar. Sin embargo, dejar reposar los acontecimientos no quiere decir que tengamos que ser pasivos. Lo que toca ahora es hacerse preguntas: ¿los culpables están siendo castigados?, ¿qué vamos a hacer para salir de este pozo? Y la más importante: ¿quién es el padre de la señora Crisis? Publicado por Andrea Arenas Castilla en 12:54 Correveidile: Mamá, ¿quién es mi padre? |
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