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| La tasa de ganancia y el mundo actual Por Chris Harman, Viernes, 3 de Octubre de 2008 Teoría La “tendencia a la caída de la tasa de ganancia” es uno de los elementos más debatidos del legado de Karl Marx. El lo consideraba uno de las contribuciones más importantes para el análisis del sistema capitalista, definiéndola, en los primeros borradores para El Capital (los Grundrisse), “sin dudas la ley más importante de la economía política”. Pero estuvo sometido a críticas desde el mismo momento en que el argumento apareció impreso por primera vez con la publicación del tercer volumen de El Capital en 1894. Las primeras críticas en la década de 1890 vinieron de adversarios del marxismo, como el filósofo liberal italiano Benedetto Croce y el economista neoclásico alemán Eugen von Böhm-Bawerk. Pero desde entonces, fueron aceptadas por varios marxistas, desde Paul Sweezy en los 40s hasta Gérard Duménil y Robert Brenner en la actualidad. El razonamiento de Marx fue y es importante. La teoría de Marx concluye que existe una falla fundamental, incorregible en el capitalismo. La tasa de ganancia es la clave por la cual los capitalistas pueden llevar adelante su objetivo de acumulación. Pero cuanto más se desarrolla la acumulación, es más dificultoso para los capitalistas obtener tasas de ganancia para continuar el proceso de acumulación: “la tasa de ganancia, siendo la meta de la producción capitalista, su caída...aparece como una amenaza para el proceso de producción capitalista”. Esto “pone de relieve el carácter histórico, transitorio del modo de producción capitalista” y el modo en que “en un determinado nivel entra en conflicto con las posibilidades de continuar su desenvolvimiento”. Mostraba así que “la verdadera barrera para la producción capitalista es el mismo capital”. Marx y sus críticos La línea básica del argumento de Marx era suficientemente simple. Cada capitalista puede individualmente incrementar su propia competitividad aumentando la productividad de sus trabajadores. La forma de hacer esto es utilizar más “medios de producción” -herramientas, maquinaria y etc.- por cada trabajador. Se produce un aumento de la proporción de extensión física de los medios de producción para una cantidad de trabajo empleada, proporción que Marx denominó la “composición técnica del capital”. Pero un crecimiento en el volumen de los medios de producción también implica un aumento de la inversión necesaria para adquirirlos. Esto también aumentará más rápido que la inversión en fuerza de trabajo. Para usar los términos de Marx, el “capital constante” crece más rápido que el “capital variable”. El crecimiento de esta proporción, que él denomina la “composición orgánica del capital” , es el corolario lógico de la acumulación de capital. Sin embargo la única fuente de valor del sistema como totalidad es el trabajo. Si la inversión crece más rápido que la fuerza de trabajo, también debe crecer más rápido que el valor creado por los trabajadores, que es de donde surge la ganancia. En resumen, la inversión de capital crece más rápidamente que la fuente de la ganancia. Como consecuencia, existirá una presión a la baja de la proporción de ganancia por capital invertido – la tasa de ganancia. Cada capitalista debe pujar por una mayor productividad para aventajar a sus competidores. Pero lo que parece beneficioso para el capitalista individual es desastroso para la clase capitalista de conjunto. Cada vez que la productividad aumenta cae el monto promedio de trabajo requerido en el conjunto de la economía para la producción de un bien (lo que Marx llamó el “trabajo socialmente necesario”), y es esto lo que las personas estarán dispuestas a pagar por esa mercancía. Así, hoy podemos ver una caída continua en el precio de bienes como computadoras o reproductores de DVD producidos en industrias donde las nuevas tecnologías están provocando incrementos más rápidos de la productividad. Los argumentos contra Marx Tres objeciones se han levantado una y otra vez contra Marx. La primera es que no necesariamente la nueva inversión tenderá a ser más “capital intensiva” y no “trabajo intensiva”. Si hay trabajo disponible sin aprovechar en el sistema, no parece haber razón para que los capitalistas inviertan en máquinas más que en trabajo. Hay una respuesta teórica a este argumento. Los capitalistas se ven obligados a buscar innovaciones en tecnología para mantener en ventaja con sus rivales. Algunas de esas innovaciones pueden conseguirse usando técnicas que no sean capital intensivas. Pero existirán otras que requerirán más medios de producción -y el capitalista exitoso será aquel cuyas inversiones provean acceso a ambos tipos de innovación. También hay una respuesta empírica. La inversión en términos materiales ha aumentado en realidad más rápido que la fuerza de trabajo. Por lo tanto, el capital neto por persona empleada en EE.UU., por ejemplo, creció entre 2 y 3 por ciento al año desde 1948 hasta 1973. En China, mucha de la inversión actual es “capital intensiva”, con la fuerza de trabajo empleada creciendo sólo alrededor de 1% al año, a pesar de la vasta disponibilidad de trabajo rural. La segunda objeción al argumento de Marx es que la mayor productividad reduce el costo de emplear obreros con el mismo estándar de vida (“el valor de su fuerza de trabajo”). Los capitalistas pueden así mantener su tasa de ganancia apropiándose de una porción mayor del valor creado. Esta objeción es fácil de responder. Marx mismo reconoció que los aumentos en la productividad que reducen la proporción de la jornada de trabajo requerida por los trabajadores para cubrir su costo de vida, podía generar una “contratendencia” a esta ley. Los capitalistas podías así apropiarse de una cuota más grande del trabajo de sus obreros como ganancias (una mayor “tasa de explotación”) sin que necesariamente disminuyan los salarios reales. Pero había un límite a cuánto podía operar esta contratendencia. Si los asalariados trabajaran cuatro horas diarias para cubrir los costos de mantenerse vivos, eso podría reducirse en una hora a tres horas por día. Pero no podría reducirse en cinco horas, a menos una hora por día. En contraste, no hay límite a la transformación del trabajo pretérito en mayor acumulación de medios de producción. El aumento de la explotación, incrementando la ganancia que fluye hacia el capital, aumentaba el potencial para la acumulación futura. Otra forma de ponerlo es ver lo que sucede con una hipotética “tasa máxima de explotación”, con la que los trabajadores no reciben ninguna retribución por su trabajo. Se puede mostrar que eventualmente ni siquiera esto es suficiente para impedir la caída en la relación entre ganancia e inversión. La última objeción es el “teorema de Okishio”. Cambio exclusivamente en la técnica, se afirma, no pueden producir una caída en la tasa de ganancia, dado que los capitalistas sólo introducirán una nueva técnica si aumenta sus ganancias. Pero un aumento en las ganancias de un capitalista debe aumentar el promedio de ganancias para toda la clase capitalista. O como planteó Ian Steedman, “Las fuerzas de la competencia conducirán a aquella selección de métodos productivos, industria por industria, que generen la mayor uniformidad posible en la tasa de ganancia de toda la economía”. La conclusión a que conduce esta afirmación es que la única cosa que puede reducir las tasas de ganancia son los aumentos en los salarios reales, o la intensificación de la competencia internacional. Lo que se pierde en varias formulaciones de este argumento, es el reconocimiento de que el primer capitalista que adopte una técnica tiene una ventaja competitiva sobre el resto de los colegas capitalistas, que le permite obtener ganancias extraordinarias, pero que éstas desaparecen una vez que la técnica nueva se generaliza. Lo que el capitalista obtiene en términos monetarios cuando vende sus mercancías depende del monto promedio de trabajo socialmente necesario que contienen las mismas. Si introduce una técnica nueva, más productiva, mientras que ningún otro capitalista lo hace, éste estará produciendo bienes que tienen la misma suma de trabajo socialmente necesario que antes, pero con menos gasto de trabajo real, concreto. Sus ganancias crecen. Pero una vez que todos los capitalistas que fabrican esa misma mercancía introducen estas nuevas técnicas, el valor de los bienes cae hasta que corresponda al monto promedio de trabajo necesario para producirlas utilizando las nuevas técnicas. Okishio y sus seguidores usan el contra-argumento de que cualquier suba en la productividad como resultado de utilizar más medios de producción ocasionará una caída en su precio de producción, reduciendo así los precios en toda la economía –y por ende el costo de pagar por esos medios de producción. Este abaratamiento de la inversión, afirman, aumentará la tasa de ganancia. A primera vista el razonamiento parece convincente –y las ecuaciones simultáneas utilizadas en la presentación matemática del teorema han convencido a mucho economistas marxistas. Es, sin embargo, falsa. Descansa en una secuencia de pasos lógicos que no se pueden dar en el mundo real. La inversión en un proceso de producción ocurre en un punto determinado en el tiempo. El abaratamiento de inversiones subsiguientes como resultado de técnicas de producción mejoradas ocurre en un punto posterior. Los dos sucesos no son simultáneos. Es un error tonto aplicar ecuaciones simultáneas a procesos que ocurres en el transcurso del tiempo. Hay un viejo dicho: “No se puede construir la casa de hoy con los ladrillos de mañana.” El hecho de que el aumento de la productividad reducirá el costo de adquirir la máquina dentro de un año, no reduce el monto que el capitalista debe gastar para comprarla hoy. La inversión capitalista implica utilizar el mismo capital constante fijo (maquinaria y equipos) durante varios ciclos de producción. El hecho de que la inversión emprendida costaría menos luego de la segunda, tercera o cuarta ronda de producción no altera el costo de realizarla antes de la primera ronda. La disminución en el valor del capital ya invertido, ciertamente no hace la vida más fácil a los capitalistas. Para sobrevivir en el negocio deben recuperar, con ganancias, el costo total de sus inversiones pasadas, y si el avance tecnológico significó que esas inversiones valen ahora, digamos que la mitad de su valor original, la compensación por esa suma debe salir de sus ganancias brutas. Lo que ganan por un lado lo pierden por el otro, ya que la “depreciación” del capital debida a la obsolescencia les causa tanto dolor de cabeza como una caída directa en la tasa de ganancias. Las implicaciones del argumento de Marx son de largo alcance. El mismo éxito del capitalismo en acumular conduce a problemas para la acumulación subsiguiente. La crisis es la conclusión inevitable, en tanto los capitalistas en sectores clave de la economía ya no tienen una tasa de ganancia suficiente para cubrir sus inversiones. Y a mayor escala de la acumulación pretérita, mayor será la crisis. La crisis y la tasa de ganancia La crisis, sin embargo, no es el fin del sistema. Paradójicamente, puede abrirle nuevas perspectivas. Conduciendo a algunos capitalistas a la ruina, puede permitir una recuperación de las ganancias de otros capitalistas. Los medios de producción pueden comprarse a precios de remate, el valor de las materias primar caer, y el desempleo obligar a los trabajadores a aceptar bajos salarios. La producción vuelve a ser rentable, y se reinicia la acumulación. Ha habido una larga disputa entre los economistas que aceptan la ley de Marx, respecto de las implicancias de esto. Algunos argumentaron que la tasa de ganancia tenderá a caer en el largo plazo, década tras década. No sólo habrá altas y bajas con cada ciclo de boom y crisis, también habrá una tendencia a la baja en el largo plazo, haciendo cada boom más corto y cada caída más profunda. Otros Marxistas, en cambio, argumentaron que la reestructuración puede restablecer la tasa de ganancia a su nivel previo hasta que el aumento de la inversión la haga disminuir nuevamente. De acuerdo a este punto de vista, hay un movimiento cíclico de la tasa de ganancia atravesado por agudas crisis de reestructuración, no una declinación inevitable a largo plazo. Entonces la ley de Marx debería llamarse “la ley de la tendencia de la tasa de ganancia a caer y sus contratendencias”. Ha habido períodos en la historia del sistema en que las crisis liquidaban capital no rentable en una escala suficiente para detener una declinación de largo plazo en las tasas de ganancia. Hubo, por ejemplo, una caída en las tasas de ganancia en las primeras etapas de la revolución industrial, desde las altísimas tasas de los pioneros de la industria del algodón en la décadas de 1770 y 1780 a tasas mucho más bajas para la primera década del siglo XIX. Esto condujo a Adam Smith y David Ricardo a ver la caída en las tasas de ganancia como inevitable (con Smith cargando la responsabilidad en la competencia y Ricardo en los cada vez menores rendimientos de la producción agrícola). Pero entonces, las tasas de ganancia parecen haberse recuperado substancialmente. Robert C Allen afirma que en 1840 duplican los niveles del año 1800. Sus números (de ser precisos) son compatible con el argumento de que “la reestructuración restablece las tasas de ganancia”, ya que hubo tres crisis económicas entre 1810 y 1840, con 3,300 firmas yendo a la ruina sólo en 1826. Si las crisis siempre pueden contrarrestar la caída en las tasas de ganancia de este modo, Marx estaba equivocado en ver que esta ley conjuraría el golpe mortal al capitalismo, ya que el sistema sobrevivió crisis recurrentes en los últimos 180 años. Pero aquellos que se apoyan en este argumento, presuponen que la reestructuración siempre puede ocurrir de tal modo que dañe a algunos capitalistas y no a otros. Michael Kidron presentó un desafío muy importante a esta opinión en los 70s. Su objeción se basaba en la comprensión de que el desarrollo del capitalismo no es sólo cíclico, sino que implica también transformaciones en el tiempo -envejece. La concentración y centralización del capital El proceso por el que algunos capitalistas crecen a expensas de otros -lo que Marx llama la “concentración y centralización” del capital- conduce eventualmente a que unos pocos capitalistas jueguen un rol predominante en ciertas partes del sistema. Su actividad queda entrelazada con la de aquellos capitales, grandes y pequeños, que las rodean. Si capitales de gran envergadura caen en la ruina, se perturba la operación de los demás -destruyendo sus mercados, eliminando su acceso a materias primas y componentes. Esto puede arrastrar a la bancarrota a firmas previamente rentables, junto con las no rentables en un colapso que se retroalimente y plantee el riesgo de crear “agujeros negros” en el corazón del sistema. Esto comenzó a suceder en la gran crisis de los años entre guerra. La quiebra de algunas firmas, lejos de conducir al fin de la crisis, luego de unos años profundizó su impacto. Como consecuencia, los capitales de todo el mundo se dirigieron a los Estados en busca de protección. Más allá de sus diferencias políticas, este es el punto que es común entre el New Deal en EE.UU., el período nazi en Alemania, los regímenes populistas que emergieron en América Latina o la aceptación definitiva de la intervención estatal de corte Keynesiano como la ortodoxia económica en la Gran Bretaña de los tiempos de guerra. Tal interdependencia entre los estados y los grandes capitales fue la norma de todo el sistema durante las primeras tres décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, una organización que fue alternativamente llamada “Capitalismo de Estado” (mi término preferido), “capitalismo organizado” o fordismo. La intervención del Estado siempre ha sido un arma de doble filo. Evitaba que los primeros síntomas de la crisis se desarrollaran en un colapso absoluto. Pero también obstruía la capacidad de algunos capitalistas de restablecer sus tasas de ganancias a costa de otros. Este no era un gran problema en las primeras décadas luego de 1945, dado que el impacto combinado de la crisis de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial ya había causado una destrucción masiva de viejo capital (según algunas estimaciones, un tercio del total). La acumulación pudo así recomenzar con tasas de ganancia más altas que en el período pre-guerrra, y éstas se mantuvieron, o cayeron lentamente. El capitalismo pudo disfrutar lo que muchas veces se denomina su “época de oro”. Pero cuando las ganancias comenzaron a caer desde la década del `60 en adelante, el sistema se encontró atrapado entre el peligro de los “agujeros negros” o la imposibilidad de una reestructuración suficiente para restablecer esas tasas. El sistema no podía costear los riesgos de una reestructuración dejando que las crisis le hicieran mella. Los Estados intervinieron para evitar la amenaza de grandes quiebras. Pero al hacerlo, impidieron que la reestructuración fuera suficiente para superar las presiones que habían causado la amenaza de bancarrotas. (...) Yo sostenía que “dos o tres países avanzados” que sufrieran quiebras generalizadas podría, dar al sistema “la oportunidad para una nueva ronda de acumulación”, pero los que conducen otras economías harán todo lo posible para evitar tal bancarrota, evitando que lleve a la caída a otras economías y bancos, conduciendo a un “colapso gradual de otros capitales”. Mi conclusión era que “la presente fase de crisis es probable que se prolongue -hasta que se resuelta ya sea precipitando gran parte del mundo a la barbarie o por una serie de revoluciones obreras. El cuadro empírico ¿Qué dice el registro empírico de las tasas de ganancia de los últimos 30 años respecto de estos argumentos? ¿Cuáles son las implicancias para la actualidad? Ha habido varios intentos de calcular tasas de ganancia de largo plazo. Los resultados no siempre son compatibles unos con otros, ya que hay distintas formas de medir la inversión en capital fijo, y la información de ganancias que brindan las compañías y gobiernos están sujetas a enormes distorsiones (las empresas generalmente hacen todo lo posible para subdeclarar sus ganancias a los gobiernos, por razones impositivas, y a los trabajadores, para justificar bajos salarios; también usualmente sobreestiman sus ganancias en los informes a los accionistas, para impulsar la suba en la cotización de sus acciones y su capacidad de crédito). De todos modos, Fred Moseley, Thomas Michl, Anwar Shaikh y Ertugrul Ahmet Tonak, Gérard Duménil y Dominique Lévy, Ufuk Tutan y Al Campbell, Robert Brenner, Edwin N Wolff, y Piruz Alemi junto a Duncan K Foley , han invariablemente seguido los pasos de Joseph Gillman y Shane Mage quienes llevaron adelante estudios empíricos de la evolución de las tasas de ganancia en la década de 1960. (...) Las tasas de ganancia se recuperaron aproximadamente desde 1982 en adelante -pero solo alcanzaron el nivel medio de la caída ocurrida previamente. Según Wolff, la tasa de ganancia cayó 5,4 % desde 1966 a 79 y luego “rebotó” 3.6 % desde 1979 a 97; Fred Moseley calcula que “se recuperó…sólo alrededor del 40 % de la caída previa”; Duménil y Lévy estiman que “la tasa de ganancia en 1997” era “todavía sólo la mitad de su valor en 1948, y entre 60 y 75 por ciento de su valor promedio para la década 1956-65”. Explicaciones ¿Por qué se recuperaron las tasas de ganancia? Un factor importante fue el aumento de la tasa de explotación del conjunto de la economía, como se ve en la porción creciente que va a “capital”, opuesta a “trabajo”, en el producto nacional: Moseley mostró un aumento en la “tasa de plusvalía de 1.71 en 1975 a 2.22 en 1987”. Hubo, sin embargo, un freno en el crecimiento de la tasa de inversión por trabajador (la “composición orgánica de capital”), por lo menos hasta la mitad de los `90. Tuvo lugar un cambio importante en el funcionamiento del sistema, desde aproximadamente la década de 1980 en adelante –las crisis comenzaron a implicar quiebras generalizadas por primera vez desde los años entreguerras: Durante el período desde la Segunda Guerra Mundial hasta los `70, las quiebras no eran un tópico relevante en las noticias. Con la excepción de los ferrocarriles, no hubo fracasos empresarios importantes en EE.UU. Durante los `70 sólo hubo dos quiebras corporativas de importancia, Penn Central Transportation Corporation en 1970 y W T Grant Company en 1975. Pero: Durante los `80 y comienzos de los `90 se sucedieron las quiebras. Muchas compañías conocidas se declararon en quiebra… Incluidas LTV, Eastern Airlines, Texaco, Continental Airlines, Allied Stores, Federated Department Stores, Greyhound, R H Macy y Pan Am… Maxwell Communication y Olympia & York. (...) Trabajo improductivo y gasto Moseley, Shaikh y Tonak, y Simon Mohun han notado otro aspecto del desarrollo reciente del capitalismo -subrayado por Kidron allá por los `70. Nos referimos al crecimiento de la porción “no productiva” de la economía. El pensamiento dominante neoclásico considera todas las actividades económicas que implican comprar y vender como “productivas”. Esto se sigue de su enfoque limitado en el modo en que las transacciones ocurren en los mercados. Marx, como Adam Smith y David Ricardo antes de él, tenían una preocupación más profunda -descubrir la dinámica del crecimiento capitalista. Por lo tanto, Marx desarrolló aún más la distinción que aparece en Smith entre trabajo “productivo” e “improductivo”. Para Marx, el trabajo productivo era el que creaba plusvalía mediante la expansión de la producción. Trabajo improductivo era aquel que, en lugar de expandir la producción, solamente distribuía, protegiendo o gastando lo ya producido -por ejemplo, el trabajo de los sirvientes, policías, soldados o personal de ventas. (...) El trabajo improductivo tiene una importancia central en el capitalismo actual, más allá de la definición que le demos. Fred Moseley estima que los trabajadores del comercio en los EE.UU. crecieron de 8.9 millones a 21 millones entre 1950 y 1980, y los de las finanzas aumentaron de 1.9 millones a 5.2 millones, mientras que la fuerza de trabajo productiva sólo aumentos de 28 millones a 40.3 millones. Shaikh y Tonak calculan que la porción del trabajo productivo en el trabajo total en EE.UU. cayó desde 57 por ciento a 36 por ciento entre 1948 y 1989. Simon Mohun ha calculado que la proporción de salarios y remuneraciones “improductivos” en relación al “valor material agregado” en los EE.UU. creció de 35% en 1964 a más del 50% en 2000. Kidron calculó que, usando su definición amplia, “tres quintos del trabajo realmente desarrollado en los `70 fue un desperdicio desde el punto de vista del capital”. Moseley, Shaikh y Tonak, y Kidron en sus últimos escritos no tenían duda. El peso de proveer trabajo improductivo lleva a un consumo innecesario de plusvalía y de tasa de ganancia. Moseley, a la vez que Shaikh y Tonak, calcularon la tasa de ganancia en los sectores “productivos” (la “tasa de ganancia marxiana”), y luego compararon sus resultados con aquellos provistos por la toda la economía, por las corporaciones y por el Instituto Nacional de Administradores de Pensiones del gobierno de EE.UU. (NIPA en inglés). Shaikh y Tonak calculan que entre 1948 y 1989 “la tasa de ganancia marxiana cae casi un 33%… el promedio de las ganancias basadas en el NIPA cayeron aún más rápido, más de un 48%, y el de las corporaciones fue la de mayor caída de todas, por más de un 57%. Estas declinaciones más rápidas pueden explicarse por el aumento relativo en la proporción entre actividades improductivas y productivas”. Moseley concluye que “el la economía norteamericana desde la posguerra hasta fines de los `70 la tasa de ganancia convencional cayó aún más rápido que la tasa marxiana -un 40% frente a un 15-20%. El sostuvo que el los `90 el aumento en el nivel del trabajo improductivo fue la causa central que impidió una recuperación plena de la tasa de ganancia. (...) Efectos contradictorios Hay un círculo vicioso. Las reacciones de las firmas individuales y los Estados a las tasas de ganancia decrecientes, tienen el efecto de reducir los recursos disponibles para la acumulación productiva. Pero el efecto de los gastos improductivos no se limita a bajar la tasa de ganancia. También puede reducir la presión a la suba en la composición orgánica del capital. Esta fue la perspectiva tomada por Michael Kidron para explicar el impacto “positivo” de los fuertes gastos en armamento en las décadas de posguerra. El opinaba que, como el consumo de lujo de la clase dominante y sus dependientes, generaba un efecto benéfico para el funcionamiento del sistema -al menos por un tiempo. El trabajo “desperdiciado”, argumentaba, no puede aumentar la presión de la acumulación por ser aún más capital intensiva. El valor que de otra forma aumentaría la proporción entre medios de producción y trabajo, es chupado fuera del sistema. La acumulación es más lenta, pero puede continuar a un paso sostenido, como en la fábula de la liebre y la tortuga. Las tasas de ganancia son más bajas por el gasto improductivo, pero no se enfrentas a caídas bruscas y profundas por la rápida aceleración de la proporción capital-trabajo. Esta exposición parece encajar con el período de la inmediata posguerra. Los gastos en armamento rondando el 13% del producto nacional norteamericano (y con gastos indirectos, tal vez un 15%) era una importante apropiación de plusvalía que no continuaba la acumulación. Era un gasto del que la clase dominante norteamericana también esperaba ganar, en el que se apoyaba su hegemonía global (tanto confrontando a la URSS como aglutinando a las clases capitalistas europeas con los EE.UU.) y que garantizaba un mercado a sectores productivos importantes de la economía de EE.UU. En este sentido, los capitalistas podían considerar los armamentos, como su propio consumo de lujo, como una ventaja -muy distinto en este sentido a los gastos “improductivos” en mejorar las condiciones de los pobres. Y si reducía la tasa de acumulación, esto no era catastrófico dado que la reestructuración del capital mediante crisis y guerras ya había empujando la acumulación a un nivel más alto que el conocido en los `30. Localmente, todas las firmas tenían el mismo handicap, y por lo tanto ninguna salía perdiendo frente a otras en la competencia por mercados. Internacionalmente, en los primeros años de posguerra, otros países involucrados en una fuerte competencia económica con EE.UU. (como el vieja Gran Bretaña imperial y Francia) fueron obstaculizadas por sus propios gastos en armamento relativamente altos. Las cosas hoy son muy diferentes. Desde comienzos de los `60 la reemergencia de importantes competidores internacionales generó fuerte presión a los EE.UU. para reducir el porcentaje de la producción dirigida a gastos militares. El estímulo a los gastos militares a mediados de los `60 durante la guerra de Vietnam y en los `80 durante la “segunda Guerra fría” sólo permitió un respiro de corto plazo a la economía norteamericana antes de revelar sus grandes problemas. El incremento de George Bush en el gasto militar de 3.9% a 4.7% del producto bruto norteamericano (equivalente a un tercio de la inversión privada aproximadamente) ha exacerbado el creciente gasto público y el déficit comercial. El efecto de todas estas formas de “gasto” en mucho menos beneficioso para el capitalismo de conjunto que un siglo atrás. Es posible que aún disminuyan las presiones sobre la tasa de ganancia proveniente de la composición orgánica del capital -que ciertamente no crece tan rápido como lo haría si toda la plusvalía se destinara a la acumulación. Pero el precio que pagan los países capitalistas desarrollados a cambio es una lenta acumulación productiva y un bajo crecimiento a largo plazo de las tasas de ganancia. Así se compromete los repetidos intentos “neoliberales” de los capitalistas y los Estados de aumentar las tasas de ganancia recortando lo que le pagan a los trabajadores ocupados, los jubilados, los desocupados y pensionados; el restablecimiento de criterios mercantiles para reducir los gastos en educación y salid; la insistencia en que el tercer mundo pague su libra de carne en préstamos; y la aventura norteamericana en tratar de hacerse del control de la segunda mayor fuente de la materia prima más importante del mundo. (...) La especulación sobre qué pasará a continuación es sencilla, pero carece de sentido. Los contornos generales del rumbo del sistema son descifrables, pero los innumerables factores individuales que determinas cómo se traducirá esto en la realidad en los próximos meses o incluso años, no. Lo que importa en reconocer que el sistema sólo ha logrado sobrevivir -e incluso, espasmódicamente, crecer bastante rápido en las últimas tres décadas- debido a sus crisis recurrentes, el avance sobre las condiciones laborales, y las grandes sumas de capital invertible desviadas al gasto improductivo. No ha logrado regresar a una “edad de oro” y no lo logrará en el futuro. Puede que el capitalismo no esté en crisis permanente, pero está en una fase de crisis repetidas de las que no puede escapar, y estas necesariamente serán políticas y sociales, además de económicas. Economía marxista, la tasa de ganancia y el mundo actual | En lucha
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![]() Marx inventando la rueda. Menos mal que A.R.J. Turgot, J.H. von Thünen y D. Ricardo no se habian interesado por la ley del rendimiento decreciente. Y como notita: Desde mi punto de vista personal, el factor clave para explicar la destruccion de la economia sovietica. Cosas de la vida...
__________________ «¿Gulag? No conozco ningún gulag.». Iósif Stalin |
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| La pseudociencia economica no es de mi agrado, aun menos cuando el pseudocientifco por excelencia Marx anda por medio, por lo que no me he leido el tocho, pero no he podido evitar leer que la tesis de Marx sobre la tasa de beneficio decreciente fue rechazada por los no marxistas y aceptada por los marxistas. Toma, claro que los marxistas la aceptaron. Si les dice que los burros vuelan tambien se lo hubieran creido, la fe en el lider es la principal caracteristica de la pseudociencia marxista. |
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Este no era un gran problema en las primeras décadas luego de 1945, dado que el impacto combinado de la crisis de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial ya había causado una destrucción masiva de viejo capital (según algunas estimaciones, un tercio del total). La acumulación pudo así recomenzar con tasas de ganancia más altas que en el período pre-guerrra, y éstas se mantuvieron, o cayeron lentamente. El capitalismo pudo disfrutar lo que muchas veces se denomina su “época de oro”. Miedo da...
__________________ Soy Libre: tengo cultura, no tengo deudas, lo que poseo no me haría derramar una sola lágrima, mi novia no es visillera, no quiere casarse ni hijos y no tengo miedo por mi salud. En la vida hay que hacer cosas idiotas. Por ejemplo, hablar con idiotas. Borreguismo. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo”, y, sin embargo, no se angustia, se siente a salvo al saberse idéntico a los demás. Eso sí, todos somos biomasa. |
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| Ninguno de estos grandes pensadores parece haber tenido en cuenta una cosa: todas las actividades de producción requieren energía. Así como los capitalistas tambén ignoran por completo el límite físico al crecimiento, se habla de los "medios de producción" como objetos que realizan trabajo por sí mismos, y se ignora a base física de los mismos, y eso va introduce inexactitudes importantes en unos tiempos en los que las escaseces de materias primas y energía existen. Ese factor define mucho al mundo actual, y no tenerlo en cuenta en cualquier teoría económica hace que las predicciones sean, como poco, optimistas.
__________________ "Mercados de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tomaló, tomaló, tuyo es mío no." - HastaLosEggs, 8-7-2011 Última edición por pollo; 03-abr-2009 a las 19:14 |
| Estos 2 usuarios dan las gracias a pollo por su mensaje: | ||
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| bueno, el lunes me lo leo entero. Tiene buena pinta. por cierto, lo que comenta ronald es cierto, el principio de rendimientos decrecientes ya había sido postulado antes, el concepto. Claro, eso si, quizá la aplicación concreta a los rendimientos del capital fue una nueva visión de marx -aplicación-. gracias y buen fin de semana a todos. por cierto, ¿qué caja intervendrán este fin de semana? |
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Escueto y cutre, como siempre. Para ser escueto y quedar bien hay que tener mucho conocimiento. Yo no lo tengo, y por éso no fardo. Pero tú aún tienes menos conocimiento, lo que pasa que tienes mucha más falta del sentido del ridículo. Confundes rendimientos decrecientes (en realidad el rendimiento en la producción capitalista es creciente) con la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, que tiene que ver no sólo con la productividad sino sobre todo con el beneficio. En el capitalismo cuando aumenta la productividad disminuye la tasa de ganancia hamijos, y en consecuencia viene la crisis capitalista. Curioso disparate de un disparate de sistema (en realidad no es un disparate de sistema, es sólo un modo de producción, mejor o peor según para qué clases sociales, que se ha desarrollado por evolución histórica, al igual que sus predecesores) que algunos queremos dejar atrás.
__________________ Última edición por mmm; 03-abr-2009 a las 19:34 |
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La pseudociencia economica no es de mi agrado, aun menos cuando el pseudocientifco por excelencia Marx anda por medio, por lo que no me he leido el tocho, pero no he podido evitar leer que la tesis de Marx sobre la tasa de beneficio decreciente fue rechazada por los no marxistas y aceptada por los marxistas. Toma, claro que los marxistas la aceptaron. Si les dice que los burros vuelan tambien se lo hubieran creido, la fe en el lider es la principal caracteristica de la pseudociencia marxista. Ni todos los marxistas la aceptaron plenamente (y razones tienen, como también las tienen los que a su vez niegan a estos últimos), ni los liberales que la criticaron han podido desmontarla. Von Böhm-Bawerk, por ejemplo, dentro ya de los liberales tampoco lo hicieron, sólo pretendió refutar parte de esta teoría, ya demás sin conseguirlo. Aunque de ésto en concreto hace tiempo que no leo, y lo he ido olvidando. Todo se andará. Lo que no te veo decir es una autocrítca, es decir, reconocer que los liberales y demás conservadores tienen gran interés político en negar las leyes de la economía política del capital. Y en esa empresa acaban diciendo chorraditas como todos podemos ver desde El Mundo hasta El País pasando por economistas monetaristas hasta keynesianos. Por ejemplo los keynesianos, conocedores de los límites de la economía capitalista, que los reconocen, no pretenden subsanarlos definitivamente, porque saben que no se puede, sino que intentan suavizarlos con el objetivo, al menos de Keynes, de salvar al sistema. Al final si consiguen suavizar es poco, de todos modos.
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Ninguno de estos grandes pensadores parece haber tenido en cuenta una cosa: todas las actividades de producción requieren energía. Así como los capitalistas tambén ignoran por completo el límite físico al crecimiento, se habla de los "medios de producción" como objetos que realizan trabajo por sí mismos, y se ignora a base física de los mismos, y eso va introduce inexactitudes importantes en unos tiempos en los que las escaseces de materias primas y energía existen. Que no Pollo, que no. Ya te dije el otro día algo parecido: el funcionamiento del sistema capitalista tiene una reglas muy definidas. Estas reglas son las mismas aunque haya escasez de energía. Es decir, esa falta de energía tiene consecuencias, pero se operan sobre las mismas reglas. Tiene consecuencias, pero esas consecuencias tienen que adoptar la forma que las reglas del sistema le imponen. Sin energía no hay nada. Pero como te dije el otro día el funcionamiento de un sistema como el capitalista sigue respondiendo a las mismas reglas aunque haya falta de recursos. Corto y pego lo que te dije el otro día cuando afirmabas que por falta de recursos un sistema puede caer sin necesidad de lucha de clases, porque ahora mismo no me apetece escribir más: No necesariamente. Un ejemplo: cuando la Gran Depresión no había la cantidad de recursos que había hasta entonces, en concreto, no había el mismo capital que permitiera las mismas inversiones que hasta entonces. Y como no lo había (porque la misma crisis capitalista así lo había determinado) tampoco había la misma actividad productiva que hasta entonces: había petróleo bajo el suelo, había gente dispuesta a trabajar y con necesidades que cubrir, ¿pero qué pasaba? Que no andaban por las carreteras los mismos camiones que antes, ni se producía en la misma cantidad, etc. LLegó a haber en Alemania casi un 50% de paro, es decir, había una gran inactividad. Pero a pesar de esa falta de recursos, el sistema no cayó. ¿Por qué? Porque todavía el capital que sobrevivió era suficiente para hacer prevalecer las mismas relaciones sociales de producción qe había hasta entonces (las de capital-trabajo), era suficiente para seguir abanderando la sociedad copándolo todo: relaciones económicas, cultura, intereses internacionales, etc. La cuestión para determinar si la falta de recursos es suficiente para que un sistema se modifique sin lucha de clases es conocer qué sobrevive del antiguo sistema. Y sinceramente, no creo que, salvo inmenso cataclismo, el sistema capitalista vaya a sufrir tal falta de recursos (fíjate que ni con la Gran Depresión se modificó). Y tú además sabes que esa falta de recursos (petróleo), caso de ser cierta (y hasta ahora lo que ha habido es especulación pura y dura), sería transitoria hasta encontrar el equilibrio.
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Que no Pollo, que no. Ya te dije el otro día algo parecido: el funcionamiento del sistema capitalista tiene una reglas muy definidas. Estas reglas son las mismas aunque haya escasez de energía. Es decir, esa falta de energía tiene consecuencias, pero se operan sobre las mismas reglas. Tiene consecuencias, pero esas consecuencias tienen que adoptar la forma que las reglas del sistema le imponen. Lo que dices es un sinsentido. La física no tiene "reglas" a las que se tenga que doblegar. Si no hay, no hay, por mucho que tu sistema (que está montado sobre la física, sí o sí) quiera que haya. Si un día no tienes energía para mover tu "medio de producción" todas tus reglas te las puedes pasar por el arco dle triunfo, que la fábrica no se va a mover. Me parece sorprendente como alguien puede pensar que unas "reglas" arbitrarias pueden pasar por encima de la física (que es la realidad misma). La disponibilidad de energía es una precondición NECESARIA para que tu sistema funcione (sea cual sea este). Sin energía despídete de las reglas de tu sistema porque nada se va a mover. Caso práctico: tienes tu sistema: España. Un día nos quedamos sin gasolina. O no hay pasta para pagarla. Qué ocurriría? Estás seguro de que las reglas divertidas del capitalismo se seguirían aplicando sin transportes? Buena suerte intentando ignorar la física. Decir que el capitalismo impone reglas a la física es muy divertido de escuchar, pero falso.
__________________ "Mercados de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tomaló, tomaló, tuyo es mío no." - HastaLosEggs, 8-7-2011 |
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