Cuelgo este post aquí para que no caiga en el olvido.
Iniciado por Great Dictator Me ha resultado muy curioso este artículo
El terreno afgano es «una auténtica fortaleza natural» minada y casi inexpugnable, donde cualquier vehículo es inútil, la nieve pronto llegará hasta el cuello y los guerrilleros locales no temen morir
TOM CAREW
Fue al final del verano de 1980, pocos meses después de la invasión soviética, cuando pisé por primera vez el suelo de Afganistán. Mi misión era muy simple: tenía que hacer una valoración de la capacidad de combate de los afganos y restaurar su equipamiento de origen soviético.
En aquella época, los afganos combatían contra una superpotencia con las mismas tácticas que habían empleado frente a los británicos con anterioridad a la I Guerra Mundial. Observar cómo combatían era parecido a ver una película antigua del Oeste: los cowboys pasaban por un valle, los indios les esperaban tras los arbustos y les asaltaban con estrépito.
Si ahora se llega a producir allí una guerra contra las tropas británicas y estadounidenses que eventualmente se pudieran enviar a aquella zona para capturar a Osama bin Laden, creo que las fuerzas occidentales tendrán muy escasas posibilidades de victoria. El último ejército que consiguió vencer en Afganistán fue el de Alejandro Magno; los demás fueron literalmente destrozados. En 1979, nuestro objetivo consistía en enseñar a los afganos las tácticas modernas de guerrilla. Si seguían sin conocerlas, acabarían siendo exterminados.
Intenté olvidarme de cualquier idea preconcebida, pero me resultaba difícil. Antes de salir de Gran Bretaña, todo el mundo me decía cosas como «tened cuidado», «son unos bárbaros», y «os van a hacer picadillo». Mi jefe en el MI6 me regaló una novela de Flashman acerca de la brutalidad de los musulmanes, una muestra de su peculiar sentido del humor.
Tras unos cuantos meses de preparación, nos fuimos con los afganos. Yo respetaba su valor y ellos respetaban la forma en que les instruía. Tuve más dificultades para enfrentarme con el terreno. Cuando llegué a Peshawar, un líder militar afgano me dijo: «Espero que te adaptes; mis hombres caminan muy rápido». No hay problema, pensé. Estaba acostumbrado a las marchas. Pero, ¡Dios mío!, cada vez íbamos más y más hacia arriba. Nos adentramos en las montañas del Hindu Kush -un reciente refugio de Bin Laden- y comenzamos a ascender. Por encima de los 3.000 metros, el aire empezaba a faltar y mi capacidad de concentración iba paulatinamente disminuyendo. Como territorio a atacar, aquello era una absoluta pesadilla. Una auténtica fortaleza natural. Con los vehículos no se puede ir demasiado lejos; además de que se pueden atascar en el lodo, los pasos de montaña son sumamente escarpados.
Los rusos lo pasaron horrorosamente mal; una cosa es enviar a la infantería y otra muy diferente tener al enemigo dentro del radio de acción de la artillería y los morteros. Con pésimos pasos de montaña como aquellos, era algo casi imposible. Nada de esto afectaba a los afganos; lo tenían todo organizado y se movían de un pueblo a otro constantemente. De esa misma manera habían luchado y ganado sus guerras durante los últimos 200 años: excavando hoyos en la tierra por todos sitios para enterrar en ellos los alimentos y la munición. Esta técnica les permitía cargar con el menor peso posible y desplazarse por todo el territorio mucho más deprisa que lo que unas fuerzas occidentales podrían hacerlo. Nosotros no utilizábamos tiendas de campaña. Vivíamos en cuevas o dormíamos al raso. Había gente en el ejército que cargaba solamente con su arma de combate, tres cartucheras con munición y algo de pan en las mochilas a la espalda. No existe ninguna posibilidad de que un soldado occidental pueda llevar un equipo pesado y conservarlo. Para un ejército extranjero, además, resultaría extremadamente difícil establecer rutas de abastecimiento. Intentar transportar alimentos y agua hasta lo alto de esas montañas, algunas de la cuales alcanzan más de 4.000 metros, puede ser una auténtica locura. Además, y debido a las bacterias, se necesita agua embotellada, y cada contenedor de agua convencional pesa cerca de cinco kilos. Algunos días llevábamos con nosotros más de tres contenedores. Un soldado, marchando a través de esas montañas, consume entre 4.000 y 5.000 calorías al día. Por consiguiente, se necesitan raciones de alto contenido calórico, similares a las que se utilizan en el Artico. La carne no dura más de un par de días, por lo que debe proceder de reses recién sacrificadas. Yo mismo contraje una hepatitis debido a la ingesta de alimentos en malas condiciones. Y, además, está el problema de la climatología. A finales de este mes empezará la estación invernal. Comienza con abundantes lluvias; después, aparece el frío. Hacia mediados de octubre, la nieve alcanzará metro y medio de altura, hasta llegar casi al cuello de una persona. Un desplazamiento para el que durante el verano se necesitan tres días de caminata consume 10 en invierno. La niebla de las montañas inutiliza los helicópteros.
Los combatientes afganos conocen las montañas como un granjero galés las colinas que tiene alrededor de su granja. Son como cabras montesas. Además, las fuerzas occidentales se verán afectadas por los sabañones que salen en la montañosa región del Hindu Kush, mientras que la mayoría de los combatientes afganos van calzados solamente con unas sandalias, cuyas suelas están hechas con trozos de viejos neumáticos, por lo que las huellas de las botas occidentales son inmediatamente identificables. Una vez localizados, los soldados se convierten en meras dianas de tiro al blanco. En aquella época, entrenamos a los afganos en el arte de disparar y salir corriendo; así que aprendieron a tender emboscadas, correr lo más rápido posible y desaparecer. También aprendieron enseguida a permitir que los transportes rusos llegaran a mitad de un paso de montaña para, allí, hacerles un buen agujero en medio del convoy. Los que tenían más suerte morían instantáneamente. Los que no tenían tanta, eran literalmente hechos picadillo poco más tarde.
Armamento sofisticado
Y es que en el Hindu Kush, la Convención de Ginebra es poco más que tres palabras. Los afganos no disponen de mucho armamento. Cuando yo llegué, todo lo que tenían eran rifles modelo 303 para sus francotiradores y poco más. Todo muy antiguo; algunos rifles, incluso tenían cerrojos.
Ahora, naturalmente, tendrán armamento mucho más sofisticado, aunque su mantenimiento será prácticamente cero. Podrían disponer también de algunos Stinger, uno de los mejores misiles tierra-aire que se puedan disparar desde el hombro.
Además, tienen gran cantidad de ZSU23, una de las armas favoritas de Sadam Husein. Son éstas unas temibles ametralladoras de cañón triple del calibre 50, con un alcance de hasta cuatro kilómetros, que resultan devastadoras para los helicópteros, pudiendo dispararse cuatro de ellas a la vez, incluso desde la parte posterior de una camioneta Toyota. Y luego están la minas. A principios de los años 80, los afganos habían hecho una zona de choque entre ellos y Pakistán -un área de una anchura equivalente a cuatro días andando- para, después de instalar puestos de observación en los lugares más altos, sembrar de minas toda la zona. Todo cuanto penetraba en dicha zona desaparecía, y aún hoy día es posible que la totalidad de la franja siga minada. Son minas pequeñas, del tamaño de una pelota de tenis, hechas de materiales plásticos, razón por la que resultan indetectables.
Respecto a los propios combatientes, cabe decir que no eran diferentes de cualesquiera otros soldados. En su mayoría eran musulmanes normales, no fanáticos. Pero su doctrina asegura que es un gran honor morir en una guerra santa, y por eso no sienten el menor miedo a correr riesgos que los soldados occidentales no correrían.
Son, por otro lado, gente muy orgullosa, casi arrogante, aunque con una forma ingenua de entender el mundo exterior. A pesar de su gran valentía, yo les he visto combatir de una forma increíblemente estúpida.
En cierta ocasión nos encontrábamos junto a un grupo de muyahidin que habían caído en una emboscada soviética, cerca de la ciudad de Tirgari, acosados por una potente ametralladora. Los únicos contrarios que se les podían oponer eran unos jóvenes guerrilleros armados con un lanzamisiles. Eso era todo lo que tenían para defenderse.
El primero de ellos disparó, falló y, mientras se encontraba recargando el arma, recibió un disparo en el pecho que le mató. Inmediatamente, su número dos recogió el lanzamisiles, terminó de recargarlo, apuntó y murió de una bala que le atravesó la cabeza antes de poder disparar. Un tercer guerrillero tomó el arma y se las arregló para disparar antes de morir él también. Así combaten allí.
Los SAS que se desplacen hasta Afganistán se encontrarán con similares dificultades incluso si, como es probable, se vinculan al grupo antitalibán Jamiat -los dirigentes étnicos del trascendental valle de Panshir-, cuyo líder Ahmed Shah Masud fue asesinado la semana pasada.
Este grupo, protegido por la potencia aérea británica y estadounidense con base en Turquía y Pakistán, podría ponerse al día en su entrenamiento, su armamento y su equipamiento para, así, poder entrar en combate con los talibán.
Fundamentos de la guerra
La primera vez que estuve con los hombres de Masud, en las montañas que rodean Jalalabad, me di cuenta de que ellos entendían bien los fundamentos de la guerra y disponían de una infraestructura que ahora podría dotar a las fuerzas occidentales de unos medios muy importantes para enfrentarse con posibilidades de éxito a Bin Laden.
Sin embargo, yo creo que es extremadamente improbable que Bin Laden se esconda en las montañas. Desde el interior de la región del Hindu Kush no puede comunicarse, ni tampoco disfrutar de la información que dan los medios de comunicación sobre el ataque contra Estados Unidos, algo fundamental en pleno conflicto.
Lo más probable, en mi opinión, es que se encuentre en la frontera noroeste de Pakistán, un área sumamente poblada que, por tal circunstancia, sería muy complicada de atacar. Lo que Bin Laden está haciendo es algo parecido a la táctica del IRA de esconderse en sitios donde hay mujeres y juegan niños.
Los afganos son un enemigo formidable, enormemente serio. Yo lo sé por mí mismo. Nosotros, en Occidente, les estamos indicando la dirección correcta. Y con un poco de entrenamiento, lo harán muy bien.
Pie de foto titulada
EL SARGENTO CAREW. El autor sirvió en el 22º regimiento del Special Air Service (SAS), la elite de las fuerzas británicas de choque, e instruyó a la guerrilla afgana que combatió a las tropas soviéticas en los ochenta. Carew ha escrito también ¡Yihad! La guerra secreta de Afganistán. MUNDO | Así se combate en Afganistán
__________________  Al mal tiempo, buena cara
No hay mal que por bién no venga Himno de la crisis mundial
No basta decir solamente la verdad, mas conviene mostrar la causa de la falsedad. Aristóteles
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