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Hasta que llegó la crisis, eran trabajos que sólo aceptaban los inmigrantes. Pero ahora, con más de cuatro millones de parados, no hay lugar para remilgos. De nuevo trabajadores españoles suspiran y luchan por ganarse la vida como camareros, jornaleros, empleadas del hogar, taxistas e incluso militares.

Enrique Castellanos aprovechó el bum del ladrillo. Montó dos inmobiliarias y no le iba mal, pero “la venta de pisos se empezó a poner difícil a finales de 2007. Los vendedores no querían bajar los precios y los compradores no podían comprar, porque no les daban créditos”, cuenta. Ahora trabaja sirviendo mesas. Como él, muchos ex camareros españoles han regresado a un sector en el que durante unos años ha sido difícil encontrar mano de obra nacional. “Hemos pasado un tiempo en el que muchos se iban a la construcción porque se cobraba más y no se trabajaba los fines de semana”, cuenta Mariano Castellanos, padre de Enrique y presidente de la Asociación de Maîtres y Camareros de España (AMYCE).

Ante la mayor oferta nacional, los sueldos también tiran a la baja. “Está difícil encontrar un trabajo digno. Si antes pagaban 1.200 euros, ahora se queda en 1.000 euros y justitos”. Enrique ha tenido suerte. Ha encontrado empleo en un moderno restaurante del centro de Madrid, en los aledaños de la plaza Mayor: “Cobro 1.050 euros, pero trabajo ocho horas seguidas y libro dos días a la semana”, explica. Enrique empezó a los 15 años haciendo extras (refuerzos de horas para servir banquetes...). Reconoce que ahora vuelve a ver más profesionalidad detrás de la barra: “Eso se nota como cliente y como compañero, porque había veces que ibas a pedir un ‘capuccino’ y te miraban con cara de ¿qué me está pidiendo éste?”.

Para Carlos, Ismael, Enrique y Víctor la opción para salir del paro puede estar en el Ejército. Son cuatro amigos, veinteañeros, de Villaverde y Usera, dos barrios obreros de Madrid. Llevan meses buscando empleo y han visto en las Fuerzas Armadas una salida interesante: “Te dan formación, te puedes sacar todos los carnés de conducir y además cobras... Tal y como está la situación, es un lujo poder entrar aquí”, coinciden. Tienen otro amigo que acaba de alistarse y les dio la idea. El Ejército les ha informado de que se entra para dos años, prorrogables por otros dos. En 2008, 78.575 personas solicitaron el ingreso en el Ejército, casi el doble de las solicitudes que recibió Defensa en 2007. La mayoría de quienes pidieron alistarse lo hicieron en los últimos meses del año, coincidiendo con el desplome económico.
Esta tendencia contrasta con el desinterés por el Ejército que marcó la desaparición del servicio militar obligatorio entre los jóvenes españoles. Para suplir esa falta de reemplazos regulares, las Fuerzas Armadas abrieron sus puertas a los inmigrantes, con la particularidad de que debían ser ciudadanos de países con los que España mantuviese vínculos históricos y lingüísticos. De los casi 80.000 efectivos que componían las Fuerzas Armadas a finales del pasado año, 5.440 eran nacidos fuera de España, la mayoría ecuatorianos, colombianos y bolivianos.

Las razones de Ismael Parrilla y sus amigos para alistarse están más claras que nunca. Carlos Sánchez (21 años) tiene una titulación de grado medio de FP en Informática. Lleva dos meses buscando trabajo: “Las empresas tienen miedo, no contratan a nadie. Nunca me había planteado alistarme, pero aquí estoy”, dice a la puerta de la Oficina de Inscripciones que Defensa tiene en la madrileña calle de Quintana.

Su amigo Víctor Mera tiene 20 años. En su casa son cinco y sólo su hermano conserva el empleo. Él hace ocho meses que no trabaja: “Siempre he estado en obras, haciendo carpintería metálica”. Tampoco a Enrique Belvís (23 años) le ha salido al paso una oportunidad. Llega al Ejército desde el andamio y la descarga de camiones en Mercamadrid. “Pensé en el Ejército hace tiempo, pero lo descarté, no me parecía atractivo...”, admite.

Damián Jiménez ha regresado al campo como jornalero en la recogida de la aceituna, “y de lo que salga”, apunta con determinación. Es de Jaén y el pasado mes de enero cerró su heladería. Después de seis años no pudo hacer frente a los pagos: “Los gastos iban aumentando y los ingresos cada vez eran menores. En los dos últimos años habían bajado entre un 150 y 200 por ciento, era increíble”.

Ahora, desde que en marzo acabó la campaña de la aceituna, está en paro, “pero sin cobrar el desempleo, porque como en mi negocio era autónomo no tengo derecho. Y para percibirlo por el trabajo en el campo tengo que reunir, como mínimo, 365 peonadas, algo casi imposible”, reconoce Damián. En la última campaña de la aceituna logró trabajar 35 días, 35 peonadas: “El tiempo fue malo y los días de lluvia no se trabaja, y si no se curra, no se cobra”. El jornal era este año de 46,50 euros por peonada, del que se tiene que deducir la cuota de la Seguridad Social.

En la misma situación de Damián se encontraban esta campaña muchos compatriotas que han vuelto al campo en busca de algún ingreso, aunque fuese precario: “Había un 80 por ciento menos de trabajadores extranjeros. Algunos han tenido que volverse a su país después de haber estado aquí diez años como temporeros. Interesaba contratar ‘producto nacional’ para que bajaran las listas del paro”, explica este jienense, que estudia Derecho y pertenece al Sindicato Andaluz de Trabajadores.

El sector del taxi es otro refugio en época de crisis en ciudades grandes, como Madrid. A pesar de que el negocio ha caído entre un 25 y 30 por ciento en los últimos meses, sigue siendo una profesión atractiva para los desempleados. Desde la Federación Profesional de Taxi de Madrid (FPT) han notado un notable incremento en las solicitudes para hacer el cursillo con el que se obtiene el carné de taxista. “El ayuntamiento da fecha de examen hasta para dentro de cuatro meses, cuando lo normal era que la diese para dos semanas”, explica Juan José Cisneros, miembro de la junta directiva de esta federación. “En esta situación social crítica hay españoles que han visto que a través del taxi pueden conservar el estatus de vida que tenían”, corrobora Mariano Sánchez, presidente de la FPT.

Rafael Gálvez, psicólogo, con 26 años de profesión a sus espaldas, aspira a sacarse la cartilla municipal para ser taxista. Tiene 50 años y se quedó en paro en febrero: “La residencia de ancianos en la que trabajaba fue a la quiebra”, dice. En el taxi ha visto una forma rápida de conseguir un empleo: “Luego necesitarás más o menos horas, pero empleo siempre hay, y a casa no te vas a cero. Con sacar unos 60 euros al día, ya te sale un sueldo de 1.500 euros al mes”, dice. En su familia son cinco y sólo su hijo mayor trabaja.

Para Miguel Cañavate (20 años), el taxi también supone una salida. Trabajaba de relaciones públicas hasta hace dos meses. “Ha supuesto descubrir mi vocación, porque a mí me encanta conducir. Me moriría si desapareciesen los coches y me gusta mucho el trato con la gente, y esta profesión aúna las dos cosas”, confiesa con entusiasmo este joven. Le han dicho que una vez que saque el permiso resulta fácil encontrar trabajo: “El mismo día del examen hay empresarios con licencia que van allí mismo a ofrecerte trabajar para ellos y hay anuncios en el tablón. Dicen que te puedes sacar entre 1.500 y 3.000 euros si le echas entre 12 y 14 horas al día”.

Asistentas responsables
Toñi González Rider es presidenta y fundadora de Opción Luna, asociación de empleadas del hogar de Córdoba. Ella tenía su propia empresa y fue hace unos años cuando se vio obligada a trabajar como asistenta cuando se dio cuenta de la desprotección laboral y legal que sufría este colectivo. Con otras dos colegas, una abogada y una administrativa, decidieron fundar esta organización. Desde Opción Luna luchan por los derechos de las trabajadoras del hogar. Dentro de sus talleres ofrecen clases de negociación en el trabajo: “Muchas no están dadas de alta y es importante que se sientan trabajadoras, que lleguen puntuales, que sean responsables en el empleo...”, explica. También se imparten módulos de limpieza y enseñan trucos para sacar el máximo partido a las horas que trabajan.

En estos últimos meses, en Opción Luna han visto cómo aumentaba la demanda e incluso han tenido cursos especiales para hombres que también quieren colocarse como asistentes. Antonia Sánchez es una de las alumnas. En marzo se quedó en paro, tras 26 años empleada en un taller de joyería. Cobraba 550 euros al mes por cuatro horas y media de trabajo de lunes a jueves y no estaba dada de alta en la Seguridad Social. “Entré allí con 15 años a aprender el oficio y ahora han reducido plantilla”, explica esta mujer de 41 años. Su salida fue acercarse a esta asociación. Allí le encontraron un empleo cuidando a una anciana a la que también ayuda en las tareas del hogar.

interviu - portada
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El Gobierno tiene dos opciones: reducir su abultado gasto o robar al ciudadano. Evidentemente, la segunda opción siempre es la preferida de cualquier Gobierno


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