Son cada vez más numerosos los pacientes que son atendidos con esta extraña “patología” como es la incapacidad para la vida matrimonial, si es que ya están casados, o para la realización de un proyecto matrimonial, si es que aún buscan casarse y realizarse en una vida familiar.
La imposibilidad de concretar la propia vocación matrimonial, la incapacidad para llevarla adelante tanto sea al comienzo del matrimonio como luego de varios años de convivencia─tiene una causa que se refiere a una cierta mentalidad que aparece “como normal” en nuestra cultura, cada vez más alejada de la ley natural, donde la “libertad” y el capricho subjetivo, parecería ser el único valor por el cual se mueven las personas.
Por eso quiero analizar el problema de la fornicación ─o sea, el mantener relaciones sexuales prematrimoniales, entre varón y mujer, pero sin estar casados─ y sus consecuencias psicológicas, sobre todo en cuanto a la realización o frustración de la propia vocación.
Habría que hacer primeramente una distinción ─por otro lado, estudiada por Santo Tomás siguiendo a Aristóteles─ entre el incontinente y el intemperante.
En el incontinente la voluntad es arrastrada por la pasión y se arrepiente en cuanto la pasión va desapareciendo. Esto quiere decir que hay gente que fornica dejándose llevar por los impulsos, sin resistirlos debidamente, apartándose así del orden de la razón, pero sabe que está mal y se arrepiente de lo hecho por debilidad.
Diferente es la situación del intemperado, que es aquel que no se arrepiente, porque ya tiene el vicio contrario a la templanza. La templanza es una virtud que modera los placeres sensibles sometiéndolos al juicio de la razón. Por eso la intemperancia es un vicio (hoy en día llamado “adicción al sexo”) verdaderamente corruptor de la vida humana, y sobre todo de su vida psíquica. En la intemperancia la voluntad se decide a pecar por propia elección porque ya tiene el hábito adquirido por el ejercicio. La persona ya juzga bueno seguir sus pasiones y no le importa refrenarlas. |