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| En relación a esta época tan propensa a las reuniones familiares y al consumismo exacerbado, ¿qué tal si analizamos un poco la base de la maquinaria que hace girar a nuestra sociedad? Que no te confundan las atractivas ocurrencias publicitarias, con esos ritmos tan pegadizos y la retahíla interminable de productos anunciados, en un alto porcentaje totalmente prescindibles o innecesarios para un humano de a pie. Lo cierto es que, bien mirado, resulta muy llamativo. Al fin y al cabo, esos pequeños lujos que nos permitimos de vez en cuando, o la concreción de algún que otro sueño arrastrado desde atrás- en un plano material me refiero-, no dejan de ser una pequeña liberación de adrenalina. Un impulso que recibe su satisfacción, si bien efímera. Pero, ¿cuánto sacrificio nos exige esa liberación consumista? ¿Cuántos días de trabajo, con sus consecuencias directas e indirec tas? Estrés, cansancio, dolores musculares, poco tiempo libre para dedicar a la familia, a los hijos… Analizándolo en detalle, ¿compensa toda una vida de trabajo para recibir a cambio unas risibles recompensas, que no harán otra cosa que reforzar activamente la “necesidad” de trabajar? Es un círculo vicioso. Desde jóvenes, ya la sociedad- empezando por la familia-, nos condiciona para que estudiemos y desempeñemos un rol en el mundo. Al mundo le da igual, por supuesto, pero dentro de la farsa, de los espejos sin fronteras, el ser humano cree que estudiando una carrera o desempeñando un cargo importante cambiará su condición animal. Y las kilométricas ciudades, con sus desafiantes rascacielos, corroborarán en parte esta intención humana: somos unas criaturas muy originales, no así las amebas. Baste como ejemplo lo bien que se nos da elaborar complicadas mentiras e insertarlas en los valores de una sociedad para que se entierren tan hondo que ni el paso de los siglos las pueda borrar. La ignorancia, por cierto, también se ha demostrado resistente a los antibióticos y a los detergentes. En pleno siglo XXI, vergel de libertades, información inmediata, globalización, multiculturalidad, etc., hombres y mujeres de todo el mundo siguen siendo esclavos. Unos más que otros, puesto que en países subdesarrollados son conscientes de su esclavitud. En el “primer mundo”, en cambio, las cadenas parecen no tener peso. Quizá la Tierra y su campo gravitatorio han decidido hacer una excepción, convertir ese lazo insustancial de perfidia opresora en un elemento singular regido por sus propias normas. ¿Sabes cuáles? El autoconvencimiento. Crecemos y nos formamos, para trabajar. Para ser “importantes” en el cuadro, y no los meros figurantes de rostro desvaído de una desgastada pintura del Renacimiento por la que nadie se preocupa. Incitados por los beneficios sin parangón que la sociedad moderna y su “igualdad” y “libertad” nos ofrecen, corremos tras el anzuelo y lo mordemos con vehemencia, condenados ya irremisiblemente a las fauces de una billetera pantagruélica, que nos mastica y regurgita nuestros restos al oscuro bolsillo en el que guarda la herrumbrosa calderilla que nadie usa. El premio a 20 años de estudio- más o menos-, es una jornada laboral de 8 horas en el mejor de los casos. Madrugar, ir a trabajar, volver a casa sobre las 8 de la tarde, cenar y a dormir, para continuar la rutina. ¿Cuál es el objeto de esto? ¿Trabajamos para ganar dinero y vivir relativamente felices, o bien trabajamos para subsistir y así tener las fuerzas necesarias para levantarnos al día siguiente y dirigirnos con resignación a nuestra oficina, obra, camión, etc.? ¿Qué hay de la familia, de las aspiraciones personales, del desarrollo intelectual o espiritual? Siento desvelar una gran verdad que se agazapa tras la cortina de la mentira creída: existen hoy día clases sociales. Y las clases de mayor “enjundia”, esas que garabatean el devenir de los tiempos en un papel roñoso- a causa de su continuo manoseo-, enseñan parte de sus tesoros a las masas, tentándolas, e incitándolas a perseguir el brillo de unas joyas envenenadas, cuyo resultado último no es otro que la supeditación de su voluntad a los deseos de los embaucadores. Ellos, poderosos, disfrutan de las comodidades y placeres más caros de este mundo, y tejen la trampa ideal: “Si trabajas para mí, y ganas suficiente dinero, podrás tener lo mismo que yo. Somos iguales”. Pero no, es imposible. Nunca seremos iguales. Para llegar a su nivel, antes tendremos que vender nuestra alma- o lo que sea que haya ahí dentro-, trabajar toda la vida, sufrir como perros, dejar sueños sin cumplir… para obtener al final del camino una recompensa que nada tiene que ver con lo prometido y una irrisoria posibilidad de progresar en la escala y llegar a un puesto intermedio entre la muchedumbre y la nobleza. Todo eso mientras los Gobiernos vampirizan nuestros pobres ahorros con sus impuestos descabellados, sólo para financiar su corrupción e inutilidad, su ignorancia patente, y mientras las empresas no cejan en su empeño por vendernos algo, que nosotros compramos con gusto, a sabiendas de todo lo que implica. Lo más probable es que “ganemos” una hipoteca y nos inflemos de créditos y gastos prescindibles, ridícula victoria, para vernos al límite mes tras mes con el objeto de sacar a nuestra familia adelante. ¿Quién decide que esto sea así? ¿Te parece bien? ¿Te parece justo? Nosotros lo permitimos. Dejamos que nos engañen, nos creemos la mentira, permitimos que nos vapuleen, toleramos las injusticias y los excesos como si no hubiera remedio posible… y luego al final del día, antes de ir para casa, hacemos escala en un centro comercial para seguir observando la agradable luz de este depredador de ojos hipnóticos. No necesitamos objetos para ser felices. Nos hacen creer que la nueva televisión LED, el deportivo de X marca o el móvil con acceso continuo a Facebook nos facilitan la vida, pero al contrario. Golpean un poco más la estaca en nuestro corazón. Cierran sutilmente la esposa en torno a nuestra muñeca. Y, por si fuera poco, nos tienen completamente monitorizados. Cada vez que vayas a trabajar, o a comprar algo, piensa por qué lo haces. ¿Realmente lo necesitas? ¿Eres feliz? ¿No será que “otros” lo han convertido en “necesario”? ¿A quién le conviene? Pues te diré una cosa: a ti no. En la línea de meta, y me refiero al cementerio, no veo gran diferencia entre el mendigo y el millonario. Si me apuras, ni siquiera comparándolos con un desafortunado gato atropellado. Lo único que veo es un montón de pobres infelices que han tirado su valioso tiempo creyendo a pies juntillas lo que unas marionetas les decían. ¿Mereció la pena? A nadie parece importarle especialmente. Parece que se ha perdido el espíritu combativo de otras épocas. La luz es muy tentadora.
__________________ «No hay razas inferiores; todas ellas están destinadas a alcanzar la libertad». Alexander Von Humboldt |
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