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| No lo encuentro por el foro, pero creo que a más de uno le ayudará a reflexionar: El declive japonés · ELPAÍS.com IGNACIO TORREBLANCA 15/04/2011 Vota Resultado 74 votos El terremoto, tsunami y posterior crisis nuclear de Japón representan, a los ojos de muchos, el último clavo en el ataúd de un país sumido en un profundo declive. Detrás de la solidaridad que se expresa estos días con Tokio y de la admiración que despierta la abnegada aceptación del desastre geológico y nuclear por parte de su ciudadanía bulle un sentimiento de conmiseración. Políticamente, el sistema parece anquilosado; económicamente son dos las décadas sin crecimiento, con una deuda pública que no remite y un consumo que no despega; y socialmente, la aparente persistencia de valores como la jerarquía y la disciplina parecen ahogar el individualismo y la creatividad y taponar las vías para la movilidad social (especialmente entre las mujeres). Todo ello resulta extraño cuando recordamos cómo, en los años ochenta, mucho antes de gritar "¡que viene China!", estuvimos un buen rato gritando "¡que viene Japón!". En aquellos años, parecía que el siglo XXI sería japonés. En 1945, el PIB japonés representaba sólo un quinto del estadounidense. Pero en 1990, tras haber crecido durante varias décadas a ritmos que parecían increíbles desde una Europa esclerótica que salía lentamente de la crisis del petróleo, la economía japonesa era la segunda del mundo en tamaño, por detrás de Estados Unidos, representando el 90% de la estadounidense, incluso con una renta per cápita superior a la americana. La frase de moda en el Washington de 1990, una vez derribado el muro de Berlín y reunificada Alemania, reflejaba bien el estado de ánimo con el que se pretendía echar la persiana al siglo XX: "La Segunda Guerra Mundial ha terminado", se decía: "Japón y Alemania han ganado". En Europa, la percepción no era muy distinta, pues el influjo del auge japonés fue tan fuerte que contribuyó a despertar a los europeos del letargo. Las empresas europeas, desbordadas por la competitividad japonesa, se aliaron con la Comisión Europea y presionaron a los Gobiernos para que superaran sus miedos a la competencia. Del miedo a Japón nació el Acta Única Europea, que completaría el mercado único con la extensión de las cuatro libertades de circulación (de bienes, capitales, servicios y personas) el 1 de enero de 1993. Ahora, el Japón que entonces era un modelo y un revulsivo también nos anticipa algo que se parece mucho a lo que apunta que nos espera a los europeos: envejecimiento, estancamiento, endeudamiento y, para colmo, desbordamiento en términos de competitividad por parte de China y otros. El PIB de Japón se encuentra hoy en el mismo nivel nominal que en 1991 y su participación en la economía mundial se ha reducido a la mitad (de 17,8% al 8,7%). Si el declive tiene un nombre, este parece el de Japón, especialmente si se compara con el auge de China, que le ha desbancado como segunda economía del mundo y se dispone a dar alcance a Estados Unidos. No obstante, antes de compadecernos de los japoneses, deberíamos pensárnoslo dos veces: la esperanza de vida en Japón es de 82 años, una de las más altas del mundo, su desempleo está en el 5%, su población carcelaria (una buena medida de la desigualdad social) es veinte veces inferior a la de EE UU y su productividad per cápita sigue siendo bastante elevada. Si el objetivo de un país es crecer, sin duda que Japón no es un modelo. Pero, ¿es crecer a toda costa lo más importante? Después de una década de excesos financieros y de burbujas bursátiles e inmobiliarias, los japoneses parece que se están acostumbrando a vivir en un mundo distinto: se habla de la primera generación de no-consumidores, gente que ha renunciado a tener un automóvil, le dan igual los restaurantes de moda, pasa de largo ante las tiendas caras y prefiere la comida orgánica. Después de la crisis nuclear incluso es posible que nos enseñen el camino de un mundo en el que usemos la energía de forma racional. Igual es un fracaso de sociedad, pero al menos no detienen arbitrariamente y encierran a los artistas que se atreven a ironizar sobre la bondad del régimen, como le ha ocurrido a Ai Weiwei en China. Quizá sean los chinos los que deban aprender de Japón pero, bien mirado, dejémosles en paz; tienen todo el derecho a hacer las mismas tonterías que hemos hecho los demás: a especular con el suelo, agotar los recursos, fomentar un consumismo absurdo y corromper sus sistemas políticos con dinero fácil. Cuando se les pase, nos encontrarán allí, junto con los japoneses. jitorreblanca@ecfr.eu |
| Estos usuarios dan las gracias a burbujismo por su mensaje: | ||
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| Ya se que es simplificar mucho, pero da la impresión de que Japón ha construido un enorme estado de bienestar basado en el propio estado y en megacorporaciones paternalistas. Esa "seguridad" mantenida durante décadas ha adormecido la iniciativa privada. |
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| Tiene pinta de que este sistema desquiciado puede caer como cae la publicidad ("a los monstruos no mirar....."). No consumir más que lo mínimo. |
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Si el objetivo de un país es crecer, sin duda que Japón no es un modelo. Pero, ¿es crecer a toda costa lo más importante? Después de una década de excesos financieros y de burbujas bursátiles e inmobiliarias, los japoneses parece que se están acostumbrando a vivir en un mundo distinto: se habla de la primera generación de no-consumidores, Dicen los budistas que el desapego es la clave de la felicidad. Evidentemente no es más feliz quien mas consume. Pero irónicamente el descenso del consumo no será la solucion a nuestros problemas financieros. La mayoria de la poblacion de Occidente vive de lo que le proporciona su empleo, no tiene otros métodos de subsistencia ni otra fuente de ingresos que su sueldo. Si se contrae el consumo todos los asalariados, que son como mínimo la mitad de la poblacion y constituyen, además, la principal fuente de los ingresos fiscales del Estado, se ven afectados. Aunque vivimos una crisis de recursos y de energía y cuanto menos se consuma más se 'ayuda' a controlar su precio, el efecto del no-consumo en la economía local es devastador, puede conducir directamente al hambre a nuestro vecino. Simplemente, se trata de otro camino para llegar al mismo destino : una economia con menos recursos y energía disponibles. La diferencia es que el camino deflacionario, del no-consumo, no redistribuye los recursos existentes sino que los 'asigna' a los mismos, al mismo precio o más bajo, a quienes todavía los pueden pagar (rentistas y asalariados que han conservado sus empleos) y mata de hambre a quienes no, si el Estado, o la beneficencia, no les ayuda. Cual es la alternativa?... Que no consuman los demas y nos dejen más a nosotros.Ya lo apuntaba Antonio Turiel, indirectamente, en su blog: The Oil Crash: Necrofagia |
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| Como siempre nos llevan años de ventaja, hasta en los marrones... |
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