«Aquí viene cada vez más gente»
Wall Street entra en barrena y a las monjitas del madrileño barrio de Chamberí, que llevan décadas ofreciendo alimento a los hambrientos, se les duplica el trabajo. Son las cosas de la economía globalizada actual. No están siendo los balances de los bancos ni los empleados de las empresas en dificultades las únicas víctimas de la llamada crisis financiera internacional.
El mismo día en que se ha hecho público que el número de demandantes de asistencia de Cáritas se ha incrementado en un 40%, ABC.es se ha acercado al comedor que las hermanas de San Vicente de Paúl atienden en el paseo del General Martínez Campos, en Madrid. Allí se amontonan a diario muchas personas cuya cruda realidad queda lejos de los indicadores macroeconómicos que manejan los dirigentes.
La mayor parte del «público» de este centro asistencial son personas extranjeras. Es el caso de Gabriel, rumano, que ha trabajado esporádicamente en la construcción, pero que ahora, en época de vacas flacas, se ha quedado sin lo poco que tenía: «Los rumanos somos ciudadanos de la Unión Europea, pero hasta el 2009 no vamos a poder trabajar en España. Lo único que he encontrado son trabajos ocasionales, sin contrato claro, en la construcción y el transporte, pero como ahora la gente no tiene dinero para empezar reformas, no me sale nada».
Del andamio a la indigencia
El caso de Gabriel es prototípico por dos razones. Es uno de los millones de extranjeros que llegó a España a engordar el ejército de peones que un sector de la construcción en plena expansión requería y ahora que el ladrillo ya no tira ni tiene trabajo ni esperanza de encontrarlo. Además, como muchos otros inmigrantes sin permiso de trabajo, vivía de empleos temporales en la economía sumergida, trabajos precarios carentes de cualquier derecho. Ahora, incluso uno de esos empleos se ha convertido en una utopía.
Lo explica Alejandro, peruano, que hoy acudía por primera vez al comedor de las hermanas: «Yo he estado trabajando en la construcción hasta hace dos meses, pero me echaron y ahora como no tengo papeles no puedo buscar nada». La situación se ha deteriorado de tal modo que incluso un empleo sin contrato es un bien de lo más cotizado. «Yo ahora trabajaría de lo que fuera», dice este inmigrante.
Pero es que el panorama tampoco es más halagüeño para los que sí tienen la documentación en regla. Como Germán, boliviano, amigo de Alejandro, que lleva ya casi un año desempleado, desde que perdió su trabajo de oficial allá por diciembre de 2007. Diez meses buscando una ocupación con la que alimentar a su familia para, al final, acabar recurriendo a la caridad de las religiosas.
Pedro, que llegó a España hace dos meses desde su Rumanía natal, no ha tardado en comprobar que el país próspero que imaginó a partir del discurso de algún gobernante no tiene para él más que el caldo que cocinan las monjas y una cama en un frío albergue de Chamartín. Si la cosa va bien, algún salario eventual y magro en dinero negro.
Alejandro, Gabriel, Pedro, Germán... Son las caras de un sector que las estadísticas reflejan con mayor dificultad: el de los que sobreviven con las migajas de la economía sumergida y se están quedando incluso sin eso.
Son pocos los españoles que frecuentan el comedor. Al menos de momento, porque, como explica Adolfo, uno de ellos, «es verdad que ahora se nota que viene más gente». En cualquier caso, en esta especie de Naciones Unidas de la miseria en pleno centro de Madrid, la presencia nacional es escasa, aunque no inexistente.
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