Fue un médico húngaro(1818-1865), genial, fuera de serie, sensible al dolor y al sufrimiento del ser humano, que
descubre la antisepsia y trata de salvar de una muerte segura a tantas mujeres que morían víctimas de la fiebre puerperal. Al dar una nueva vida ellas lo pagaban con una cruel muerte. Semmelweis es el héroe trágico de
una vida gastada en convencer a sus colegas de la necesidad de lavarse las manos con un antiséptico, cloruro de calcio, antes de explorar a las mujeres dilatadas en el trabajo del parto, y así, con un simple gesto, evitar la fiebre puerperal; su libro La etiología y profilaxis de la fiebre puerperal (1861) lo detalla magníficamente, con precisión, y hoy poco más debemos añadir a
este descubrimiento que a su autor le costó el descrédito, el rechazo más cruel de le ciencia oficial del momento y la locura.
.F. Semmelweis nació en Budapest, una de la ciudades más bulliciosas del mundo, sobre el Danubio, a la sombra de la iglesia de S. Étienne, el julio de 1818. Cuarto hijo de un acomodado comerciante de ultramarinos. Joven amante de la música, de la calle, del teatro, de una ciudad melodiosa y expansiva como aquella Budapest. El padre soñaba para su hijo con un buen puesto en el ejército de Francisco de Austria, pero su hijo se decide inicialmente por el Derecho en Viena, ciudad que nunca amará y llegará a aborrecer. Era un húngaro que amaba la vida, lo bello y lo sencillo. No le cautivó el Derecho, sí la Medicina, de la que se enamora al escuchar al eminente Skoda, aquel virtuoso y exquisito clínico vienés, semiólogo sutil, de finuras diagnósticas insospechadas, de certero juicio, brillante, pero nihilista en terapeútica, poco había que hacer, morir perfectamente diagnosticado por Skoda y tener el privilegio de ser autopsiado por otra celebridad vienesa, el maestro anatomopatólogo Rokitansky, quien sentó las bases de esta especialidad tan importante en toda Europa. Ambos embriagaron a Semmelweis y ambos percibieron en él al genio, generoso y vital, pero poco convencional, nada políticamente correcto, en una sociedad vienesa encorsetada, acomodada en sus verdades. Los dos maestros, ya envejecidos cuando la jauría se abalanzaba sobre Semmelweis, todavía trataban de sostenerlo y ayudarle. Tenía el médico húngaro el defecto de ser brutal, la vehemencia de mantener sus certezas frente a la pusilanimidad de los instalados. Se siente rechazado por su acento húngaro y busca un tiempo de descanso en Budapest, luego regresa a los refinamientos estetoscópicos de Skoda y a las vicisitudes del tejido hepático con Rokitansky. Su crisis vocacional la supera con una tesis redactada en latín acerca de La vida de las plantas, fruto de sus excursiones por los jardines botánicos, es un canto a las propiedades curativas del rododendro, la maya, la peonia y otros vegetales, es una tesis de medicina y sentimiento, y Skoda, presidente del tribunal, le preguntará por los jugos de esas plantas como sustitutos del ineficaz mercurio para tantas dolencias. El intuitivo y sabio Skoda sabía del germen de genialidad de su discípulo, sabía también que podría hacerlo sombra algun día, la vanidad médica es insaciable. Espera un hueco al lado de su maestro, se le adelanta otro, pero sigue a la espera mientras trabaja en las clínicas quirúrgicas en donde la mayoría de los operados muere de terribles infecciones, mientras discuten acerca de todo los tipos de pus: laudable, ligado, de buena naturaleza.
Aquí empieza su genial descubrimiento, que desarrollará en las maternidades de Viena, las que dirigen los profesores Klein y Bartch, y en donde las mujeres pobres, solteras, y sin recursos, que allí acuden, mueren de fiebre puerperal. Muchas más en el pabellón de Klein. La fiebre del saber el porqué se apodera de este médico misionero de la verdad. Tras mucho trabajo llega a una certera conclusión: las mujeres del pabellón Klein eran exploradas por los estudiantes que previamente habían estado en las salas de disección en contacto con los jugos y serosidades del cadáver y luego directamente tocaban el cuello uterino de las mujeres ayudándoles en el parto. Las mujeres del pabellón de Bartch sólo eran exploradas por comadronas que no pisaban la sala de disección. En el primer caso la tasa de fiebres puerperales era terrorífico, en el segundo muy poco. La batalla de Semmelweis es dura, tropieza con el rechazo de todos, nadie admite su teoría. Mucho menos la recomendación de lavarse las manos con cloruro de calcio y cambiar las sábanas tras cada parto. Es la sinrazón de una medicina que cree saberlo todo, a pesar de la mortalidad patente que se admite como natural. Pero Semmelweies no se arredra, es correoso, instala lavabos, y, ¡oh milagro!, la mortalidad cede de manera sorprendente. Hay evidencias, pruebas irrefutables, pero nada vale frente a la arrogancia del claustro médico, del poderoso Klein( Semmelweis era de los pocos médicos húngaros no judíos en Austria y la mayoría eran austríacos y judios)apoyado políticamente. Es el odio contra la verdad palpable, que el médico húngaro evidencia. La vesanía llega hasta expulsarlo de Viena.
Se buscan pruebas contra él, incluso se provocan infecciones para arruinar su teoría de "desodorizar las manos".Los médicos no le hicieron ni caso, se rieron de el y lo persiguieron, el se apostaba en la puerta de los hospitales para denunciar y alertar a las mujeres, lo metieron en la carcel y murió loco.
Cinco apoyos tuvo: Skoda, Heller, Hébra, Helm y Rokitansky. Hasta en la Academia de París, el gran Dubois, y el mayestático Orfila, despachan con desprecio la obra de Semmelweis, a su juicio, errónea y abandonada.
Es el final de una lucha, un hombre acabado, arruinado, que termina sus días en un manicomio de Viena, muerte precipitada por una infección, una picadura anatómica contraída en la sala de necropsias días antes.
El 13 de agosto de 1865 expiró esta lumbrera divina que iluminó la noche de este mundo, como señaló R. Rolland.
Hoy como ayer, otras lumbreras ocultas se debaten en nuestra noche tan iluminada.
El Hospicio General de Viena es actualmente un edificio rosa con verja negra; en su interior puede verse la estatua de un hombre sobre un pedestal que representa al profesor Semmelweis. Bajo la efigie se ha colocado una placa con la inscripción: "El salvador de las madres".
Un saludo.
P.D: No lo olviden jamás;el mejor médico es uno mismo.
Ignacio Felipe Semmelweis - Wikipedia, la enciclopedia libre