Ver Mensaje Individual
  #1 (permalink)  
Antiguo 31-ene-2009, 13:58
Avatar de Vlad_Empalador
Vlad_Empalador Vlad_Empalador está desconectado
Ilustrísimo y grandísimo miembro de la élite burbujista
 
Fecha de Ingreso: 24-enero-2009
Ubicación: Ex-paña
Mensajes: 5.724
Gracias: 580
4.821 Agradecimientos de 1.791 mensajes
Ignorar usuario para siempre
No quiero ayuda ni vivir de Cáritas, solo quiero trabajar»

La desolación se instala entre las familias que llegan a la última estación de la cobertura social tras el desempleo


Carlos Espiñeira (40 años), sale de la oficina de empleo como tantos, guardando papeles en una carpeta y afrontando cabizbajo el camino de vuelta, que no le lleva al trabajo sino a casa. Ha fracasado en el intento de tramitar la ayuda familiar porque le faltaba un papel. El DNI de uno de los cuatro hijos que tiene a su cargo. El mayor, con 18 recién cumplidos y, por supuesto, también en el paro. Su último ingreso fueron 278 euros en diciembre, la coletilla de las cuatro mensualidades de 1.069 euros a las que le dio derecho su último empleo en la construcción. Si le conceden la ayuda recibirá unos 400 euros durante un tiempo limitado. ¿Una situación difícil? Ahora viene la segunda parte.

Carlos tiene encima una sentencia de desahucio que se ejecutará en cualquier momento. Es la segunda. Compró un piso en A Barcala con una hipoteca a 15 años. Cuando le faltaban cuatro por pagar, llegó el paro, una deuda de cuatro mensualidades y el banco se quedó con el piso: «Negociamos con el director de la oficina pero un día llegó una carta del juzgado que decía que habían subastado el piso y que nos teníamos que ir en un mes». Ese fue el primer desahucio. Ahora lo echan de un piso de alquiler en Sada que tampoco puede pagar: «Yo entiendo a la dueña, pero no me puedo ir debajo de un puente con mi familia». A su mujer la acaban de dar de alta en la Seguridad Social, pero no hay ingresos garantizados, es un empleo de venta a domicilio y a comisión. Si no vende, no cobra.

¿Y cómo hacen para vivir? Espiñeira se encoge de hombros y explica que su mujer le pide a veces ayuda a una hija mayor que tuvo con otra pareja y asegura que no les quedan reservas: «No tengo un puto duro», me dice alargando hacia mí la cartilla de ahorros. «Bueno, sí. Diez euros para coger el autobús».

Defender la vivienda

Espiñeira forma parte de la nutrida avanzadilla de familias que se están instalando en la desesperación. A Carmen López (41 años) no le falta mucho. Al menos pudo conservar la vivienda cuando se divorció de su marido. La separación le supuso aumentar el crédito, que se elevó a 800 euros al mes. Y luego, el paro. Para ella y para su hijo, que tiene 23 años y se ha visto obligado a regresar a casa de su madre. La hija menor aún está estudiando. Los tres dependen ahora del único empleo que hay en casa, el de la pareja de Carmen, que apenas supera los mil euros mensuales. Otra vez las cuentas no salen: «Vamos tirando mal y arrastras. A veces le tengo que pedir a mis padres porque si no, habría días que ni comeríamos».

Carmen tiene un completo currículum de explotación laboral, trabajar sin seguro, horas extras impagadas y demás. Su siguiente estación es la risga (renda de integración social de Galicia), una ayuda social escasa (entre 300 y 400 euros) y de tramitación compleja. No tiene claro que se lo concedan, así que en ella ha prendido el discurso demagógico: «Me han dicho que se lo dan a muchos extranjeros. Parece que las ayudas están solo para esa gente».

A «esa gente» pertenece Linda (46 años), una mujer cubana que, tras dos años trabajando de asistenta en un domicilio, se negó a seguir aumentando sus tareas sin que le incrementaran el salario. La protesta le costó el despido y la desagradable sorpresa de que no tenía derecho a paro. Por eso, dice, que preferiría no volver a estar empleada en un domicilio: «Pero tengo que ponerme a trabajar como sea. Yo no quiero ayuda, ni vivir de Cáritas. Solo quiero trabajar». Vive con su hijo de 10 años, pero desde noviembre no ha ingresado ni un euro: «Estoy al borde de la locura, pero no quiero regresar a mi país». Ya debe tres meses del alquiler y no ve perspectivas de que las cosas mejoren: «Si hay un empleo se lo van a dar a un español antes que a mí, aunque yo creo que tengo un poquito de derecho».

«Menos carne, máis patacas»

Manuel García está en paro desde el día 16. Su trabajo de pintor era el único que había en su casa, donde vive con su mujer y su hija. Ahora están todos a la espera de recibir el desempleo. No sabe aún cuánto le van a dar, pero sí que les va a tocar apretarse un poco más el cinturón. «Dice Zapatero que van a dar muchos empleos en la construcción», afirma su mujer. Pero él y su hija saben que no es así. Que vienen tiempos muy difíciles: «Antes xa case non nos chegaba o soldo; pois agora peor. Comeremos máis patacas e menos carne». Sabe que los seis meses de paro se acabarán muy pronto: «Teño que encontrar traballo si ou si». La voluntad de trabajar la tienen todos, pero las estadísticas les llevan la contraria.


«No quiero ayuda ni vivir de Cáritas, solo quiero trabajar»
__________________



Responder Citando