| Opinión, 13 de Diciembre de 2007 Sindicatos – 1
Santiago Niño Becerra
Uds. ya lo sabrán: en Francia existía un fondo secreto para la ‘facilitación’ de las relaciones entre los sindicatos y las empresas.
Si he de serles sinceros (siempre lo soy) no me ha sorprendido lo más mínimo; nada de nada; ¿por qué?, pues por que es algo lógico, más aún, lo que me extrañaría es que, bajo formas y denominaciones distintas, no existiese en todos los países y en muchas compañías. (Recordarán el escándalo que hace unos meses a este respecto fue descubierto (?) en Volkswagen).
Digo que es lógico por cómo ha sido la consideración que el capital ha dado, desde el inicio de la I Revolución Industrial, al factor trabajo y por cómo han sido, a los largo de los últimos casi 200 años, las relaciones entre el capital y el factor trabajo. El capital, desde los inicios de la industrialización explotó a la clase trabajadora hasta límites hoy inimaginables, pero no lo hizo por sadismo, sino por necesidad. En una época en que la vida humana no valía nada y en la que los derechos humanos estaban por inventar, la burguesía se lanzó a una carrera, primero, por el crecimiento de la producción y, después, por la rebaja de los costes de producción.
Si a lo anterior añadimos un exceso de población activa desde que en la agricultura comenzaron las reformas orientadas a incrementar la productividad en el campo, exceso de población que no podía ser absorbida por el sector industrial; si sumamos un absoluto absentismo de los poderes públicos por las condiciones de trabajo existentes en las fábricas; si añadimos una población al alza debido al descenso en la tasa de mortalidad; y si metemos en los sumandos la existencia de una total prohibición -solicitada por el capital y bendecida por el poder político- para que los trabajadores pudieran reivindicar, tenemos servida la explotación de la clase obrera.
Hasta 1880, para el capital los integrantes de la clase obrera eran meras herramientas que posibilitaban la producción, imprescindibles porque a más producción se precisaba de más trabajadores, pero explotables a través de salarios de subsistencia y extenuantes jornadas de trabajo en ambientes totalmente insalubres, pero, también, fáciles de obtener cuando se producía su muerte o su incapacidad. La clase obrera, cierto es que realizó algunos conatos de protesta, pero una eficiente política represiva unida a un estado de permanente miseria limitaban y minimizaban el alcance de los mismos. El resultado de todo esto fue una fortísima acumulación de capital por parte de la burguesía entre 1820 y 1880 en Inglaterra, Francia, Bélgica y Prusia, y desde 1870 en USA y en Japón. Pero a partir de 1880 las cosas comenzaron a cambiar.
Sobre todo en Europa, a partir de la década de 1880 la productividad comenzó a crecer de forma muy apreciable debido a la introducción de revolucionarias mejoras tecnológicas y organizativas y al comienzo del uso de la electricidad como energía productiva. La burguesía comprendió muy pronto que una mayor productividad significaba una mayor producción con una necesidad decreciente de mano de obra, lo que podía ser muy positivo de cara a reducir los costes de producción, pero muy negativo para el consumo de la mayor producción obtenida. La salida a esta situación fue simple: el capital comenzó a reducir la duración de las jornadas laborales y, a la vez, principió a incrementar los salarios de sus trabajadores; junto a esto, las asociaciones de trabajadores pasaron a ser totalmente toleradas y canalizada su actividad política a través de los partidos socialdemócratas que en los países europeos principiaron su actividad, socialdemocracia domesticada y totalmente alejada de los violentos socialistas de los primeros tiempos.
La clase obrera, evidentemente, se puso muy contenta con estas mejoras, creyendo que gracias a sus reivindicaciones tales mejoras habían sido conseguidas, algo que, evidentemente, nadie desmintió . Muchos de los líderes obreros sabían la verdad, pero fomentaron la creencia al irse politizando paulatinamente las asociaciones obreras convertidas ya en sindicatos, sindicatos con los que el capital empezó a tratar a fin de canalizar un diálogo que para la burguesía era ya inevitable e imprescindible y que facilitaba unos acuerdos que para el capital ya eran esenciales, máxime con el fantasma de la revolución bolchevique acechando desde el Este de Europa. Las asambleas reivindicativas dieron paso a las conversaciones con los representantes de los trabajadores, y el sistema de relaciones entre capital y trabajo se encauzó. Cuando se produjo el estallido de la II Guerra Mundial el sistema ya se hallaba casi totalmente diseñado.
En USA el capital aún simplificó más el proceso: en contra del camino emprendido en Europa, los sindicatos no entraron en la arena política y se centraron, tan sólo, en cuestiones laborales. En Japón también fue simplificado al instaurarse una dictadura de corte fascista con un emperador en la cúspide dotado de carácter divino que nadie cuestionó jamás.
Tras la contienda mundial lo que menos deseaba el capital era que se produjesen reivindicaciones obreras desmesuradas, que éstas fuesen incontrolables y que las masas obreras se contaminasen con ideologías nefastas procedentes de la URSS. Para el capital se abría un panorama de negocio magnífico, tanto por las reconstrucciones que había que afrontar, como por las posibilidades de consumo que la política de ocio creciente y salarios al alza posibilitaba. Pero todo tenía que suceder dentro de un orden político y laboral.
El Estado facilitó las cosas con sus políticas redistributivas, su gasto público y su modelo de protección social. Las empresas fueron absorbiendo todo el factor trabajo que a sus puertas llegaba e indiciando los salarios con la inflación. Los sindicatos, ya completamente estandarizados y burocratizados, dialogaban y, claro está, organizaban alguna que otra huelga, que la imagen debía ser mantenida. Un orden perfecto que propiciaba el consumo y que discurrió apaciblemente hasta principios de la década de 1970. Es en esta época cuando, por pura lógica, fondos secretos como los descubiertos en Francia tuvieron/debieron ser constituidos. Pero a partir de 1970 las cosas comenzaron a complicarse, tanto para el capital como para los sindicatos, como, también, para el Estado.
Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.
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